El Líbano, tierra de cedros milenarios y olivares centenarios, está viviendo una herida profunda que va mucho más allá del conflicto humano. Un reciente informe del Ministerio de Ambiente libanés, presentado en Beirut por la ministra Tamara el-Zein, denuncia lo que se define como un verdadero 'ecocidio' por parte de Israel. Según el documento, entre octubre de 2023 y diciembre de 2025, los ataques israelíes han causado daños gravísimos a bosques, tierras agrícolas, ecosistemas marinos, recursos hídricos y calidad del aire. La ministra declaró: «La magnitud e intencionalidad de los daños constituyen lo que debe ser reconocido como un acto de ecocidio, con consecuencias que van mucho más allá de la destrucción inmediata».
Como cristianos, estamos llamados a reflexionar sobre el significado profundo de estos eventos. La Biblia nos recuerda que la tierra es del Señor (Salmo 24:1) y que la humanidad recibió el mandato de cuidarla y cultivarla (Génesis 2:15). Cuando la creación es devastada de manera sistemática, no se trata solo de un daño ecológico, sino de un pecado contra Dios mismo. El profeta Oseas ya advertía: «La tierra está de luto, todos sus habitantes desfallecen, junto con las bestias del campo y las aves del cielo» (Oseas 4:3).
Las cifras de la devastación
El informe libanés proporciona datos escalofriantes: aproximadamente el 48% de la cobertura arbórea y de las tierras agrícolas ha sido destruido. Olivares y granjas han quedado reducidos a tierra compactada, los acuíferos contaminados por municiones y toxinas, el aire contaminado por humo, partículas de azufre y óxido de nitrógeno, así como por compuestos tóxicos como las dioxinas. Los ataques habrían dañado 5.000 hectáreas de cobertura forestal, causando erosión del suelo, y destruido 2.154 hectáreas de huertos, olivares, cítricos y plantaciones de banano.
Pero lo que más preocupa es el uso continuo de sustancias químicas prohibidas por las Convenciones de la ONU, como el fósforo blanco. Hace solo unos días, se lanzaron municiones de fósforo contra las zonas de Baraashit y Shaqra, y la asociación ecologista 'Green Southeners' denunció el incendio de un bosque con robles centenarios en Yaroun. Hace ya dos años, el diario Avvenire había publicado documentos reservados de la ONU que acusaban a las fuerzas israelíes de haber usado estas municiones con la intención de «hacer –literalmente– tierra quemada».
La respuesta de la fe
Ante esta tragedia, la comunidad cristiana no puede permanecer en silencio. El Cántico de las criaturas de san Francisco de Asís nos recuerda que somos hermanos y hermanas con toda la creación. El Papa Francisco, en su encíclica Laudato si', subrayó que «el grito de la tierra se une al grito de los pobres». Hoy, en el Líbano, ese grito es más fuerte que nunca.
La Escritura nos invita a ser agentes de paz y justicia. Jesús mismo dijo: «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra» (Mateo 5:5). No podemos permanecer indiferentes cuando la tierra es violentada y las comunidades son privadas de sus medios de subsistencia. El salmista exclama: «El Señor es bueno con todos, su ternura se extiende sobre todas sus criaturas» (Salmo 145:9). ¿Cómo podemos nosotros, hoy, ser instrumentos de esa ternura?
Un llamado a la acción y a la oración
Mientras las noticias de guerra continúan llegándonos, estamos llamados a un doble compromiso: la oración y la acción concreta. Oremos por el pueblo libanés, por los cristianos que viven en esa tierra, y por todos los afectados por este ecocidio. Pidamos al Señor que convierta los corazones de quienes cometen tales actos y que inspire a los líderes mundiales a buscar la paz.
Además, podemos apoyar a las organizaciones cristianas y humanitarias que trabajan en el Líbano para la reconstrucción y el cuidado de la creación. Cada pequeño gesto cuenta: desde reducir nuestro impacto ambiental hasta sensibilizar a nuestras comunidades.
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