En medio de los trabajos de la 62ª Asamblea General de la CNBB, los obispos de Brasil reservaron un tiempo especial para encontrarse con Jesús Eucarístico. En el Santuario Nacional de Nuestra Señora Aparecida, el 16 de abril a las 17 horas, se reunieron para un momento profundo de adoración e intercesión por la paz en el mundo. Este gesto pastoral demuestra cómo el liderazgo de la Iglesia en Brasil comprende que, antes de cualquier acción o planificación, es necesario ponerse ante Dios en humilde súplica.
El Santuario de Aparecida, conocido como el "corazón mariano de Brasil", fue escenario de este encuentro espiritual que reunió a pastores de todas las regiones del país. Allí, donde millones de peregrinos buscan consuelo y gracias, los obispos también se hicieron peregrinos, llevando en sus manos y en su corazón las angustias de un mundo marcado por conflictos y violencia. La elección de este lugar no fue casual: Aparecida simboliza la unidad del pueblo brasileño en la fe y la protección maternal de María sobre nuestra nación.
Este momento de adoración ocurrió en sintonía con los llamados del Papa León XIV, quien desde el inicio de su pontificado ha insistido en la necesidad de la oración como fundamento para la paz verdadera. El Santo Padre, elegido en mayo de 2025 tras el fallecimiento del Papa Francisco en abril del mismo año, ha demostrado especial preocupación por la reconciliación entre los pueblos y el fin de las hostilidades que afligen a tantas regiones del mundo.
La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida cristiana
La adoración eucarística no es simplemente una devoción entre otras, sino expresión de la fe central de la Iglesia: Jesucristo realmente presente en el pan consagrado. Como nos recuerda el apóstol Pablo: "Porque cada vez que comen este pan y beben esta copa, proclaman la muerte del Señor hasta que él venga" (1 Corintios 11:26, NVI). Ante el Santísimo Sacramento, los obispos renovaron su fe en este misterio de amor que sostiene a la Iglesia desde hace dos mil años.
En este tiempo particularmente desafiante para la humanidad, la Eucaristía se presenta como antídoto contra la cultura del descarte y la indiferencia. Al adorar a Aquel que se hizo pan partido para nosotros, aprendemos a romper nuestros propios egoísmos y a donarnos por los demás. La paz que tanto anhelamos comienza en este reconocimiento humilde de que nos necesitamos unos a otros y, sobre todo, de la gracia divina para vivir como verdaderos hermanos.
El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que "la Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización y la ofrenda sacramental de su único sacrificio, en la liturgia de la Iglesia" (CIC 1362). Esta comprensión teológica fundamenta prácticas como la adoración eucarística, que no está separada de la celebración de la Misa, sino que es su prolongación natural: un tiempo para saborear más profundamente el don recibido.
Orando por la paz en tiempos de conflicto
Los obispos dirigieron sus oraciones especialmente por las regiones del mundo asoladas por guerras y violencia, uniéndose también a los pedidos del Cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén. Tierra Santa, cuna del cristianismo, continúa siendo escenario de tensiones que hieren el corazón de todos los que aman la paz. De la misma manera, otras naciones en diferentes continentes claman por justicia y reconciliación.
En este contexto, las palabras de Jesús en el Sermón del Monte resuenan con fuerza renovada: "Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios" (Mateus 5:9, NVI). Ser pacificador no significa simplemente evitar conflictos, sino trabajar activamente por la construcción de puentes donde existen muros, por el diálogo donde prevalece el monólogo, por la comprensión donde reina la desconfianza.
La paz por la cual los obispos oraron no es meramente la ausencia de guerra, sino aquella que San Pablo describe como "la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento" (Filipenses 4:7, NVI). Esta paz trasciende las circunstancias externas y habita en el corazón de aquellos que confían en la providencia divina, incluso cuando el mundo parece estar en llamas. Es la misma paz que Jesús prometió a sus discípulos: "La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy a ustedes como la da el mundo" (Juan 14:27, NVI).
Al concluir este tiempo de adoración, los obispos renovaron su compromiso de ser instrumentos de esta paz en sus diócesis y en toda la nación brasileña. Invitaron a todos los fieles a unirse en oración constante por la reconciliación mundial, recordando que cada momento de adoración eucarística es una semilla de esperanza plantada en el corazón de la humanidad.
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