Cuarenta días después de su gloriosa resurrección, Cristo completó su obra terrenal con un acontecimiento que marca el inicio de una nueva etapa en la historia de la salvación: su Ascensión a los cielos. Este misterio, celebrado por la Iglesia desde los primeros siglos, no representa el final de la presencia de Cristo entre nosotros, sino más bien el comienzo de una forma nueva y más plena de su compañía.
El cumplimiento de las promesas
La Ascensión del Señor fue el cumplimiento de las promesas que había hecho durante su ministerio público. Como recordaba a sus discípulos: "Voy a preparar un lugar para vosotros. Y cuando me haya ido y os haya preparado el lugar, vendré otra vez y os tomaré conmigo" (Jn 14,2-3). Estas palabras, pronunciadas en la última cena, encontraron su realización en el monte de los Olivos.
Los Hechos de los Apóstoles nos narran este momento solemne: "Dicho esto, fue levantado ante sus ojos, y una nube le ocultó de su vista" (Hch 1,9). No se trata de un simple alejamiento físico, sino de la entrada definitiva de la naturaleza humana de Cristo en la gloria divina. Por primera vez en la historia, la humanidad había alcanzado la divinidad de modo perfecto e irreversible.
El significado teológico profundo
La Ascensión revela verdades fundamentales sobre Cristo y sobre nuestro destino. En primer lugar, confirma la realidad de la resurrección. El Cristo que asciende es el mismo que murió en la cruz y resucitó al tercer día. Su cuerpo glorificado, capaz de atravesar las puertas cerradas pero también de comer con sus discípulos, muestra la continuidad entre nuestra existencia terrenal y la vida eterna.
Además, la Ascensión nos enseña que Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, ha llevado nuestra humanidad hasta el trono mismo de Dios. Como escribe San Pablo: "Nos resucitó con él y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús" (Ef 2,6). En Cristo ascendido, toda la humanidad encuentra su dignidad suprema y su destino último.
La promesa del Espíritu Santo
Pero la Ascensión no dejó huérfanos a los discípulos. Cristo había prometido: "No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros" (Jn 14,18). Esta promesa se cumplió con el envío del Espíritu Santo en Pentecostés. La partida física de Jesús fue necesaria para que pudiera venir de modo espiritual, no limitado por las coordenadas del tiempo y del espacio.
El Paráclito enviado por Cristo se convirtió en la presencia permanente del Resucitado en la Iglesia. Así, la Ascensión marca el comienzo de la era del Espíritu, tiempo en el que los creyentes experimentamos la presencia de Cristo de modo más íntimo que los mismos apóstoles durante la vida terrenal del Maestro.
Misión y testimonio
La Ascensión no es solo promesa, sino también envío misionero. Las últimas palabras de Cristo antes de elevarse fueron: "Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra" (Hch 1,8). La partida del Maestro supone la entrada en escena de sus discípulos como protagonistas de la evangelización.
Esta dimensión misionera de la Ascensión cobra especial relevancia en nuestro tiempo. Durante el pontificado de León XIV, hemos visto renovado el llamado a la nueva evangelización. Como los primeros discípulos, estamos llamados a ser testigos de la resurrección y de la vida nueva que Cristo ofrece a toda la humanidad.
La esperanza de nuestra ascensión
Uno de los aspectos más consoladores de este misterio es que Cristo ascendió como "primicia de los que duermen" (1 Cor 15,20). Su Ascensión es garantía y anticipo de la nuestra. Donde fue el Maestro, allí seguirán los discípulos. Esta es la esperanza cristiana: no una supervivencia desencarnada, sino la participación plena en la vida divina con nuestro ser integral.
Esta perspectiva transforma radicalmente nuestra visión de la muerte y de la vida presente. Sabemos que "nuestra ciudadanía está en los cielos" (Flp 3,20), pero esto no nos aleja del compromiso terrenal, sino que lo ilumina con una luz nueva. Trabajamos en este mundo sabiendo que tiene un destino eterno.
Vivir la realidad de la Ascensión
¿Cómo vivir hoy el misterio de la Ascensión? Ante todo, elevando nuestros corazones hacia las cosas de arriba, como nos exhorta San Pablo: "Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios" (Col 3,1). Esto significa orientar nuestra vida hacia los valores del Reino, no hacia los ídolos pasajeros de este mundo.
También implica vivir como enviados de Cristo. Cada cristiano participa de la misión apostólica inaugurada en la Ascensión. En nuestros ambientes familiares, laborales, sociales, estamos llamados a ser testigos de la esperanza que llevamos dentro.
La intercesión del Cristo ascendido
Finalmente, la Ascensión nos revela que Cristo glorificado continúa su obra salvífica como intercesor nuestro ante el Padre. Como enseña la Carta a los Hebreos: "Puede salvar definitivamente a los que por él se acercan a Dios, ya que vive para siempre para interceder por ellos" (Heb 7,25).
Esta verdad llena de consuelo nuestro camino terreno. Sabemos que tenemos en los cielos un abogado que conoce por experiencia nuestras debilidades, que ha compartido nuestra condición humana y que ahora la presenta glorificada ante Dios. En Cristo ascendido, nuestra oración encuentra su mediador perfecto y nuestra esperanza su fundamento inquebrantable.
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