San Josemaría Escrivá y la santificación del trabajo ordinario

En el panorama espiritual del siglo XX, pocas figuras han revolucionado tanto la comprensión de la vocación cristiana como San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. Su mensaje central, la llamada universal a la santidad a través del trabajo ordinario, ha transformado la vida de millones de personas que han descubierto en sus tareas cotidianas un camino privilegiado hacia Dios.

Una revelación en plena calle

El 2 de octubre de 1928, durante unos ejercicios espirituales en Madrid, el joven sacerdote Josemaría Escrivá recibió una iluminación divina que cambiaría para siempre su vida y la de muchos otros. Vio con claridad meridiana que Dios llamaba a hombres y mujeres de todas las condiciones sociales a buscar la santidad precisamente en el lugar donde desarrollaban su vida: en el trabajo, en la familia, en el cumplimiento de sus deberes profesionales.

Esta intuición no era meramente humana, sino que hundía sus raíces en la Sagrada Escritura. Como nos recuerda San Pablo: "Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios" (1 Corintios 10,31). San Josemaría comprendió que estas palabras del Apóstol no eran una simple exhortación moral, sino la expresión de una verdad teológica profunda: todo trabajo honesto puede convertirse en oración y en camino de santificación.

El trabajo como participación en la obra creadora

Para San Josemaría, el trabajo no era simplemente una necesidad económica o una obligación social, sino una participación real en la obra creadora y redentora de Dios. Esta visión transformaba radicalmente la comprensión del trabajo humano, elevándolo de simple actividad productiva a colaboración con el plan divino de salvación.

Vosotros, que dedicáis largas horas a vuestras profesiones, podéis encontrar en esta enseñanza una fuente inagotable de sentido y motivación. No importa si sois médicos o carpinteros, profesores o comerciantes, ingenieros o amas de casa; en cada gesto profesional realizado con amor y competencia, estáis colaborando con Dios en la construcción de su Reino en la tierra.

La perfección profesional como exigencia espiritual

Una de las intuiciones más revolucionarias de San Josemaría fue comprender que la perfección profesional no era opcional para quien buscaba la santidad, sino una exigencia intrínseca del amor cristiano. "No basta hacer el trabajo: hay que hacerlo bien", solía repetir. Esta afirmación encerraba una profunda teología del trabajo: si queremos ofrecer nuestra actividad a Dios, debe ser digna de Él.

Esta exigencia de perfección profesional tiene implicaciones prácticas inmediatas en vuestra vida cotidiana. Significa estudiar para estar al día en vuestro campo, cuidar los detalles, ser puntuales, tratar con amabilidad a compañeros y clientes, buscar siempre la excelencia en lo que hacéis. No se trata de perfeccionismo neurótico, sino de amor: cuando amamos a alguien, queremos darle lo mejor de nosotros mismos.

Santificación, santificarse, santificar

San Josemaría resumía su mensaje en tres palabras que encierran todo un programa de vida espiritual: santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo. Esta triple dimensión muestra la riqueza extraordinaria de su intuición fundacional.

Santificar el trabajo significa realizarlo con intención recta, ofreciéndolo a Dios, buscando servirle a través de él. Santificarse en el trabajo implica aprovechar las circunstancias de la actividad profesional para crecer en las virtudes: paciencia ante las dificultades, fortaleza en los momentos duros, justicia en el trato con los demás. Santificar a otros con el trabajo significa ser testimonio de los valores cristianos en el ambiente profesional, contribuir al bien común, crear cultura cristiana desde dentro de las realidades temporales.

La contemplación en medio del mundo

Tradicionalmente, la contemplación se había asociado con el retiro del mundo, con la vida monástica o eremítica. San Josemaría mostró que era posible una auténtica contemplación en medio de las ocupaciones ordinarias. Como él mismo escribía: "Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina".

Esta contemplación en la acción requiere un corazón unificado, que busque a Dios en todas las circunstancias. Vosotros podéis experimentar esta realidad cuando realizáis vuestro trabajo con amor, cuando encontráis motivos de agradecimiento en las tareas más sencillas, cuando ofrecéis a Dios las pequeñas contradicciones cotidianas. Como nos enseña el Salmo: "En todo tiempo bendeciré al Señor; su alabanza estará siempre en mi boca" (Salmo 34,1).

La dignidad de todos los trabajos honestos

En la visión de San Josemaría, no existían trabajos de primera y de segunda clase para quien los realizaba con espíritu cristiano. Tanto el trabajo intelectual como el manual, tanto las profesiones prestigiosas como las más humildes, todas tenían igual dignidad a los ojos de Dios. Esta comprensión era revolucionaria en una sociedad que tendía a establecer jerarquías rígidas entre diferentes tipos de actividad laboral.

El Papa León XIV, en sus enseñanzas sobre la doctrina social de la Iglesia, ha recogido y desarrollado estas intuiciones, recordándonos que la dignidad del trabajo deriva no de su reconocimiento social, sino del hecho de ser expresión de la dignidad de la persona humana creada a imagen y semejanza de Dios.

Un mensaje para nuestro tiempo

En nuestra época, caracterizada por la crisis de sentido en el trabajo, por la alienación laboral, por la búsqueda obsesiva del éxito material, el mensaje de San Josemaría adquiere una actualidad extraordinaria. Nos recuerda que el trabajo bien hecho es una forma de oración, que la honradez profesional es un acto de culto, que el servicio generoso a la sociedad a través de nuestra profesión es una manera concreta de amar a Dios y al prójimo.

Vosotros, cristianos del siglo XXI, tenéis la oportunidad extraordinaria de vivir esta espiritualidad en vuestros ambientes profesionales. Sed testigos silenciosos pero eficaces de que es posible conjugar competencia profesional y vida espiritual, que la fe no es incompatible con la excelencia técnica, que el amor a Dios se puede expresar perfectamente a través del amor al trabajo bien hecho.

San Josemaría Escrivá nos ha mostrado que no necesitamos cambiar de vida para buscar la santidad, sino cambiar nuestra manera de vivir la vida que ya tenemos. En vuestras manos, vuestro trabajo ordinario puede convertirse en oración extraordinaria, y vuestra profesión, en vocación divina.


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