En estos tiempos de cambio para la Iglesia universal, con el reciente paso del Papa Francisco a la casa del Padre en abril de 2025 y la elección del Papa León XIV, las comunidades cristianas en Irak también viven un momento histórico. El Sínodo de los obispos caldeos, reunido en Roma, ha elegido un nuevo patriarca para guiar a este antiguo pueblo de fe. El ex arzobispo de Mosul, originario de Alqosh, ha recibido este mandato particularmente desafiante, tomando el nombre de Paulo III.
Un camino marcado por la prueba
La vida de este pastor ha sido profundamente marcada por los acontecimientos que han afectado a los cristianos en Irak en los últimos años. Guió a la comunidad de Mosul durante los años más difíciles, cuando la violencia parecía querer borrar todo rastro de presencia cristiana en esas tierras antiguas. Acompañó a las familias en el exilio después del avance del ISIS, compartiendo sus miedos, sus pérdidas, pero también su tenaz esperanza.
«Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque el reino de los cielos les pertenece» (Mateo 5:10 NVI).
Estas palabras de Jesús en el Sermón del monte resuenan con fuerza especial para los cristianos que, como los de Irak, han experimentado directamente lo que significa ser perseguido por su fe. Su testimonio, a menudo silencioso y oculto, es un llamado poderoso a la radicalidad de pertenecer a Cristo.
El mandato de la unidad
La tarea que espera al nuevo patriarca Paulo III es clara: trabajar por la unidad entre los cristianos iraquíes. Un mandato que el Papa León XIV ha encomendado con particular solicitud, reconociendo lo crucial que es, en un contexto de minoría y desafíos continuos, que los creyentes en Cristo sepan caminar juntos.
La unidad no es opcional en la vida cristiana, sino una característica esencial de la Iglesia como cuerpo de Cristo. El apóstol Pablo nos recuerda:
«Por lo tanto, yo, que estoy preso por la causa del Señor, les ruego que vivan de una manera digna del llamamiento que han recibido, siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor. Esfuércense por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz» (Efesios 4:1-3 NVI).
Los desafíos concretos de la comunión
¿Qué significa, en la práctica, trabajar por la unidad en un contexto como el iraquí? Significa principalmente:
- Superar las divisiones históricas entre diferentes tradiciones cristianas
- Crear espacios de diálogo y colaboración concreta
- Compartir recursos y capacidades para el bien común
- Dar testimonio juntos, con una voz más fuerte, de la esperanza del Evangelio
La experiencia del exilio y la persecución ya ha enseñado a muchos cristianos iraquíes que, frente al sufrimiento, las diferencias confesionales pierden importancia frente a la pertenencia común a Cristo. El nuevo patriarca está llamado a construir sobre esta conciencia, transformándola en una comunión visible y operante.
Enraizados en la historia, proyectados hacia el futuro
La Iglesia caldea cuenta con una historia milenaria, que hunde sus raíces en la antigua Mesopotamia, tierra de Abraham y cuna de civilizaciones. Hoy, esta Iglesia se encuentra viviendo una fase muy delicada de su existencia. Muchos de sus hijos e hijas están dispersos en la diáspora, mientras que quienes se han quedado en la patria enfrentan diariamente dificultades de todo tipo.
En este contexto, la guía de un pastor que ha conocido directamente el sufrimiento de su pueblo adquiere un valor especial. Paulo III no habla de la persecución como un concepto abstracto, sino como una experiencia vivida junto a su rebaño. Esta cercanía a la cruz de sus fieles es quizás la credencial más importante para el ministerio que ahora comienza.
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