En medio de un mundo que con frecuencia parece fragmentarse por conflictos y divisiones, la voz de la Iglesia se levanta como un faro de esperanza. Recientemente, la Conferencia Episcopal Peruana ha expresado su cercanía y apoyo al Papa León XIV, quien desde su elección en mayo de 2025 ha enfatizado la necesidad de construir una paz auténtica. Este respaldo no es simplemente un gesto protocolario, sino una afirmación profunda de los valores cristianos que deben guiar nuestra convivencia humana.
La paz a la que nos invita el Santo Padre, y que nuestros obispos peruanos han abrazado, va mucho más allá de la simple ausencia de guerra. Se trata de una paz "desarmada y desarmante", como él mismo la ha denominado. Esta expresión tan poderosa nos habla de una paz que renuncia a las armas, sí, pero que también desarma los corazones, que desactiva los prejuicios y que desmonta las estructuras de injusticia que tantas veces generan violencia en nuestras sociedades.
Como comunidad cristiana en América Latina, sabemos bien que la paz no es un estado que se alcanza de una vez por todas, sino un camino que debemos recorrer cada día. El apóstol Pablo nos recuerda en Romanos 12:18: "Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos". Este versículo nos muestra que la paz requiere nuestro esfuerzo activo, nuestra disposición constante al diálogo y nuestra capacidad de buscar puntos de encuentro incluso cuando las diferencias parecen insalvables.
Los pilares de una paz verdadera
¿Sobre qué fundamentos se construye esta paz que tanto anhelamos? La declaración de nuestros obispos peruanos nos señala varios pilares esenciales que merecen nuestra reflexión profunda. La verdad es el primero de ellos, porque sin honestidad y transparencia no puede haber confianza entre las personas ni entre los pueblos. La justicia sigue como elemento indispensable, pues como nos enseña el profeta Miqueas 6:8: "Ya se te ha declarado lo que es bueno, y qué pide el Señor de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios".
La solidaridad y la fraternidad completan este fundamento ético de la paz. En un mundo marcado por profundas desigualdades, la solidaridad nos llama a reconocer que el sufrimiento ajeno nos concierne, que la pobreza del hermano nos interpela. La fraternidad, por su parte, nos recuerda que todos somos hijos de un mismo Padre celestial, como nos dice Gálatas 3:28: "Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús".
La libertad, ese don tan preciado, también es parte esencial de la paz verdadera. No habrá paz duradera donde haya opresión, donde se silencien las voces disidentes, donde se coarte la capacidad de las personas para desarrollarse plenamente según su dignidad humana. Cristo mismo nos liberó para que fuésemos verdaderamente libres, y esa libertad debe extenderse a todos los ámbitos de nuestra existencia.
Ser artesanos de paz en nuestro entorno cotidiano
El llamado del Papa León XIV a ser "artesanos de paz" resuena con especial fuerza en nuestro contexto latinoamericano. Un artesano no es alguien que trabaja de manera mecánica o industrial, sino alguien que pone cuidado, dedicación y amor en cada pieza que crea. Así debemos ser nosotros con la paz: trabajarla con paciencia, con atención a los detalles, con creatividad para encontrar soluciones nuevas a viejos problemas.
Esta tarea comienza en los espacios más cercanos: nuestra familia, nuestro lugar de trabajo, nuestra comunidad parroquial. ¿Cómo podemos ser artesanos de paz en estos ámbitos? Escuchando con verdadero interés antes de responder, buscando comprender antes de juzgar, perdonando las ofensas como Cristo nos ha perdonado a nosotros. El Sermón del Monte nos da una guía preciosa:
"Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios" (Mateo 5:9, RVR1960).
Ser pacificador no significa evitar todo conflicto a cualquier costo. A veces la paz requiere confrontar con amor situaciones de injusticia, señalar con valentía aquello que daña la dignidad humana, proponer caminos de reconciliación donde parece haber solo enfrentamiento. Es una paz activa, comprometida, que no se conforma con la tranquilidad superficial sino que busca la armonía profunda que brota del respeto mutuo.
La opción preferencial por los más vulnerables
Un aspecto crucial del llamado que nuestros obispos peruanos han secundado es la defensa de las personas más vulnerables. La paz no puede construirse sobre el sufrimiento de los débiles, sobre la indiferencia hacia quienes más necesitan protección. En nuestras sociedades latinoamericanas, donde las desigualdades son tan marcadas, este compromiso adquiere una urgencia particular.
Los migrantes, los pueblos originarios, las personas en situación de pobreza, los ancianos abandonados, los niños sin oportunidades - todos ellos tienen un lugar especial en el corazón de Dios y, por tanto, deben tenerlo en el nuestro. El profeta Isaías nos interpela con palabras que siguen siendo actuales:
"Aprendan a hacer el bien; busquen la justicia, reprendan al opresor, defiendan los derechos del huérfano, aboguen por la causa de la viuda" (Isaías 1:17, NVI).
Ser artesanos de paz implica necesariamente trabajar por una sociedad más justa, donde cada persona pueda desarrollar sus dones y talentos, donde nadie quede excluido del banquete de la vida. Esta es una dimensión social de nuestra fe que no podemos eludir si queremos ser coherentes con el Evangelio que profesamos.
María, modelo de paz y reconciliación
La declaración de la Conferencia Episcopal Peruana concluye invocando la intercesión de la Virgen María, reconociéndola como modelo y guía en este camino hacia un mundo más fraterno. En María encontramos a una mujer que supo decir "sí" a Dios incluso cuando no comprendía completamente su plan, que guardaba todas las cosas en su corazón, que permaneció al pie de la cruz cuando todo parecía perdido.
Su Magníficat es un canto revolucionario de justicia y esperanza:
"Derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió vacíos" (Lucas 1:52-53, NVI).
María nos enseña que la verdadera paz nace de la confianza en Dios, de la disponibilidad a servir, de la capacidad de acoger al diferente. En un continente donde la devoción mariana tiene raíces tan profundas, su ejemplo puede inspirarnos especialmente en nuestra tarea de construir puentes donde otros levantan muros, de tender manos donde otros clavan puños.
Una reflexión para tu camino
Querido hermano, querida hermana que lees estas líneas: la construcción de la paz no es tarea exclusiva de los líderes religiosos o políticos. Es una vocación que Dios dirige a cada uno de nosotros, en el lugar concreto donde nos ha puesto. Hoy te invito a preguntarte: ¿En qué relaciones de mi vida necesito ser más artesano de paz? ¿Con quién necesito reconciliarme? ¿A qué persona vulnerable puedo tenderle la mano esta semana?
La paz comienza con un gesto pequeño: una palabra de perdón, un acto de comprensión, un momento de escucha atenta. Como nos recuerda el apóstol Pablo: "Por lo tanto, siempre que tengamos la oportunidad, hagamos bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe" (Gálatas 6:10, NVI).
Que el Espíritu Santo nos conceda la sabiduría para discernir los pasos concretos que debemos dar, la valentía para darlos aunque nos cuesten, y la perseverancia para seguir caminando incluso cuando los resultados no sean inmediatos. Porque la paz, como el Reino de Dios, es semilla que crece en silencio, pan que se comparte en comunidad, luz que disipa las tinieblas del miedo y la desconfianza.
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