En el cuarto domingo de Pascua, la liturgia nos presenta la figura del Buen Pastor, una imagen que toca el corazón de todo creyente. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, Pedro habla con valentía al pueblo, anunciando que Jesús, crucificado y resucitado, es el Señor. La multitud, impactada por sus palabras, pregunta: «¿Qué debemos hacer?». La respuesta de Pedro es clara y directa: «Arrepiéntanse y bautícese cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo» (Hechos 2:38).
Convertirse no es solo un cambio de ideas, sino una transformación profunda del corazón. Es reconocer que necesitamos a Dios y que Él nos ofrece una vida nueva. El bautismo no es un simple rito, sino un lavacro que nos purifica y nos hace nuevas criaturas, insertándonos en el cuerpo de Cristo. Como ovejas descarriadas, estamos invitados a volver al redil, donde el Pastor ha dado la vida por nosotros.
La voz del Pastor que conoce por nombre
La relación entre Jesús y sus discípulos es única: es un vínculo de conocimiento mutuo y de amor. Jesús dice: «Yo soy el buen pastor; conozco a mis ovejas, y ellas me conocen a mí» (Juan 10:14). Este conocimiento no es teórico, sino experiencial: el pastor llama a cada oveja por su nombre, y las ovejas reconocen su voz.
La voz de Jesús tiene un timbre especial. Pensemos en la samaritana junto al pozo: después del diálogo con él, corre a decir a los demás: «Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será este el Cristo?» (Juan 4:29). O en los discípulos de Emaús, que confiesan: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino?» (Lucas 24:32). Su voz habla al corazón, da paz, pero también desafía a cambiar.
¿Cómo reconocer su voz hoy?
En un mundo lleno de ruidos y voces contradictorias, discernir la voz del Buen Pastor no siempre es fácil. Pero Jesús nos ha dejado herramientas preciosas: la Palabra de Dios, la oración, la comunidad de creyentes. Cuando leemos la Escritura con corazón abierto, cuando nos detenemos en silencio ante el Señor, cuando escuchamos a los hermanos en la fe, podemos aprender a reconocer esa voz que nos guía hacia la vida plena.
El Pastor que da la vida
La característica del buen pastor es que no es un mercenario. El mercenario, cuando ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye porque no le importan. Jesús, en cambio, dice: «Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas» (Juan 10:11). Él no se reserva, sino que se entrega completamente por amor.
Este amor se manifiesta en la cruz, pero también en la vida cotidiana de Jesús: en su servicio, en su compasión, en su enseñanza. Él alimentó a su pueblo con el maná en el desierto, multiplicó los panes y los peces, transformó el agua en vino, resucitó a Lázaro. Cada gesto es una señal de su amor de pastor que nunca abandona a su rebaño.
Seguir al Pastor, no los intereses personales
Hoy, lamentablemente, también en la Iglesia hay falsos pastores que buscan su propio interés en lugar del bien de las ovejas. San Pablo, en cambio, es un modelo de pastor desinteresado: para no ser una carga, trabajaba con sus manos como curtidor de pieles. Él podía decir: «No he codiciado ni plata, ni oro, ni vestidos de nadie» (Hechos 20:33). El verdadero pastor no explota, sino que sirve; no busca poder, sino que guía con humildad.
Vivir como ovejas del Buen Pastor
Ser ovejas del Buen Pastor significa escuchar su voz y seguirlo. No se trata de pertenecer a un partido o a una Iglesia como institución, sino de tener una relación viva con Cristo resucitado. Esto implica confianza, obediencia y amor. Como dice el salmo: «El Señor es mi pastor; nada me falta» (Salmo 23:1). En Él encontramos paz, seguridad y guía.
Cada día estamos llamados a elegir si seguir la voz del pastor u otras voces que nos alejan. La conversión no es un evento único, sino un proceso continuo. Como el Papa León XIV nos recuerda en su reciente exhortación, el Buen Pastor nos llama a salir de nosotros mismos y a vivir en comunión con los demás. En este tiempo pascual, renovemos nuestro compromiso de caminar tras las huellas de Cristo, confiando en que Él nos conduce a pastos verdes y aguas tranquilas.
Comentarios