Todos hemos escuchado la frase popular: "Puedes ser lo que quieras ser". Suena alentador, incluso amoroso. Pero como padres cristianos, sabemos que esta frase bien intencionada puede ser engañosa. La Biblia nos advierte: "Hay caminos que al hombre le parecen rectos, pero que al final llevan a la muerte" (Proverbios 14:12, NVI). Nuestros sentimientos no siempre son guías confiables. Enseñar a nuestros hijos a respetar la realidad—la realidad de Dios—es una parte crucial de criarlos en la fe.
Esto no significa que nos volvamos cínicos o que aplastemos los sueños de nuestros hijos. Más bien, los ayudamos a entender que la verdadera libertad y realización vienen de alinear sus vidas con el diseño de Dios, no de seguir cada capricho de su corazón. Como dice James Wood, queremos criar "respetadores de la realidad"—personas que vean el mundo tal como es, no como les gustaría que fuera.
¿Qué significa ser un respetador de la realidad?
Un respetador de la realidad es alguien que reconoce humildemente que existe una verdad objetiva creada por Dios. Resiste la presión cultural de redefinir la realidad basándose en sentimientos personales o en la opinión popular. Esto significa enseñar a nuestros hijos que algunas cosas son simplemente verdaderas, nos guste o no. Por ejemplo, un hombre no puede convertirse en mujer, y no todos los caminos llevan a la paz. Como dijo Jesús: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí" (Juan 14:6, NVI).
Ser un respetador de la realidad también significa aceptar las limitaciones y la fragilidad de nuestro mundo caído. No pretendemos que el pecado y el sufrimiento no existan. En cambio, los enfrentamos con honestidad, confiando en que Dios es soberano y que su historia de redención se está desarrollando.
Cómo el individualismo expresivo choca con la fe cristiana
El individualismo expresivo—la creencia de que debes ser fiel a tu yo interior por encima de todo—se ha convertido en la cosmovisión predeterminada en muchas sociedades. Nos dice que la felicidad viene de expresar nuestros deseos auténticos, sin importar los estándares externos. Pero las Escrituras enseñan que nuestro corazón es engañoso (Jeremías 17:9) y que necesitamos ser transformados mediante la renovación de nuestra mente (Romanos 12:2). Como padres, debemos guiar a nuestros hijos con suavidad pero firmeza, alejándolos de esta filosofía egocéntrica.
En cambio, los señalamos a Cristo, quien dijo: "Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga" (Mateo 16:24, NVI). La verdadera realización no se encuentra en la autoexpresión, sino en la abnegación por amor al Evangelio.
Crianza dentro de la historia bíblica
La Biblia presenta una gran narrativa: creación, caída, redención y restauración. Cuando ayudamos a nuestros hijos a entender sus vidas dentro de esta historia, aprenden a interpretar sus experiencias a través de los ojos de Dios.
Creación: El mundo es bueno
Dios hizo todo bueno, incluidos nuestros hijos. Afirmamos los dones y llamados que Dios les ha dado. Pero también les enseñamos que la bondad es definida por Dios, no por nuestros sentimientos. "Tú creaste mis entrañas; me formaste en el vientre de mi madre" (Salmo 139:13, NVI). Nuestros hijos están maravillosamente hechos, pero fueron creados para los propósitos de Dios, no para los suyos propios.
Caída: El mundo está roto
Debido al pecado, el mundo no es como debería ser. Los niños necesitan entender que las cosas malas suceden—enfermedad, muerte, decepción—no porque Dios no ame, sino porque vivimos en un mundo caído. Esta honestidad les ayuda a desarrollar resiliencia y confianza en el plan último de Dios. "Porque la creación fue sometida a frustración, no por su propia voluntad, sino por la voluntad de aquel que la sometió, con la esperanza" (Romanos 8:20, NVI).
Esto también significa que la disciplina y las consecuencias son parte de una crianza amorosa. Proverbios 13:24 dice: "El que no corrige a su hijo, no lo ama; el que lo ama, lo disciplina con cuidado" (NVI). La corrección amorosa ayuda a los niños a entender que las acciones tienen consecuencias y que los caminos de Dios son
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