Nuestros hijos nos crían: Lecciones de la escuela de la crianza

Como mamás y papás, las probabilidades de ser padres perfectos son las mismas que las de ser seres humanos perfectos: nulas.

Nuestros hijos nos crían: Lecciones de la escuela de la crianza

No somos omniscientes. El padre o la madre que piensa que ha aprendido todo lo que necesita aprender y que ha terminado de madurar sigue siendo inmaduro. Tenemos mucho que conseguir, y nuestros hijos pueden ser una forma de crecer. Solía pensar que la secuencia era la siguiente:

Crecer.     Casarse.     Tener hijos.

Pero no. Te casas, maduras un poco, tienes hijos y luego maduras mucho más. Nuestros hijos nos ayudan a crecer.

El hogar como escuela para los padres Un padre enseñado solo por adultos posee una educación incompleta. Los padres no pueden apreciar todo lo que les han dicho sobre la crianza de los hijos hasta que tienen hijos propios.

Cuando daba clases en las escuelas públicas, una de mis colegas no había criado a ningún hijo propio, pero debido a su maestría, se consideraba bastante experta en la crianza de los hijos. Lamentablemente, no sabía que no sabía. La experiencia de la crianza de los hijos proporciona una escuela sin paralelos. Las pruebas pueden parecer un poco difíciles a veces, pero convertirse en padre es inscribirse en esta escuela.

Los hijos son espejos que nos reflejan nuestras prioridades y nuestro carácter

En la escuela normal, las pruebas suelen ir precedidas de lecciones. En la vida, incluyendo la crianza de los hijos, las pruebas llegan antes que las lecciones y, de hecho, son parte de ellas.

Tengan por sumo gozo, hermanos míos, cuando se hallen en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de su fe produce paciencia, y que la paciencia tenga su perfecto resultado, para que sean perfectos y completos, sin que nada les falte (Stg 1:2-4, énfasis añadido).

Criar a los hijos conlleva una sucesión incesante de pruebas y tribulaciones y, como instrumentos en la mano de Dios, esas pruebas producen un carácter parental maduro.

Las muchas lecciones de un hijo Ser padre o madre no es, por tanto, una licencia para dejar de aprender, y el hogar es una escuela maravillosa que Dios nos ha dado. ¿Cuáles son algunas de las lecciones que los padres podrían esperar aprender en esta escuela que es la familia? Consideremos solo una muestra.

Los hijos nos enseñan que la vida es breve. La infancia pasa en un instante. Somos más viejos de lo que pensamos, más cerca de la meta. Incluso cuando la vida parece alargarse, pasa volando, con cada vez menos granos en el reloj de arena. Mis propios hijos ya son de mediana edad y sus hijos se están haciendo adultos. ¿Cómo ha ocurrido tan rápido? Puesto que la vida es breve, los padres sabios ordenan sus prioridades para que las cosas importantes tengan precedencia, dejando para después las menos importantes, según corresponda.

Los hijos nos recuerdan lecciones que olvidamos continuamente, como la importancia fundamental de permitir que la gracia nos impulse a lograr lo que debemos hacer; la necesidad de un realismo humilde, que nos lleve de regreso a la gracia habilitante que necesitamos; y la grandeza de Dios, quien siempre nos provee suficiente de esa gracia habilitante. «Y Dios puede hacer que toda gracia abunde para ustedes, a fin de que teniendo siempre todo lo suficiente en todas las cosas, abunden para toda buena obra» (2 Co 9:8).

Los hijos nos muestran (y nos recuerdan) lo que significa recibir el reino de Dios: «En verdad les digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Mr 10:15).

Con el tiempo, los hijos también nos enseñan cuánto dependemos de Dios mismo para criarlos

Los hijos pueden ser un modelo de fe, asombro, anhelo y alegría. Pueden enseñarnos que el universo que Dios creó es un lugar fascinante. Los padres que están alerta buscan formas de imitar estas señales vivientes que Dios nos ha dado en nuestros hogares. De ellos podemos aprender a probar cosas, a experimentar.

