En nuestro caminar cristiano, algunos de nosotros experimentamos momentos en que la conciencia se vuelve particularmente exigente, incluso atormentada. Esos tiempos en que sentimos una culpa desproporcionada, en que dudamos constantemente de nuestro estado espiritual, merecen una atención pastoral especial. Como nos recuerda el apóstol Pablo en su carta a los Romanos: «Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús» (Romanos 8:1, NVI). Esta verdad fundamental debe guiar nuestro acercamiento a las conciencias vulnerables.
La tradición cristiana ha reconocido desde hace mucho tiempo esta realidad espiritual. Ya en el siglo XVII, autores espirituales describían estados de ánimo «llenos de interrogantes y profundo malestar». Hoy entendemos mejor cómo factores espirituales, psicológicos y a veces fisiológicos pueden entremezclarse para crear lo que algunos llaman «escrúpulos». No se trata de minimizar la gravedad del pecado, sino de distinguir entre una conciencia sana que nos lleva al arrepentimiento y una conciencia enferma que nos encierra en la culpa.
Señales de una conciencia que sufre
¿Cómo reconocer cuando nuestra conciencia, o la de un hermano o hermana, atraviesa un período de tormento excesivo? Varias señales pueden alertarnos. Primero, una preocupación constante por faltas menores o incluso imaginarias. Luego, la dificultad para aceptar el perdón divino, como si nuestros pecados superaran la gracia de Dios. Finalmente, la tendencia a imponernos reglas adicionales no prescritas por las Escrituras, creando así una carga más pesada que la de la que habla Jesús (Mateo 11:30).
El salmista expresa bien esta angustia: «Mi alma está hastiada de males, y mi vida está al borde del sepulcro» (Salmo 88:3, RVR1960). Sin embargo, en este mismo salmo, continúa clamando a Dios, mostrando que incluso en las tinieblas espirituales, la relación con nuestro Creador no se rompe. Es esta perseverancia en la oración lo que caracteriza a menudo a las almas escrupulosas, aunque no logren saborear la paz prometida.
Cuando el temor reemplaza la confianza
Un elemento distintivo de la conciencia escrupulosa es el lugar desproporcionado que ocupa el temor. El temor de Dios, que según Proverbios es «el principio de la sabiduría» (Proverbios 9:10, RVR1960), se transforma en un terror paralizante. Algunos temen haber cometido el «pecado contra el Espíritu Santo» del que habla Jesús (Mateo 12:31-32, NVI), sin darse cuenta de que esta misma preocupación generalmente testifica lo contrario.
El apóstol Juan nos recuerda con dulzura: «En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor» (1 Juan 4:18, RVR1960). Esta palabra nos invita a examinar qué motiva nuestros escrúpulos: ¿es el amor por Dios lo que nos impulsa a evitar el mal, o un temor infantil al castigo? La distinción es crucial para avanzar hacia una relación más madura con nuestro Padre celestial.
Acompañar con sabiduría y compasión
¿Cómo acompañar entonces a quienes atraviesan estos tormentos interiores? La primera actitud es la escucha paciente. Como el buen samaritano de la parábola (Lucas 10:25-37), debemos detenernos ante el sufrimiento espiritual, sin juicios apresurados. Escuchar de verdad es permitir que la persona exprese sus temores más profundos, aunque nos parezcan irracionales.
Luego, es importante reenfocar progresivamente en las verdades fundamentales del Evangelio. El apóstol Pablo escribe a los Colosenses: «Él nos perdonó todos nuestros pecados y anuló el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era adversa, quitándola de en medio y clavándola en la cruz» (Colosenses 2:13-14, RVR1960). Repetir esta buena noticia con perseverancia, como un recordatorio constante de la gracia que nos ha sido dada, puede ayudar a sanar gradualmente una conciencia herida. La paciencia es clave, pues la curación espiritual rara vez es instantánea.
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