Si pasas aunque sea unas horas en un hogar con niños pequeños, lo escucharás una y otra vez: «Ayúdame, por favor». Puede ser por un cierre atascado, una merienda que está fuera de su alcance o un juguete que rodó debajo del sofá. Los niños viven en un estado constante de necesidad de ayuda porque son pequeños, inexpertos y dependientes. Como adultos, a menudo pensamos que hemos superado esa etapa. Aprendimos a atarnos los zapatos, cocinar nuestras comidas y resolver nuestros propios problemas. Pero en el fondo, somos tan necesitados como cualquier niño pequeño, solo que hemos aprendido a ocultarlo mejor.
La Biblia no nos deja fingir lo contrario. Desde Génesis hasta Apocalipsis, el pueblo de Dios clama por ayuda en toda situación imaginable. El salmista escribe: «Nuestro socorro está en el nombre de Jehová, que hizo el cielo y la tierra» (Salmo 124:8, RVR1960). Ese versículo no es solo un bonito sentimiento; es un salvavidas. Nos recuerda que necesitar ayuda no es señal de debilidad, sino de sabiduría. Cuando admitimos que no podemos solos, abrimos la puerta para que Dios actúe.
Sin embargo, muchos cristianos luchan con esto. Sentimos que deberíamos tener todo bajo control. Pensamos que pedir ayuda es un fracaso de fe o de madurez. Pero la verdad es que cuanto más maduramos en nuestra fe, más nos damos cuenta de cuánto necesitamos a Dios. El apóstol Pablo lo entendió bien. Escribió: «Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Corintios 12:10, NVI). Nuestra debilidad es el lugar donde el poder de Dios brilla con más fuerza.
Ayuda en cada temporada
Las Escrituras están llenas de ejemplos de personas que claman por ayuda en cada temporada de la vida. Cuando los israelitas quedaron atrapados entre el Mar Rojo y el ejército egipcio, clamaron a Dios y Él partió las aguas (Éxodo 14). Cuando Ana estaba estéril y con el corazón roto, derramó su alma ante el Señor y Él le dio un hijo (1 Samuel 1). Cuando David era perseguido por enemigos, repetidamente clamaba: «¡Ayuda, Señor!», y Dios lo libraba (Salmo 12:1).
Estas historias no son solo historia antigua, son modelos para nuestras propias vidas. Ya sea que enfrentemos una crisis financiera, un problema de salud, una relación rota o simplemente el ajetreo diario de la crianza o el trabajo, Dios nos invita a llevar nuestras necesidades a Él. No pone los ojos en blanco ante nuestras repetidas peticiones. No dice: «Ya pediste eso ayer». En cambio, escucha con compasión y responde con poder.
Jesús mismo modeló esta dependencia. En el Huerto de Getsemaní, oró fervientemente por fuerzas para enfrentar la cruz (Mateo 26:39). Enseñó a sus discípulos a orar: «Danos hoy el pan nuestro de cada día» (Mateo 6:11, RVR1960), reconociendo que hasta nuestras necesidades más básicas vienen de Dios. Si el Hijo de Dios necesitaba orar pidiendo ayuda, ¡cuánto más nosotros!
Por qué dudamos en pedir
Si pedir ayuda es tan bíblico y natural, ¿por qué nos resistimos? Una razón es el orgullo. Queremos parecer autosuficientes y capaces. Tememos que admitir necesidad nos haga ver débiles o una carga para otros. Pero el orgullo es peligroso. Proverbios 16:18 advierte: «Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu» (RVR1960). Cuando confiamos en nuestras propias fuerzas, nos preparamos para un golpe.
Otra razón es que a veces confundimos pedir ayuda con falta de fe. Pensamos: «Si realmente confiara en Dios, no estaría tan ansioso. No necesitaría seguir pidiendo». Pero es todo lo contrario. Pedir muestra que creemos que Dios se preocupa y que es poderoso. Jesús contó una parábola sobre una viuda persistente que rogaba a un juez por justicia (Lucas 18:1-8). El juez finalmente cedió, no porque fuera bueno, sino porque ella no se detenía. Jesús usó esta historia para enseñar que debemos «orar siempre, y no desmayar» (Lucas 18:1, RVR1960). Nuestros clamores persistentes no son señal de fe débil, sino de fe viva.
Cómo practicar la súplica
Entonces, ¿cómo hacemos de «Ayúdame, Dios» una parte regular de nuestra vida espiritual? Comienza con honestidad. No necesitamos usar un lenguaje rebuscado ni fingir que tenemos todo bajo control. Podemos simplemente decir: «Señor, estoy abrumado. Ayúdame». O: «Dios, no sé qué hacer. Guíame». También podemos escribir nuestras oraciones, cantarlas o susurrarlas en momentos de silencio. Lo importante es mantener abierta la línea de comunicación.
Otra práctica es recordar las promesas de Dios. Cuando sientas que estás molestando a Dios con tus constantes peticiones, recuerda Salmo 34:17: «Claman los justos, y Jehová oye, y los libra de todas sus angustias» (RVR1960). Dios no se cansa de escuchar. Él se deleita en ayudar a sus hijos.
Finalmente, no te rindas. La oración persistente no es falta de fe; es fe en acción. Así como un niño no deja de pedir ayuda hasta que la recibe, nosotros podemos clamar a Dios una y otra vez. Él es fiel y responderá en su tiempo perfecto.
Comentarios