La palabra "entrega" a menudo nos incomoda. Nos trae a la mente imágenes de derrota, de perder el control, de dejar ir algo valioso. Pero en la vida cristiana, la entrega no se trata de pérdida, sino de ganar algo mucho más grande. Cuando nos entregamos a Dios, no estamos poniendo nuestros sueños en manos de una deidad distante y sin amor. Más bien, los estamos confiando a un Padre amoroso que sabe lo que es mejor para nosotros.
La Biblia nos dice que los planes de Dios para nosotros son buenos, planes para darnos un futuro y una esperanza (Jeremías 29:11). Sin embargo, a menudo nos resistimos, temiendo que si le damos todo a Dios, Él nos quitará lo que más amamos. Este miedo proviene de un malentendido de quién es Dios. No es un aguafiestas cósmico que espera arrebatarnos la felicidad. Más bien, es un Padre que anhela darnos buenos regalos (Mateo 7:11).
La verdadera entrega comienza cuando reconocemos que Dios es digno de confianza. No es un salto ciego a la oscuridad, sino un paso confiado hacia la luz de Su amor. Cuando nos entregamos, estamos diciendo: "Confío en Ti más que en mí mismo".
El Proceso de Soltar
Soltar rara vez es fácil. A menudo implica dolor e incomodidad mientras liberamos las cosas que apreciamos. En 2 Corintios 3:18, Pablo escribe que estamos "siendo transformados a la misma imagen, de gloria en gloria". Esta transformación es un proceso, y puede ser dolorosa. Así como un escultor talla un bloque de mármol para revelar una hermosa estatua, Dios obra en nuestras vidas para formarnos en las personas que Él creó que fuéramos.
A veces, las cosas que necesitamos soltar son obvias, como hábitos pecaminosos o relaciones poco saludables. Pero otras veces, son cosas buenas que se han convertido en ídolos en nuestro corazón. Puede ser una carrera, una relación o incluso un ministerio que hemos puesto por encima de Dios. El desafío es sostener estas cosas con manos abiertas, dispuestos a dejarlas ir si Dios lo pide.
Considera la historia de Abraham, a quien se le pidió sacrificar a su hijo Isaac (Génesis 22). Fue una prueba de entrega, y Abraham la pasó porque confió en la bondad de Dios incluso cuando no entendía el plan. Al final, Dios proveyó un carnero y perdonó a Isaac, pero la disposición de Abraham a soltar fue lo que importó.
Encontrando Libertad en la Entrega
Paradójicamente, la entrega conduce a la libertad. Cuando nos aferramos fuertemente a nuestros propios planes y deseos, nos esclavizamos a ellos. Pero cuando los liberamos a Dios, experimentamos una ligereza de espíritu. Jesús dijo: "Si te aferras a tu vida, la perderás; pero si la dejas ir por mí, la encontrarás" (Mateo 10:39).
Esta libertad nos permite vivir con las manos abiertas, listos para recibir lo que Dios da y dispuestos a soltar lo que Él toma. Es una postura de confianza que dice: "Hágase tu voluntad, no la mía". En este lugar de entrega, encontramos paz que sobrepasa todo entendimiento (Filipenses 4:7).
Piensa en el apóstol Pablo, quien aprendió a estar contento en toda circunstancia (Filipenses 4:11-13). Su secreto no era tener todo lo que quería, sino entregar sus deseos a Cristo. Podía decir: "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece", porque había soltado su propia agenda.
Pasos Prácticos para la Entrega
¿Cómo podemos practicar la entrega en nuestra vida diaria? Comienza identificando las áreas en las que te estás resistiendo. ¿Son tus finanzas, tus relaciones, tus planes futuros? Llévalos ante Dios en oración y dile que confías en Él con ellos. Recuerda, la entrega no es un evento único, sino una elección diaria.
Otra práctica útil es meditar en las Escrituras que revelan el carácter de Dios. Versículos como Salmo 37:4, "Deléitate en el Señor, y Él te concederá los deseos de tu corazón", nos recuerdan que cuando alineamos nuestro corazón con el Suyo, nuestros deseos cambian. Empezamos a querer lo que Él quiere.
Finalmente, rodéate de una comunidad de creyentes que te animen en este viaje. Comparte tus luchas y victorias
Comentarios