En el corazón del Evangelio de Lucas encontramos una de las enseñanzas más revolucionarias de Cristo: la parábola del buen samaritano. Esta narración trasciende las barreras culturales, étnicas y religiosas de su tiempo, ofreciéndonos un modelo de amor universal que el papa León XIV ha destacado como fundamental en nuestra era globalizada.
El contexto histórico y su relevancia actual
Cuando un doctor de la ley pregunta a Jesús "¿Y quién es mi prójimo?" (Lucas 10:29), no busca realmente una respuesta, sino justificarse. En su mentalidad, el prójimo se limitaba a los de su misma fe y pueblo. Sin embargo, Cristo responde con una historia que rompe todos los esquemas preconcebidos.
Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó cuando fue asaltado por ladrones. Dos figuras religiosas respetables, un sacerdote y un levita, pasan de largo sin ayudarle. Es un samaritano —despreciado por los judíos— quien se detiene, cura sus heridas y se hace cargo de todos los gastos de su recuperación.
Esta parábola cobra especial relevancia en nuestro mundo contemporáneo, marcado por la xenofobia, el racismo y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Como nos recuerda San Pablo: "Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gálatas 3:28).
Las tres respuestas ante el dolor ajeno
El relato presenta tres actitudes diferentes ante el sufrimiento del prójimo. El sacerdote y el levita representan la indiferencia religiosa, aquellos que conocen la ley pero no la viven. Su conducta nos interpela: ¿cuántas veces pasamos de largo ante las necesidades de nuestros hermanos?
El samaritano, en cambio, encarna la verdadera religiosidad. No se queda en rituales externos, sino que vive la esencia del amor cristiano. Su actuación nos enseña que la verdadera fe se mide por nuestras obras de misericordia.
Amar sin fronteras en el siglo XXI
El mensaje de esta parábola trasciende épocas y culturas. En nuestros días, marcados por crisis migratorias, conflictos étnicos y desigualdades sociales, el buen samaritano nos invita a ser puentes en lugar de muros.
Cada refugiado, cada inmigrante, cada persona en situación de vulnerabilidad es nuestro prójimo caído en el camino de Jericó. La pregunta no es si merece nuestra ayuda por su origen, religión o situación legal, sino cómo podemos ser instrumentos del amor divino.
Como afirma el apóstol Juan: "El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas" (1 Juan 2:9). El amor cristiano no conoce fronteras geográficas, culturales o económicas.
Llamada a la acción concreta
La parábola del buen samaritano no es solo un hermoso relato moral, sino una llamada urgente a la acción. Cada uno de nosotros está llamado a ser ese samaritano compasivo en nuestra sociedad.
Esto significa combatir los prejuicios que llevamos dentro, romper con la indiferencia selectiva que nos hace ayudar solo a "los nuestros", y abrir nuestros corazones a todas las formas de necesidad humana.
El papa León XIV nos ha recordado frecuentemente que la verdadera evangelización pasa por el testimonio del amor incondicional. Cuando amamos sin fronteras, cuando acogemos al extranjero como al hermano, cuando curamos heridas sin preguntar por la procedencia del herido, estamos viviendo el Evangelio en su plenitud.
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