Justicia en la era de la IA: cómo la tecnología puede servir al bien común

Fuente: EncuentraIglesias Editorial

El mundo avanza rápido. La inteligencia artificial y los chips que la impulsan están transformando cada aspecto de nuestra vida. En Corea del Sur, un economista propuso usar las enormes ganancias de gigantes como Samsung y SK hynix para crear un fondo de bienestar, similar al fondo noruego del petróleo. La idea generó debate, pero para nosotros los cristianos plantea una pregunta más profunda: ¿cómo podemos asegurar que el progreso tecnológico no aumente las desigualdades, sino que se convierta en un instrumento de solidaridad?

Justicia en la era de la IA: cómo la tecnología puede servir al bien común

La Biblia nos recuerda que todo don viene de Dios y debe ser compartido. En el libro de Deuteronomio leemos: «Porque nunca faltarán pobres en la tierra; por eso te mando: abre generosamente tu mano a tu hermano, al pobre y al necesitado en tu tierra» (Deuteronomio 15:11, NVI). Esta palabra antigua resuena con fuerza en la era de los gigantes digitales.

El riesgo de un progreso sin corazón

Cuando la ganancia se convierte en el único motor, la tecnología corre el riesgo de crear nuevas pobrezas. Los trabajadores menos calificados son reemplazados, las pequeñas empresas luchan por competir y la riqueza se concentra en pocas manos. El profeta Amós denunciaba hace tres mil años: «Oigan esto, ustedes que pisotean al pobre y eliminan a los humildes de la tierra» (Amós 8:4, NVI). Hoy, el "pisotear" puede ser más sutil: algoritmos que discriminan, plataformas que explotan, monopolios que sofocan.

La propuesta coreana de redistribuir las ganancias de la IA es una señal de los tiempos. Nos invita a preguntarnos: ¿cómo podemos, como comunidad cristiana, promover un uso ético de la tecnología? No se trata solo de hacer caridad, sino de construir estructuras justas. El Papa Francisco, antes de su muerte, había llamado repetidamente la atención sobre la necesidad de una economía que ponga a la persona en el centro. Y su sucesor, León XIV, continúa por ese camino, fomentando el diálogo entre fe e innovación.

El ejemplo de Noruega: un modelo para el bien común

El fondo soberano noruego, nacido de los ingresos petroleros, ha permitido al país invertir en educación, salud e infraestructura para todos. Es un ejemplo de cómo un recurso extraordinario puede convertirse en un bien común. En Corea del Sur, la idea de un fondo similar para las ganancias de los chips podría financiar programas de capacitación para trabajadores desempleados, becas para jóvenes y servicios para los ancianos. La Iglesia puede apoyar estas iniciativas, recordando que la riqueza es un don que debe administrarse con responsabilidad.

«A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá; y al que mucho se le ha confiado, más se le pedirá» (Lucas 12:48, NVI).

La tecnología como servicio, no como ídolo

A menudo tendemos a ver la tecnología como un fin, no como un medio. Nos fascinan sus posibilidades, pero olvidamos que debe estar al servicio del ser humano. Jesús nos enseñó a no acumular tesoros en la tierra, sino a invertir en el Reino de Dios (Mateo 6:19-21). Esto no significa rechazar el progreso, sino usarlo con sabiduría.

Las empresas tecnológicas tienen una gran responsabilidad. Pueden optar por reinvertir las ganancias en investigación para el bien común, adoptar prácticas laborales justas y reducir el impacto ambiental. Como consumidores y ciudadanos, podemos apoyar a aquellas que demuestren ética y transparencia. Y como comunidad de fe, podemos ser una voz profética, llamando a las instituciones a no olvidar a los pobres.

Un llamado a la responsabilidad individual y colectiva

No podemos esperar que solo los gobiernos resuelvan el problema. Cada cristiano está llamado a vivir la solidaridad en su vida cotidiana. Comprar productos de empresas que respetan a los trabajadores, apoyar cooperativas y empresas sociales, participar en proyectos de alfabetización digital para los marginados: estas acciones concretas construyen un mundo más justo. La inteligencia artificial puede ser una herramienta poderosa para el bien, pero solo si la guiamos con valores cristianos.


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