Recientemente, la comuna de Puchuncaví vivió un nuevo episodio de contaminación que obligó a evacuar a más de 300 personas, suspender clases y atender a varios menores con síntomas de intoxicación. Esta situación, que afectó especialmente a la Escuela Básica La Chocota y al jardín infantil Sirenita de Horcón, nos recuerda la fragilidad de nuestra casa común y la urgencia de actuar como buenos administradores de la creación.
Como cristianos, sabemos que Dios nos ha encomendado el cuidado de la tierra (Génesis 2:15). No podemos permanecer indiferentes cuando la salud de los más pequeños se ve amenazada por la contaminación. La Iglesia está llamada a ser voz profética y a promover la justicia ambiental.
¿Qué pasó en Puchuncaví?
El incidente comenzó con la presencia de olores desconocidos que activaron los protocolos de emergencia en varios establecimientos educacionales. En la Escuela Básica La Chocota, 333 personas fueron evacuadas a una zona segura. Personal de salud evaluó a 10 menores que presentaron cefaleas y náuseas. También en la Escuela Campiche se reportaron 10 niños con síntomas similares, incluyendo vómitos, que fueron atendidos por equipos del CESFAM Puchuncaví y Ventanas.
La emergencia se extendió al jardín infantil Sirenita en Horcón, donde 14 párvulos y 13 funcionarios fueron evacuados. Como medida preventiva, se suspendió la jornada escolar y se permitió el retiro anticipado de los estudiantes. Las autoridades de Senapred continúan monitoreando la calidad del aire para identificar el origen de los olores.
Una mirada cristiana ante la crisis ambiental
La Biblia nos enseña que Dios creó el mundo y lo declaró "bueno" (Génesis 1:31). Como seres creados a su imagen, tenemos la responsabilidad de cuidar y preservar la naturaleza. El apóstol Pablo nos recuerda que toda la creación gime y sufre dolores de parto hasta ahora (Romanos 8:22). Este gemido se hace audible en eventos como el de Puchuncaví, donde la salud y el bienestar de las personas se ven comprometidos por la contaminación.
Jesús nos llamó a ser luz y sal en el mundo (Mateo 5:13-16). Esto incluye alzar la voz contra las injusticias que dañan a los más vulnerables. Los niños, en particular, son los más afectados por la contaminación, y Jesús dijo: "Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos" (Mateo 19:14).
La respuesta de la comunidad
La sociedad civil, a través de organizaciones como Greenpeace, ha cuestionado la falta de responsabilidad de las industrias y ha llamado a detener las faenas mientras se investiga. Los estudiantes del colegio General Velásquez denunciaron que estos episodios afectan su desarrollo académico. Es alentador ver que la comunidad se organiza y exige cambios, pero también necesitamos un compromiso más profundo desde la fe.
La Iglesia puede desempeñar un papel clave en la promoción de la justicia ambiental. No se trata solo de reaccionar ante emergencias, sino de trabajar por un cambio estructural que priorice la vida y la salud sobre los intereses económicos. Como dice el profeta Isaías: "Aprendan a hacer el bien; busquen la justicia, reprendan al opresor" (Isaías 1:17).
Llamado a la acción: Cuidar la creación es un acto de fe
Este incidente en Puchuncaví nos interpela a todos. ¿Estamos siendo buenos administradores de los recursos que Dios nos ha dado? ¿Estamos protegiendo a los más vulnerables de nuestra sociedad? La crisis ambiental no es solo un problema político o técnico; es un asunto espiritual que requiere conversión y compromiso.
Podemos empezar por pequeñas acciones: reducir nuestro consumo, reciclar, apoyar iniciativas ecológicas y orar por la sanación de la tierra. Pero también debemos alzar nuestra voz para exigir a las autoridades y empresas que cumplan con su responsabilidad de proteger el medio ambiente y la salud pública.
"El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara" (Génesis 2:15, NVI).
Que este versículo nos recuerde nuestra vocación original: ser jardineros de la creación, no destructores. Que el Espíritu Santo nos dé sabiduría y valentía para actuar en favor de la vida y la justicia.
Reflexión final
Querido hermano, hermana: la próxima vez que respires aire limpio, da gracias a Dios. Pero también recuerda a aquellos que no pueden hacerlo porque la contaminación les roba la salud. La fe sin obras está muerta (Santiago 2:17). ¿Qué harás tú para cuidar la casa común y a tus hermanos más pequeños?
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