En medio de las múltiples responsabilidades que llevan, los obispos de Brasil encontraron un espacio sagrado para detenerse, respirar y escuchar. Durante la 62ª Asamblea General de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil, un retiro espiritual ofreció precisamente eso: una pausa intencional. No se trataba de una simple interrupción en los trabajos, sino de una inmersión profunda en aquello que sostiene todo ministerio: la Palabra de Dios, la oración y el silencio fértil que permite al Espíritu Santo hablar al corazón.
Estos momentos de recogimiento son esenciales para cualquier cristiano, pero especialmente para aquellos llamados a guiar el rebaño. Como nos recuerda el Salmo 46:10: "¡Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios! Yo seré exaltado entre las naciones, seré exaltado en la tierra" (NVI). En el ritmo acelerado del mundo contemporáneo, la quietud ante Dios no es pasividad, sino una postura activa de confianza y apertura a su voluntad.
El retiro, iniciado en un clima de expectativa, invitó a los participantes a una reflexión que toca el corazón de la identidad cristiana. Lejos de ser un evento aislado, este encuentro hace eco de un llamado universal para todo el pueblo de Dios: la necesidad de realinearnos constantemente con la fuente de nuestro servicio y nuestra misión.
La valentía evangélica: mucho más que osadía humana
Uno de los temas centrales de la reflexión fue la "parresía evangélica". Este término, que puede sonar extraño a nuestros oídos, lleva un significado profundo y transformador. En el contexto del Nuevo Testamento, "parresía" se refiere a la valentía, la franqueza y la libertad para hablar la verdad del Evangelio. No es una simple bravuconada o confianza en la propia capacidad, sino una osadía que brota de la certeza del amor de Dios y de la presencia del Espíritu Santo.
Los apóstoles experimentaron esta valentía de manera notable. Después de ser amenazados por las autoridades religiosas de su época, se reunieron en oración y pidieron precisamente eso: "Ahora, Señor, toma en cuenta sus amenazas y concede a tus siervos que proclamen tu palabra sin temor" (Hechos 4:29, NVI). La intrepidez, o "parresía", era un don pedido a Dios, no una cualidad innata. Es esa misma valentía la que se necesita hoy, no solo para los obispos, sino para cada bautizado que desea dar testimonio de su fe en un mundo complejo.
Esta valentía evangélica se manifiesta de diversas formas. Puede ser la valentía de defender a los pobres y marginados, de promover la unidad en medio de la diversidad, de perdonar cuando el resentimiento parece más fácil, o simplemente de vivir los valores del Reino en un contexto que frecuentemente los contradice. Es una valentía que no grita, sino que persiste; que no impone, sino que propone con convicción y amor.
Siervos por amor: el modelo radical de Jesús
El segundo pilar de la meditación condujo a los participantes a uno de los gestos más impactantes y reveladores de Jesús: el lavatorio de los pies. En la víspera de su pasión, el Maestro y Señor se arrodilla ante los discípulos y realiza la tarea de un esclavo. Este acto va mucho más allá de un ejemplo de humildad; es una revelación teológica profunda sobre la naturaleza de Dios y el significado del poder en el Reino.
El evangelio de Juan registra este momento con una claridad que continúa desafiándonos: "Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado un ejemplo, para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes" (Juan 13:14-15, NVI). Jesús invierte completamente la lógica del mundo. La grandeza, en su reino, se mide por el servicio. La autoridad se ejerce como cuidado y entrega.
Para los pastores de la Iglesia, este pasaje es un espejo constante. El ministerio episcopal, con su dignidad y responsabilidad, encuentra su verdadero sentido no en el prestigio, sino en la capacidad de inclinarse, de tocar las realidades a menudo sucias y dolorosas del pueblo, de gastar la vida en favor de las ovejas. Este servicio, sin embargo, no es una carga pesada, sino una expresión de amor que libera y da vida. Como nos enseña el Papa León XIV en su primera encíclica, el verdadero liderazgo cristiano se encuentra en el servicio humilde, siguiendo el ejemplo de Jesús que vino "no para ser servido, sino para servir" (Marcos 10:45). En un mundo que busca poder y reconocimiento, el modelo de Jesús nos llama a redescubrir la belleza del servicio desinteresado.
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