Líbano: La Iglesia camina junto a su pueblo en medio de la tormenta

Fuente: EncuentraIglesias Editorial

En estas semanas, Líbano está viviendo horas de profundo dolor. Como comunidad cristiana, sentimos el deber de contar lo que sucede, no con el lenguaje de la crónica, sino con el de la compasión. Imágenes de destrucción, sonidos de alarma, rostros marcados por el miedo y el cansancio: esa es la realidad que nuestros hermanos y hermanas libaneses están enfrentando.

Líbano: La Iglesia camina junto a su pueblo en medio de la tormenta

Monseñor César Essayan, vicario apostólico de Beirut, ha compartido con profunda emoción las dificultades del momento. Describe una situación de extrema gravedad, donde en muy poco tiempo el cielo se llenó de amenazas y la tierra tembló. Ninguna región se salvó, dejando a la población en desconcierto y dolor.

La esperanza traicionada y la resiliencia del pueblo

Hace pocos días, un anuncio de tregua había encendido un rayo de esperanza. Después de semanas de violencia, parecía posible detenerse, respirar, pensar en una reconstrucción. Algunos desplazados incluso habían comenzado a preparar el regreso a sus hogares, a esos lugares que, aunque marcados, representan las raíces de la vida.

Esta esperanza, lamentablemente, duró poco. La tregua se rompió, y con ella la posibilidad de un alivio inmediato. La Iglesia, en esta circunstancia, se encuentra cumpliendo su rol más antiguo y verdadero: ser presencia, consuelo, apoyo concreto.

«Dichosos los que lloran, porque serán consolados» (Mateo 5,4 DHH).

Estas palabras de Jesús resuenan con particular fuerza en este contexto. La dicha no anula el dolor, sino que lo abraza prometiendo un consuelo que nace de la presencia de Dios y de la solidaridad de los hermanos.

Las prioridades de un amor que se hace servicio

Frente a una tragedia de tales dimensiones, establecer prioridades se convierte en un desafío en sí mismo. Las necesidades son múltiples, urgentes y superpuestas. Monseñor Essayan señala algunas con claridad.

En primer lugar, apoyar la valiente decisión de quienes, en el sur de Líbano, han decidido quedarse. Permanecer en su tierra, en su hogar, incluso cuando todo a su alrededor se derrumba, es un acto de resistencia no violenta, un apego a la vida que merece todo nuestro respeto y ayuda. Irse a menudo significa regresar y encontrar solo escombros.

Otra prioridad absoluta es la asistencia a los desplazados que han encontrado refugio en otras zonas del país. La Iglesia busca hacerse cargo de las necesidades más inmediatas: una comida, un techo, una palabra de aliento. Se intenta contener la rabia, hija legítima de la injusticia, y garantizar al menos lo mínimo indispensable para la dignidad humana.

Las instituciones estatales hacen lo que pueden, pero los recursos son limitados y las necesidades inmensas. La Iglesia se encuentra, una vez más, teniendo que «llamar a muchas puertas», como afirma el mismo vicario, para recaudar fondos y ayuda. Es una mendicidad hecha de amor, para transformar la solidaridad del mundo en esperanza concreta.

«Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; anduve como forastero, y me dieron alojamiento; estuve sin ropa, y me vistieron; estuve enfermo, y me visitaron; estuve en la cárcel, y me fueron a ver» (Mateo 25,35-36 DHH).

El Evangelio nos recuerda que servir a quien sufre es servir al mismo Cristo. En Líbano, este servicio toma el rostro de niños heridos, de familias dispersas, de comunidades interrumpidas.

Más allá de la emergencia: las heridas invisibles

Las bombas cesan, pero sus consecuencias permanecen por mucho tiempo. Monseñor Essayan plantea una cuestión crucial: el impacto ambiental y sanitario de lo ocurrido. El olor a quemado que persiste en Beirut no es solo un recuerdo, sino una advertencia. ¿Cuántas personas enfermarán debido a la contaminación del aire, del agua, del suelo?

La preocupación de la Iglesia abraza, por tanto, no solo el presente inmediato, sino también el futuro de esas tierras y de quienes las habitan. La reconstrucción material debe ir acompañada de una sanación integral, que incluya el cuidado de la creación y la salud de las personas.

En medio de este panorama, la Iglesia libanesa sigue de pie. No ofrece soluciones mágicas, sino una presencia fiel. Es el cuerpo de Cristo que sufre con los que sufren, que llora con los que lloran, y que, desde la fe, mantiene viva la llama de la esperanza. Una esperanza que no se basa en circunstancias favorables, sino en la promesa de un Dios que nunca abandona a sus hijos.

Como comunidad cristiana global, estamos llamados a mirar hacia Líbano, a informarnos, a orar y a actuar. La solidaridad puede tomar muchas formas: una contribución económica, una palabra de aliento, la difusión de su realidad. Lo importante es no permanecer indiferentes.

Que el testimonio de nuestros hermanos y hermanas en Líbano nos recuerde el núcleo de nuestra fe: el amor que se hace carne en el servicio, la esperanza que florece en el desierto, la comunión que trasciende fronteras y conflictos. En su resistencia, encontramos un reflejo del amor inquebrantable de Dios.


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