Desde las primeras páginas del Génesis, descubrimos a un Dios que crea mediante distinción y orden. «En el principio, Dios creó los cielos y la tierra» (Génesis 1:1, RVR1960). El relato nos muestra un Creador que separa la luz de las tinieblas, las aguas de arriba de las de abajo, y que, en su infinita sabiduría, forma al ser humano a su imagen. «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Génesis 1:27, RVR1960). Esta distinción entre el hombre y la mujer no es casualidad, sino una intención profunda inscrita en el corazón mismo de la creación.
La tradición judía, mediante la oración de la Havdalá, celebra esta obra de separación que da sentido y estructura al mundo. Bendice a Dios que «separa lo sagrado de lo profano, la luz de las tinieblas, a Israel de las demás naciones, el séptimo día de los seis días de trabajo». De igual manera, la distinción entre lo masculino y lo femenino participa de este orden armonioso deseado por el Creador. No es una simple diferencia biológica, sino una realidad ontológica que toca la esencia misma de nuestra humanidad.
En un mundo que a veces busca borrar las diferencias, es bueno recordar que la diversidad es un regalo de Dios. El papa León XIV, en su primera encíclica, recordaba además que «la familia, fundada en la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, sigue siendo el santuario donde se expresa la belleza del amor complementario». Esta visión pastoral, heredada de sus predecesores, incluido el beato Papa Francisco, nos invita a contemplar la diferencia no como un obstáculo, sino como una riqueza.
Complementariedad y alianza
La complementariedad entre el hombre y la mujer no significa superioridad o inferioridad, sino alianza y reciprocidad. El libro del Génesis nos lo revela con gran profundidad: «No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él» (Génesis 2:18, RVR1960). El término «ayuda idónea» (en hebreo, «ezer kenegdo») evoca una presencia correspondiente, un auxilio que está frente a él, un compañero en toda regla.
Esta alianza encuentra su cumplimiento en el matrimonio, que se convierte en reflejo de la alianza entre Dios y su pueblo. El apóstol Pablo, en su carta a los Efesios, establece este paralelismo audaz: «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5:25, RVR1960). Asimismo, la sumisión mutua de la que se habla en el versículo 21 («someteos unos a otros en el temor de Dios») se enraíza en el amor y el respeto recíprocos.
«Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Génesis 2:24, RVR1960).
Esta unión misteriosa, esta «una sola carne», manifiesta el poder de la diferencia reconciliada en el amor. No anula las particularidades de cada uno, sino que las asume en una comunión más grande. Como el cielo y la tierra, el día y la noche, el hombre y la mujer están llamados a formar un todo armonioso donde cada uno aporta sus propios colores.
Un reflejo de la relación divina
La diferencia sexual nos remite a un misterio aún mayor: el de la vida trinitaria. Dios es Uno en tres Personas distintas –Padre, Hijo y Espíritu Santo– unidas en un amor perfecto. Del mismo modo, el hombre y la mujer, distintos e iguales en dignidad, están llamados a vivir una comunión de amor que refleje esta unidad en la diversidad.
Esta perspectiva trasciende el simple marco del matrimonio. Ilumina todas las relaciones entre hombres y mujeres en la Iglesia y en la sociedad: colaboración fraterna en el servicio, amistad casta, respeto mutuo en el ámbito profesional. Cada uno, según su vocación propia, está invitado a encarnar esta belleza de la diferencia ordenada al amor.
El Cantar de los Cantares, ese poema de amor colocado en el corazón de las Escrituras, canta la atracción y el deseo entre un hombre y una mujer como un reflejo del anhelo de Dios por su pueblo. «¡Oh, si él me besara con besos de su boca! Porque mejores son tus amores que el vino» (Cantar de los Cantares 1:2, RVR1960). Esta poesía sagrada nos recuerda que la diferencia sexual, lejos de ser un tabú, es un camino privilegiado para comprender la ternura del Creador.
En un tiempo de confusión sobre la identidad, la enseñanza cristiana ofrece una visión esperanzadora y realista. No niega las heridas ni las dificultades que pueden marcar las relaciones entre hombres y mujeres, pero apunta hacia una reconciliación posible en Cristo. Como escribió el apóstol Pablo: «Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3:28, RVR1960). Esta unidad en Cristo no destruye las diferencias, sino que las transfigura, liberándolas de toda rivalidad o dominación.
Contemplar la belleza de la diferencia entre el hombre y la mujer es, en definitiva, contemplar la sabiduría de un Dios que nos ha creado para el encuentro. Es acoger con gratitud el don de nuestra humanidad sexuada, y comprometernos a construir, en nuestras familias, nuestras comunidades y nuestra sociedad, espacios donde cada uno pueda florecer en su singularidad, enriqueciendo al otro con lo que es y con lo que tiene. Que el ejemplo del beato Papa Francisco, cuyo pontificado estuvo marcado por un profundo respeto hacia cada persona, nos inspire en este camino de acogida y mutuo enriquecimiento.
Comentarios