Bienaventurados los que creen sin ver: La fe de Tomás y nuestra fe hoy

La escena es familiar para todo cristiano: Tomás, ausente durante la primera aparición del Señor resucitado, declara con rotundidad que no creerá si no mete su dedo en las heridas del costado y de las manos. Ocho días después, Jesús se presenta nuevamente ante los discípulos, y esta vez Tomás está presente. El Maestro le ofrece precisamente lo que había pedido: «Acerca tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente» (Jn 20,27).

Bienaventurados los que creen sin ver: La fe de Tomás y nuestra fe hoy

La respuesta de Tomás es inmediata y total: «Señor mío y Dios mío». No hay constancia de que llegara a tocar las heridas; la visión le bastó para el acto de fe más completo que encontramos en los Evangelios. Sin embargo, es precisamente entonces cuando Jesús pronuncia una de sus palabras más luminosas: «Porque me has visto has creído. Bienaventurados los que no han visto y han creído» (Jn 20,29).

Esta bienaventuranza nos interpela directamente a nosotros, cristianos del siglo XXI. Nosotros somos aquellos que no hemos visto y, sin embargo, creemos. En una época marcada por el relativismo y la exigencia de pruebas empíricas para todo, la fe cristiana nos propone un camino diferente: el de la confianza en el testimonio apostólico y en la acción del Espíritu Santo en nuestros corazones.

El testimonio como fundamento de la fe

San Pablo nos recuerda que «la fe viene de la predicación, y la predicación, por la palabra de Cristo» (Rom 10,17). La fe cristiana no es un salto al vacío, sino una respuesta razonable al testimonio de quienes sí vieron, tocaron y convivieron con el Señor resucitado. Los Apóstoles fueron testigos oculares de la Resurrección, y su testimonio, conservado en la Escritura y transmitido por la Tradición, es el fundamento sólido sobre el que se asienta nuestra fe.

En este sentido, la experiencia de Tomás es paradigmática no solo por su inicial incredulidad, sino por su posterior testimonio. La tradición nos dice que llevó el Evangelio hasta la India, donde selló con su sangre la fe que había confesado. Su duda inicial se transformó en una certeza tan sólida que fue capaz de entregar la vida por ella.

La fe como don y como decisión

La fe es, ante todo, un don de Dios. No podemos generarla por nosotros mismos mediante un esfuerzo de la voluntad o del entendimiento. Es el Espíritu Santo quien toca nuestro corazón y nos permite reconocer en Jesús al Hijo de Dios. Pero al mismo tiempo, la fe requiere de nuestra libre adhesión. Como enseña el Papa León XIV en su encíclica sobre la vida de fe, «el hombre debe responder libremente al don de Dios, abriendo su corazón a la acción de la gracia».

Esta tensión entre don y respuesta libre es lo que hace tan hermosa la bienaventuranza proclamada por Jesús. Los que creen sin ver no son personas ingenuas o crédulas, sino personas que han sabido acoger el don de Dios y han respondido con generosidad a su llamada.

La fe en tiempos de prueba

Todos los cristianos pasamos por momentos de oscuridad espiritual, períodos en los que la fe se tambalea y las dudas asaltan el corazón. En estos momentos, el ejemplo de Tomás nos puede ser de gran consuelo. El Señor no rechazó a Tomás por sus dudas; al contrario, se mostró comprensivo con su debilidad humana y le ofreció exactamente lo que necesitaba para creer.

Del mismo modo, cuando nosotros atravesamos crisis de fe, no debemos desesperar. El Señor conoce nuestras limitaciones y viene a nuestro encuentro. A veces lo hace a través de un texto bíblico que nos ilumina, otras veces mediante el testimonio de un hermano en la fe, o simplemente a través de esa paz interior que solo Él puede dar.

Vivir la bienaventuranza de la fe

¿Cómo podemos vivir concretamente esta bienaventuranza? En primer lugar, cultivando una relación personal con Jesús a través de la oración. La fe no es una adhesión intelectual a una serie de verdades, sino un encuentro personal con una Persona viva. En segundo lugar, alimentando nuestra fe con la Palabra de Dios y los sacramentos, especialmente la Eucaristía, donde Cristo se hace presente de manera real aunque no visible.

También debemos ser testigos de nuestra fe ante otros. Como Tomás, que pasó de la duda al testimonio más radical, nosotros estamos llamados a compartir la alegría de creer con aquellos que nos rodean. En un mundo sediento de verdad y de sentido, nuestro testimonio puede ser el medio que Dios utilice para tocar otros corazones.

Finalmente, recordemos que la fe es un camino que dura toda la vida. No se trata de una conquista definitiva, sino de una actitud constante de confianza en Dios. Como nos enseñó Santa Teresa de Jesús, incluso en los momentos más oscuros podemos decir: «Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda».

Los que creemos sin ver somos verdaderamente bienaventurados, porque participamos ya aquí en la tierra de la visión beatífica que un día contemplaremos cara a cara. Esta es nuestra esperanza y nuestra alegría: saber que, aunque no vemos, Él nos ve; aunque no tocamos, Él nos toca; aunque dudamos, Él permanece fiel.


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