Redescubre la maravilla de Dios en tu vida cotidiana

Fuente: EncuentraIglesias Editorial

¿Alguna vez has sentido que tu día a día se ha vuelto una repetición sin sentido? Te levantas, tomas café, revisas el teléfono, trabajas, llegas a casa, cenas y te acuestas. Y al siguiente día, lo mismo. Es fácil que esta monotonía se cuele también en tu vida espiritual. Las oraciones se vuelven mecánicas, la lectura bíblica un requisito, y los domingos una obligación más. Pero Dios no nos llamó a una vida tibia, sino a una relación viva y llena de asombro.

Redescubre la maravilla de Dios en tu vida cotidiana

El problema no está en las rutinas en sí, sino en perder la capacidad de maravillarnos. Cuando dejamos de asombrarnos ante la grandeza de Dios, nuestra fe se vuelve fría y sin sabor. El apóstol Pablo nos recuerda en Romanos 11:33: «¡Qué profundas son las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Qué indescifrables sus juicios e insondables sus caminos!» (NVI). La vida cristiana debería ser un constante descubrimiento de la belleza de Dios.

El asombro como un niño

Jesús dijo en Mateo 18:3: «Les aseguro que a menos que ustedes cambien y se vuelvan como niños, no entrarán en el reino de los cielos» (NVI). Los niños tienen una capacidad innata de asombro. Todo es nuevo para ellos: una hormiga cargando una hoja, el color del cielo al atardecer, el sabor de una fruta. Pero al crecer, nos acostumbramos a todo. Perdemos la capacidad de detenernos y admirar.

Recuperar el asombro implica volver a esa mirada infantil. No se trata de ser ingenuo, sino de abrir los ojos a la presencia de Dios en lo cotidiano. El Salmo 8:3-4 exclama: «Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que allí pusiste, me pregunto: ¿Qué es el ser humano para que en él pienses?» (NVI). David se maravillaba de la creación y de que Dios se fijara en nosotros. Ese mismo asombro podemos cultivar nosotros.

Prácticas para recuperar la maravilla

  • Detente y observa: Cada día, busca un momento para mirar algo hermoso: una flor, una puesta de sol, el rostro de un ser querido. Agradécele a Dios por ello.
  • Lee la Biblia con ojos nuevos: Pídele al Espíritu Santo que te muestre algo que no habías visto antes. Lee un pasaje como si fuera la primera vez.
  • Escribe un diario de gratitud: Anota tres cosas pequeñas que te hayan hecho sonreír cada día. Verás cómo tu corazón se llena de asombro.

El evangelio: la fuente inagotable de asombro

El mayor motivo de asombro para un cristiano es el evangelio. Que Dios, siendo santo y perfecto, haya enviado a su Hijo a morir por nosotros es algo que nunca deberíamos dar por sentado. El apóstol Pedro escribe: «Ustedes aman a Cristo sin haberlo visto, y aunque ahora no lo ven, creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y glorioso» (1 Pedro 1:8, NVI). Ese gozo nace del asombro ante la gracia.

Si sientes que tu fe se ha vuelto rutinaria, te invito a reflexionar: ¿Cuándo fue la última vez que te maravillaste de que Dios te ama? ¿Cuándo fue la última vez que lloraste de gratitud por el perdón de tus pecados? El evangelio no es solo una historia que escuchamos una vez; es una realidad que debemos redescubrir cada día.

«Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.» (Juan 3:16, NVI)

Conclusión: un desafío para esta semana

Esta semana, te propongo algo: cada mañana, antes de levantarte de la cama, di en voz alta: «Señor, hoy quiero maravillarme de ti». Luego, busca al menos una cosa que te haga decir «gracias». Puede ser el calor del sol, el sabor del café, o la sonrisa de un amigo. Verás cómo, poco a poco, el asombro vuelve a tu vida.

Dios no quiere que vivas una fe aburrida. Él es el Dios de lo extraordinario, y cada día está lleno de su presencia. Solo necesitas abrir los ojos del corazón.


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