El 21 de abril de 2025, el mundo cristiano despidió al papa Francisco, un pastor que marcó un antes y un después en la historia de la Iglesia. Hoy, al cumplirse el primer aniversario de su partida, recordamos no solo sus gestos humildes y su palabra cercana, sino también el camino que nos dejó trazado. Francisco no fue un papa de discursos lejanos; fue un hermano que caminó a nuestro lado, que nos invitó a mirar al otro con misericordia y a cuidar la casa común con pasión.
Su legado sigue vivo en cada comunidad que abre las puertas al migrante, en cada familia que elige el perdón sobre el rencor, en cada joven que se levanta para defender el planeta. Como cristianos, no honramos su memoria con nostalgia vacía, sino poniendo en práctica sus enseñanzas. Como dice la Escritura:
«Porque así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta» (Santiago 2:26, NVI).
Misericordia: el corazón de su pontificado
Si hubiera que resumir el papado de Francisco en una sola palabra, esa sería misericordia. Desde el mismo momento de su elección, aquel 13 de marzo de 2013, cuando pidió a la multitud que rezara por él antes de impartir la bendición, dejó claro que su liderazgo sería de humildad y servicio. No le interesaban los palacios ni los privilegios; prefirió vivir en la residencia de Santa Marta, comer en el comedor común y usar zapatos viejos. Pero lo que realmente transformó a la Iglesia fue su insistencia en que Dios no es un juez severo, sino un Padre que corre a abrazar al hijo que vuelve a casa.
Esa misericordia se tradujo en gestos concretos: abrió las puertas del Vaticano a los sin techo, lavó los pies a presos y refugiados, y pidió a los sacerdotes que fueran pastores con olor a oveja. En su bula Misericordiae Vultus (2015), convocó un Jubileo extraordinario de la Misericordia, recordándonos que el perdón de Dios no tiene límites. Y en su exhortación Evangelii Gaudium, nos invitó a una Iglesia en salida, que no espera sentada, sino que va al encuentro de los que sufren.
Para los cristianos de hoy, el llamado sigue siendo el mismo: ser instrumentos de misericordia en un mundo herido. ¿Cuántas veces cerramos el corazón ante quien nos ha fallado? Francisco nos enseñó que la misericordia no es debilidad, sino la fuerza más grande que podemos tener.
Ecología integral: cuidar la casa común
Otra de las grandes herencias de Francisco es su encíclica Laudato Si’ (2015), un grito profético en defensa de la creación. En un tiempo donde el cambio climático y la pérdida de biodiversidad amenazan nuestro futuro, el papa argentino nos recordó que la tierra no es un recurso para explotar, sino un regalo que debemos cuidar. Conectó la crisis ecológica con la crisis social: el mismo sistema que contamina los ríos también descarta a los pobres. Por eso habló de «ecología integral», una visión que une el cuidado del planeta con el cuidado de los más vulnerables.
Su llamado no cayó en oídos sordos. Muchas iglesias locales, tanto católicas como evangélicas, han adoptado prácticas de cuidado ambiental, desde huertos comunitarios hasta campañas de reciclaje. Como dice el salmista:
«Del Señor es la tierra y todo cuanto hay en ella, el mundo y cuantos lo habitan» (Salmo 24:1, NVI).
Hoy, al recordar a Francisco, podemos preguntarnos: ¿qué pequeño paso podemos dar para ser mejores administradores de la creación? Tal vez reducir el consumo de plástico, plantar un árbol o apoyar una iniciativa local de cuidado ambiental. Cada gesto cuenta.
Reformas en la Iglesia: una institución que escucha
Francisco no temió a los cambios. Su constitución apostólica Praedicate Evangelium (2022) reorganizó la Curia romana, poniendo la evangelización por encima de la burocracia. También impulsó la sinodalidad, un proceso que invita a todos los bautizados —laicos, religiosos y clérigos— a caminar juntos y escucharse mutuamente. Para él, la Iglesia no es una pirámide donde unos mandan y otros obedecen, sino un pueblo de Dios que discierne en comunidad.
En el ámbito de la protección de menores, promulgó Vos estis lux mundi, estableciendo mecanismos claros para denunciar abusos y hacer rendir cuentas a los obispos. También simplificó los procesos de nulidad matrimonial, acercando la justicia a las familias heridas. Estas reformas no siempre fueron populares, pero Francisco las defendió con valentía, convencido de que una Iglesia que no se reforma corre el riesgo de volverse irrelevante.
Como cristianos, podemos aprender de su ejemplo: no tener miedo al cambio cuando este nos acerca al Evangelio. La Iglesia no es un museo, sino un jardín que necesita poda y riego constante. ¿Estamos dispuestos a dejar que el Espíritu Santo nos renueve?
Un legado que perdura
El papa Francisco nos dejó físicamente el 21 de abril de 2025, pero su espíritu sigue vivo en cada comunidad que acoge al extranjero, en cada familia que elige la paz, en cada joven que lucha por la justicia. Su sucesor, León XIV, ha recogido el testigo, y la Iglesia continúa su camino sinodal, abierta al diálogo y al servicio.
Al conmemorar este primer aniversario, te invito a reflexionar: ¿cómo puedes tú, en tu vida diaria, honrar el legado de Francisco? No se trata de hacer grandes cosas, sino de hacer las pequeñas cosas con gran amor. Como él mismo solía decir: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús». Que esa alegría nos impulse a ser una Iglesia en salida, una comunidad de discípulos misioneros que llevan esperanza a todos los rincones.
Comentarios