En la vida de la Iglesia, cada transición trae consigo tanto el recuerdo de lo sembrado como la esperanza de lo que se cultivará. El Papa Francisco, quien nos dejó el 21 de abril de 2025, imprimió en el corazón de la comunidad cristiana mundial una atención especial hacia quienes están en camino. Su partida dejó un vacío, pero también un surco profundo de enseñanza. Hoy, bajo el pontificado del Papa León XIV, elegido en mayo de 2025, esa solicitud pastoral no se ha interrumpido, sino que encuentra nuevas expresiones en un mundo que sigue cambiando. La Iglesia, en espíritu ecuménico, reconoce en cada creyente en viaje un portador de esperanza, llamado a vivir su fe dondequiera que la Providencia lo lleve.
Esta mirada de fe sobre las migraciones no es una simple estrategia pastoral, sino que brota de la naturaleza misma del mensaje cristiano. La Biblia nos presenta un pueblo muchas veces en camino, que aprende a confiar en Dios precisamente a través de los desplazamientos y las inseguridades. La figura del migrante, del extranjero, es central en la revelación y cuestiona la conciencia de cada comunidad creyente. El Papa Francisco, con su lenguaje sencillo y directo, supo tocar las cuerdas de esta verdad bíblica, recordándonos que quien parte lleva consigo no solo necesidades, sino también dones.
La fe en la maleta: testimonio cristiano más allá de toda frontera
¿Qué significa, concretamente, ser testigos de fe mientras se cruzan fronteras y culturas? No se trata de un proselitismo organizado, sino de una fidelidad que se manifiesta en la vida cotidiana. Como afirmaba el Cardenal David, citado en recuerdo de Francisco, los migrantes llevan luz al mundo "no por estrategia, sino por fidelidad dondequiera que la vida los conduzca". Esta es la esencia del testimonio cristiano: una fe que se hace visible a través de la caridad, la paciencia, la laboriosidad y la esperanza mantenida incluso en las dificultades.
El migrante creyente vive una especie de doble pertenencia: a la tierra que dejó y a la que lo acoge, pero sobre todo al Reino de Dios que no conoce fronteras. En esto, él se convierte en un signo viviente de la universalidad de la Iglesia. Monseñor Martinelli recordaba cómo el aliento de Francisco era "signo de paz también en las dificultades de hoy". Esta paz, que nace de la fe, es el bien más precioso que un creyente puede compartir, convirtiéndose en un constructor de puentes en contextos muchas veces marcados por la desconfianza y el miedo.
Raíces bíblicas del viaje y de la acogida
Las Escrituras son ricas en referencias que iluminan el valor espiritual del viaje y del deber de la acogida. Abraham es llamado por Dios a dejar su tierra sin saber a dónde va (Génesis 12,1). El pueblo de Israel experimenta el éxodo y el exilio. En el Nuevo Testamento, la Sagrada Familia misma se convierte en refugiada en Egipto para escapar de la persecución (Mateo 2,13-15). Estas narraciones no son solo historia pasada, sino paradigmas para comprender la experiencia de muchos de nuestros hermanos y hermanas hoy.
La ley mosaica insiste repetidamente en el deber de proteger al extranjero:
"Al extranjero que reside entre ustedes lo tratarán como a uno de su pueblo; lo amarán como a ustedes mismos, porque también ustedes fueron extranjeros en Egipto. Yo soy el Señor, su Dios" (Levítico 19,34 NVI).En el Evangelio, Jesús se identifica con el extranjero necesitado:
"Fui forastero y me dieron alojamiento" (Mateo 25,35 NVI).Estos pasajes fundan una ética cristiana de la acogida que ve en el migrante no un problema, sino una presencia a través de la cual Dios mismo nos habla y nos pone a prueba.
De la memoria al compromiso: cómo vivir hoy esta enseñanza
Recordar la enseñanza del Papa Francisco no es un ejercicio de nostalgia, sino una llamada a la acción. Las comunidades cristianas están invitadas a pasar de la memoria al compromiso concreto. Esto implica crear espacios de encuentro genuino, donde el migrante no sea visto solo como receptor de ayuda, sino como hermano en la fe con una historia y dones que enriquecen a toda la comunidad. La acogida fraterna de la que hablaba Francisco, y que León XIV continúa promoviendo, se practica en gestos cotidianos: una palabra de bienvenida, un acompañamiento en los trámites, la inclusión en la vida parroquial, la defensa de sus derechos. Es en estos detalles donde la fe se hace carne y donde la Iglesia muestra su rostro más auténtico: una casa de puertas abiertas, donde cada persona, sin importar su origen, puede sentirse en casa porque reconoce en el otro a un hijo del mismo Padre.
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