Hay imágenes que no solo duelen por lo que muestran, sino por lo que dicen de nosotros como sociedad. En las últimas semanas, la Pastoral de Movilidad Humana de la Arquidiócesis Primada de México ha documentado operativos migratorios en distintas colonias de la Ciudad de México, donde personas han sido detenidas sin órdenes judiciales claras y sin el debido proceso. Entre los afectados hay solicitantes de refugio con trámites vigentes y personas que ya habían recibido el estatus de refugiadas por parte del Estado mexicano.
Como cristianos, estamos llamados a abrir los ojos ante esta realidad. La Biblia nos recuerda una y otra vez el mandato de acoger al extranjero, de proteger al vulnerable y de buscar justicia para quienes no tienen voz. En un mundo donde las fronteras se endurecen y los discursos de exclusión crecen, la Iglesia tiene la misión de ser un signo profético de hospitalidad y dignidad.
El fundamento bíblico: Dios defiende al migrante
Desde el Antiguo Testamento, Dios deja claro su corazón por el extranjero. En Levítico 19:33-34 leemos:
«Cuando un extranjero resida con ustedes en su tierra, no lo maltraten. Al contrario, trátenlo como a un compatriota. Ámenlo como a ustedes mismos, porque también ustedes fueron extranjeros en Egipto. Yo soy el Señor su Dios.» (NVI)
Este pasaje no es una sugerencia, sino un mandato divino. Israel había experimentado la opresión y el desarraigo, y Dios les ordenó recordar esa experiencia para tratar con justicia a los forasteros. De la misma manera, nosotros, que hemos sido acogidos por la gracia de Dios, estamos llamados a extender esa misma acogida.
Jesús y el migrante
En el Nuevo Testamento, Jesús mismo vivió como refugiado. Cuando Herodes amenazó su vida, José y María huyeron a Egipto (Mateo 2:13-15). Jesús sabe lo que es ser desplazado, buscar asilo y depender de la hospitalidad de otros. En Mateo 25:35, él dice:
«Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; fui forastero y me dieron alojamiento.» (NVI)
En esta parábola del juicio, Jesús se identifica con el extranjero. Acoger al migrante es acoger a Cristo mismo. Ignorar su sufrimiento es ignorar al Señor.
La situación actual: violaciones a la dignidad
Los reportes de la Pastoral de Movilidad Humana indican que los operativos se han realizado sin identificación clara de los agentes, sin órdenes oficiales y sin garantías del debido proceso. Personas que ya habían recibido protección internacional han sido detenidas, lo que constituye una violación al principio de no devolución, un pilar del derecho internacional de refugiados.
Este principio, consagrado en la Convención de Ginebra de 1951 y en la legislación mexicana, prohíbe devolver a una persona a un país donde su vida o libertad corran peligro. Detener a un refugiado reconocido es una contradicción grave y una falta de respeto a la ley y a la dignidad humana.
El papel de la Iglesia
La Iglesia no puede permanecer en silencio. Como cuerpo de Cristo, estamos llamados a ser voz de los que no tienen voz. La Pastoral de Movilidad Humana, junto con organizaciones hermanas, ha solicitado a la Secretaría de Gobernación y al Instituto Nacional de Migración que suspendan estas redadas y ajusten los operativos al marco constitucional y a los tratados internacionales.
Pero más allá de las acciones institucionales, cada creyente puede hacer algo. Podemos informarnos, orar por los migrantes, apoyar albergues y organizaciones que los atienden, y abogar por políticas justas en nuestras comunidades.
Un llamado a la acción y la esperanza
La migración no es un problema que resolver, sino una realidad que acompañar. Detrás de cada estadística hay un rostro, una historia, una familia que busca un futuro mejor. La Biblia nos invita a no tener miedo del extranjero, sino a ver en él a un hermano.
Hermanos y hermanas, los invito a reflexionar: ¿cómo podemos, desde nuestra vida cotidiana, ser instrumentos de acogida y justicia para los migrantes? Quizás sea ofreciendo una palabra de aliento, donando tiempo o recursos, o simplemente educándonos para desmontar prejuicios. Dios nos llama a ser una comunidad donde todos tengan un lugar.
«No se olviden de practicar la hospitalidad, pues gracias a ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles.» (Hebreos 13:2, NVI)
Que esta palabra nos desafíe y nos impulse a actuar con amor y justicia, recordando que todos somos peregrinos en esta tierra, y que nuestra verdadera patria está en el cielo.
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