Viviendo en el Entremedio: Fe Después de la Ascensión

Fuente: EncuentraIglesias Editorial

Hay una tensión única en la temporada entre la Ascensión de Jesús y Pentecostés. Los discípulos habían presenciado la partida del Señor, pero se les dijo que esperaran, no en la ociosidad, sino en oración expectante. Este período de espera no es simplemente un vacío en el calendario litúrgico; refleja nuestras propias vidas como creyentes que viven entre la primera venida de Cristo y su prometido regreso. Nosotros también somos llamados a esperar activamente, aferrándonos a la promesa mientras navegamos los desafíos de la vida cotidiana.

Viviendo en el Entremedio: Fe Después de la Ascensión

La lectura de Hechos 1:6-14 captura este momento hermosamente. Los discípulos, aún sin comprender completamente el alcance del plan de Dios, le preguntan a Jesús: "Señor, ¿vas a restaurar en este tiempo el reino a Israel?" (Hechos 1:6, NVI). Es una pregunta que revela su esperanza de una restauración política inmediata, pero Jesús redirige su enfoque: "No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones que el Padre ha fijado con su propia autoridad. Pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos..." (Hechos 1:7-8, NVI).

¿Cuántas veces hacemos preguntas similares? Queremos saber el cuándo y el cómo de los planes de Dios. Sin embargo, Jesús nos llama a confiar en el tiempo del Padre y a abrazar nuestro rol como testigos, empoderados por el Espíritu. La espera no es pasiva; es una temporada de preparación y oración.

La Promesa de Poder

Las últimas palabras de Jesús antes de su ascensión no son una despedida sino una comisión. Él promete el Espíritu Santo, el mismo Espíritu que más tarde descendería en Pentecostés. Esta promesa es el ancla para la misión de la iglesia. Los discípulos no fueron dejados como huérfanos; se les dio la misma presencia de Dios para morar en ellos.

En Juan 17:1-11, escuchamos la oración sacerdotal de Jesús. Él ora por sus discípulos, diciendo: "Ya no estoy en el mundo, pero ellos están en el mundo" (Juan 17:11, NVI). Esta oración revela la profunda preocupación de Jesús por sus seguidores. Él conoce los desafíos que enfrentarán, e intercede por su protección y unidad. La misma oración se extiende a nosotros hoy. Jesús ora para que seamos uno, así como él y el Padre son uno, una unidad que trasciende las líneas denominacionales y las diferencias personales.

Esta unidad no es uniformidad; es una vida compartida en Cristo que refleja el amor de la Trinidad. Mientras esperamos, recordamos que no estamos solos. El Espíritu nos capacita para vivir esta unidad en nuestras iglesias y comunidades.

Sufrimiento y Gloria

La primera carta de Pedro se dirige a una comunidad que enfrenta pruebas. En 1 Pedro 4:12-14, escribe: "Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciera. Antes bien, gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría" (NVI).

El sufrimiento no es ajeno a la vida cristiana. De hecho, es una marca de identificación con Cristo. La iglesia primitiva soportó persecución, y los creyentes hoy en muchas partes del mundo enfrentan dificultades similares. El consejo de Pedro es contracultural: alégrense en el sufrimiento porque nos conecta con los sufrimientos de Cristo. Esto no es un llamado al masoquismo, sino a una perspectiva que ve más allá del dolor presente hacia la gloria que será revelada.

Él continúa en 1 Pedro 5:6-11: "Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo. Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros" (NVI). Esta es una hermosa invitación a liberar nuestras cargas. Dios cuida, no de una manera distante y desapegada, sino con el cuidado íntimo de un Padre amoroso. El período de espera no está destinado a estar lleno de preocupación, sino de confianza.

Humildad Práctica en la Vida Diaria

La humildad a menudo se malinterpreta como debilidad, pero Pedro la presenta como fortaleza bajo control. Humillarnos bajo la mano de Dios significa reconocer nuestra dependencia de él. Significa soltar nuestra necesidad de controlar los resultados y confiar en su tiempo. Esto es especialmente relevante en el contexto de la vida diaria, donde enfrentamos incertidumbres y desafíos. Al practicar la humildad, encontramos la paz que viene de saber que Dios tiene el control.

Al concluir este tiempo de reflexión, recordemos que la temporada entre la Ascensión y Pentecostés no es un simple intervalo, sino un tiempo de gracia. Es una oportunidad para profundizar nuestra fe, fortalecer nuestra oración y prepararnos para recibir el poder del Espíritu Santo. Que, como los discípulos, podamos esperar con esperanza, sabiendo que el prometido Consolador vendrá.

Querido hermano, hermana, no importa en qué punto de tu camino te encuentres, Dios está contigo. La espera puede ser difícil, pero nunca es vacía cuando la llenamos de oración y confianza. Que el Espíritu Santo te llene de paz y te capacite para ser testigo del amor de Cristo en tu entorno. Amén.


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