El mensaje de consuelo de San Francisco a las hermanas de Santa Clara: un tesoro para el corazón

Fuente: EncuentraIglesias Editorial

En la primavera de 1225, mientras vivía en San Damián, Francisco de Asís atravesaba un momento de profunda prueba. Aquejado por una dolorosa enfermedad en los ojos que lo obligaba a permanecer en la oscuridad, incapaz de soportar la luz natural o la del fuego, el santo también experimentaba una intensa tribulación interior. En esas largas noches de oscuridad física y espiritual, Francisco se volvió con confianza al Señor, implorando su ayuda.

El mensaje de consuelo de San Francisco a las hermanas de Santa Clara: un tesoro para el corazón

La respuesta divina llegó como un rayo de consuelo en la oscuridad: "Hermano, alégrate y regocíjate plenamente en tus enfermedades y tribulaciones; desde ahora vive en serenidad, como si ya estuvieras en mi reino". Esta experiencia de gracia transformó el sufrimiento de Francisco en una fuente de creatividad espiritual. De su corazón ya pacificado nacieron dos regalos preciosos para la Iglesia: el célebre "Cántico de las criaturas" y un texto menos conocido pero igualmente significativo dirigido a las hermanas de Santa Clara.

Un mensaje para las "pobrecitas"

Consciente de la vida austera que las hermanas de Santa Clara llevaban en el monasterio de San Damián, y sabiendo que estaban afligidas por su estado de salud, Francisco quiso ofrecerles palabras de consuelo y orientación espiritual. El texto, conocido como "Audite poverelle", representa un testamento espiritual dirigido específicamente a las mujeres que habían abrazado la vida religiosa según el ideal franciscano.

Estas palabras, escritas "con melodía" para ser cantadas y memorizadas más fácilmente, contienen la esencia de la espiritualidad franciscana: la invitación a vivir en la verdad, la importancia de la obediencia, la preferencia por la vida interior sobre las apariencias exteriores, y el llamado a sostenerse mutuamente en las dificultades. Como recuerda el Evangelio: "Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos" (Mateo 5:3, Biblia de Jerusalén).

El descubrimiento de un tesoro escondido

Durante siglos, este texto permaneció oculto entre los códices conservados por las Clarisas, hasta su redescubrimiento en 1976. Solo en las últimas décadas la comunidad cristiana ha podido redescubrir esta joya espiritual, que nos permite acceder a una dimensión más íntima de la relación entre Francisco y las primeras hermanas franciscanas.

El redescubrimiento de este texto nos recuerda que la tradición cristiana es un tesoro vivo, que continúa revelando nuevas riquezas a través del estudio y la contemplación. Como escribe Pablo: "Ustedes examinan las Escrituras porque piensan tener en ellas vida eterna; ¡y son ellas las que dan testimonio de mí!" (Juan 5:39, NVI).

El mensaje para los cristianos de hoy

Las palabras de Francisco a las "pobrecitas" conservan una sorprendente actualidad para los creyentes de nuestro tiempo. En una época caracterizada por el ruido y la distracción, la invitación a privilegiar la vida interior resuena con particular fuerza. El llamado a vivir "siempre en verdad" nos interpela en un contexto social donde la verdad aparece a menudo relativizada o instrumentalizada.

La exhortación a sostenerse mutuamente en las dificultades, especialmente aquellas relacionadas con la salud o el cansancio cotidiano, ofrece un modelo de comunidad cristiana solidaria y compasiva. Como nos recuerda la Carta a los Gálatas: "Ayúdense a llevar los unos las cargas de los otros, y cumplan así la ley de Cristo" (Gálatas 6:2, NVI).

La dimensión musical de la fe

La elección de Francisco de componer estas palabras "con melodía" no es casual. La música siempre ha tenido un lugar especial en la tradición cristiana como vehículo de oración y medio para memorizar las verdades de la fe. Desde los salmos cantados en el Antiguo Testamento hasta los himnos de las primeras comunidades cristianas, pasando por la rica tradición del canto gregoriano y la música sacra contemporánea, la melodía acompaña y sostiene el camino de fe.

Esta dimensión musical de la espiritualidad franciscana nos invita a redescubrir el poder del canto y la música en nuestra vida espiritual. No se trata solo de palabras que se pronuncian, sino de verdades que se cantan, que se graban en el corazón y que nos sostienen en los momentos de oscuridad, tal como hicieron con Francisco en San Damián.


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