Los hijos también son espejos que nos reflejan nuestras prioridades y nuestro carácter. ¿Dónde aprendió ese niño a usar ese tono de voz? El hogar es un excelente laboratorio para practicar cómo poner una guarda en nuestra boca. Los espejos están escuchando.

Como espejos, los hijos nos enseñan sobre nosotros mismos, que nosotros (padres e hijos) somos una raza de pecadores, nacidos con una inclinación pecaminosa, sin que ninguno de nosotros cumpla con la justicia, ni uno solo (Ro 3:10-12). Todos tendemos a ser egocéntricos, haciendo esfuerzos insensatos para justificarnos a nosotros mismos. Ser padres sin una conciencia clara de nuestra naturaleza pecaminosa es como cultivar un jardín sin ser consciente de las malas hierbas.

Los hijos también me han recordado que la misericordia cubre multitud de pecados. Pueden ser modelos de perdón. No desperdicies los modelos.

Apuntando cohetes de agua Con el tiempo, los hijos también nos enseñan cuánto dependemos de Dios mismo para criarlos.

A pesar de que los padres tienen una gran influencia en la formación de la vida de sus hijos, si tus hijos con el tiempo no te han desengañado de la idea de que tú eres responsable de todo lo que ellos lleguen a ser, entonces déjame liberarte de esa idea antibíblica ahora mismo.

Una vez, cuando lancé un paquete de cohetes de agua «idénticos», lanzados desde la misma botella de refresco y apuntando en la misma dirección, salieron disparados en direcciones muy variadas, algunos serpenteaban y giraban, otros se elevaban directamente hacia el cielo y unos pocos explotaban antes de salir de la plataforma de lanzamiento. En la providencia de Dios, los hijos varían como los cohetes de agua. Sí, puedes apuntarlos, pero no puedes garantizar que vayan a acabar en el mismo lugar. No todas las variables están bajo el control de los padres. Los hijos nos enseñan esta lección, ilustrada con sus vidas. La singularidad de cada hijo (a cualquier edad) nos lleva a la incomparable creatividad de Dios.

Los retos de la crianza de los hijos me hacen humilde, me señalan dónde debo arrepentirme

Es cierto que algunos padres hacen un trabajo terrible o indiferente al «apuntar» sus pequeños cohetes, y el párrafo anterior no tiene como objetivo calmar su culpa. Lo que digo es que los cohetes del mismo paquete, fabricados de la misma manera, dirigidos por los mismos apuntadores, salen disparados en diferentes direcciones. Si los padres no saben esto de antemano, la llegada de los hijos les proporciona un ejercicio práctico para recalibrar sus expectativas.

Acepta que tu hogar es una escuela Aprender de nuestros hijos depende, en parte, de aceptar la realidad de nuestras profundas y continuas imperfecciones. Esa conciencia de uno mismo, humilde y realista, sirve a una apertura parental sana y sabia, ayudándonos a no huir de las dolorosas lecciones que vemos en el espejo de nuestros hijos.

Me ha resultado útil preguntarme de forma consciente: «¿Cómo me está refinando Dios por medio de Su Palabra, por medio de estos hijos que me ha dado y de las circunstancias por las que navego ahora?». Además de sentirme enormemente animado por los destellos de progreso que brotan ocasionalmente, las adversidades que encuentro como padre me sirven de ayuda. Como mensajeros de Dios, los retos de la crianza de los hijos me hacen humilde, me señalan dónde debo arrepentirme (o dónde debería haberlo hecho hace tiempo), arrancan las malas hierbas del egoísmo y la inmadurez de mi corazón y esparcen fertilizante sobre el suelo del que brota el fruto del Espíritu.

Los desafíos de la crianza me impulsan a reenfocarme y a crear no solo un hogar, sino una vida. Me estimulan a sembrar semillas y a regar las semillas plantadas en mi propio corazón por los hijos que Dios me ha dado. Señor, haz que así sea.

Mi esposa y yo a menudo les hemos dicho a nuestros hijos: «Ustedes nos criaron». Gracias a Dios.


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