Amor sin fronteras: la coherencia cristiana en un mundo selectivo

Fuente: EncuentraIglesias Editorial

En el mundo de hoy, a menudo vemos una tendencia a elegir qué causas apoyar y cuáles ignorar, basándonos en afinidades políticas, religiosas o culturales. Sin embargo, esta selectividad contrasta con el mensaje central del Evangelio: el amor incondicional por cada ser humano. Jesús nos enseña a mirar más allá de nuestras preferencias y a reconocer el valor de cada persona, independientemente de su origen o fe.

Amor sin fronteras: la coherencia cristiana en un mundo selectivo

La reciente atención mediática sobre las críticas a Malasia por su supuesta doble moral en derechos humanos nos ofrece un punto de reflexión. Mientras el país se posiciona a favor de los musulmanes en Medio Oriente, se le acusa de silencio ante las violaciones en Myanmar y contra los uigures en China. Como cristianos, estamos llamados a una coherencia más profunda, que no haga distinciones frente al sufrimiento.

La Biblia nos habla de justicia sin fronteras

La Escritura está llena de ejemplos que nos impulsan a un amor sin barreras. En el libro de Levítico, Dios manda:

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor» (Levítico 19:18, NVI).
Este mandamiento no especifica quién es el prójimo: incluye al extranjero, al diferente, incluso al enemigo.

Jesús, en la parábola del buen samaritano, rompe todo esquema de exclusividad. El samaritano, considerado extraño y enemigo, se convierte en ejemplo de quien sabe hacerse prójimo. Como leemos en Lucas:

«Ve y haz tú lo mismo» (Lucas 10:37, NVI).
Por lo tanto, estamos llamados a superar todo prejuicio y a tender la mano a quien sufre, dondequiera que esté.

La coherencia moral como testimonio

La doble moral denunciada en Malasia no es solo un problema político, sino que toca el corazón de nuestra fe. Si por un lado apoyamos a los cristianos perseguidos en algunos países, por otro podemos cerrar los ojos ante injusticias similares cometidas por gobiernos más cercanos o con los que tenemos intereses comunes. Esta incoherencia daña nuestro testimonio y opaca la luz del Evangelio.

Pablo nos exhorta a «no conformarnos a este mundo, sino transformarnos mediante la renovación de nuestro entendimiento» (Romanos 12:2, NVI). Ser coherentes significa alinear nuestras acciones y palabras al corazón de Dios, que no hace favoritismos. También significa estar listos para reconocer nuestros errores y pedir perdón cuando caemos en la selectividad.

El silencio que clama: cuando no hablar es cómplice

El silencio ante las injusticias es a menudo una forma de complicidad. La Biblia nos advierte:

«Libra a los que son llevados a la muerte; salva a los que están a punto de ser ejecutados» (Proverbios 24:11, NVI).
Cada cristiano tiene el deber de alzar la voz por los que no tienen voz, independientemente de su religión o etnia.

En el contexto malasio, el silencio sobre las violencias contra los rohinyás y los uigures contrasta con las fuertes declaraciones de apoyo a los palestinos. Como seguidores de Cristo, debemos preguntarnos: ¿nuestra compasión es selectiva? ¿Oramos por todas las víctimas de persecución, sin distinción? Nuestro compromiso por la justicia debe ser universal, como el amor de Dios.

El ejemplo de la Iglesia primitiva

La primera comunidad cristiana estaba compuesta por personas de diversas culturas y orígenes. En Hechos, vemos cómo los creyentes compartían todo y se cuidaban unos a otros sin discriminación.

«Todos los que creían estaban juntos y tenían todo en común» (Hechos 2:44, NVI).
Este modelo de solidaridad radical desafía nuestra tendencia a dividir el mundo en «nosotros» y «ellos».

Cómo vivir la coherencia cristiana hoy

No podemos resolver todas las injusticias del mundo, pero podemos comenzar con pequeños pasos concretos. Aquí hay algunas sugerencias prácticas:

  • Informarse: leer fuentes confiables sobre las realidades de persecución y violencia en diferentes partes del mundo.
  • Orar: incluir en nuestras oraciones a todos los que sufren, sin distinción de credo o nacionalidad.
  • Actuar: apoyar organizaciones que trabajan por los derechos humanos y la justicia, y alzar la voz en nuestras comunidades.

Que el Señor nos dé un corazón como el suyo, que ama sin medida y sin fronteras. Amén.


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