El misterio de la Ascensión del Señor constituye uno de los momentos más significativos de la historia de la salvación. No se trata simplemente del final terrenal de la misión de Cristo, sino del comienzo de una nueva etapa en la vida de la Iglesia. Como nos relata san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, después de haber dado instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido, Jesús se les apareció durante cuarenta días y les habló del Reino de Dios (Hch 1, 2-3).
La Ascensión marca el momento en que Cristo, habiendo completado su obra redentora en la tierra, regresa al Padre para asumir su glorioso señorío. Sin embargo, esta partida física no significa abandono, sino transformación del modo de presencia. El Señor resucitado no se aleja de nosotros, sino que nos prepara para una nueva forma de comunión a través del Espíritu Santo.
El Mandato Misionero Universal
Antes de su Ascensión, Jesús confía a sus discípulos la gran misión que definirá la identidad de la Iglesia para siempre: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28, 19-20). Estas palabras no constituyen simplemente una sugerencia o una opción para algunos cristianos especialmente llamados, sino un imperativo que se dirige a toda la comunidad eclesial.
El carácter universal de esta misión resulta evidente: «todas las gentes». No hay fronteras geográficas, culturales, sociales o religiosas que puedan limitar el alcance del Evangelio. La Iglesia nace, por tanto, con una vocación esencialmente misionera. Cada bautizado, por el hecho mismo de serlo, participa de esta responsabilidad evangelizadora.
En nuestro tiempo, cuando las distancias se han acortado y las culturas se encuentran en constante diálogo, esta dimensión misionera adquiere renovada actualidad. No se trata solamente de la misión ad gentes en tierras lejanas, sino de reconocer que también en nuestras sociedades secularizadas existe la necesidad de una nueva evangelización.
La Promesa del Espíritu Santo
La Ascensión no deja huérfanos a los discípulos. Cristo les promete el don del Espíritu Santo: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8). Esta promesa se cumplirá de manera espectacular en Pentecostés, pero ya desde el momento de la Ascensión los apóstoles viven en la esperanza de esta venida.
El Espíritu Santo es quien hace posible la misión. Sin Él, los discípulos serían incapaces de dar testimonio de Cristo. Con Él, se transforman en valientes anunciadores del Evangelio, capaces de llegar hasta los confines de la tierra. Esta fuerza del Espíritu no es algo del pasado, sino una realidad permanente en la vida de la Iglesia.
En cada época, el Espíritu Santo sigue impulsando a los cristianos a ser testigos de Cristo. En nuestros días, bajo el pontificado del Papa León XIV, seguimos experimentando la acción vivificante del Paráclito, que nos impulsa a encontrar nuevos caminos para anunciar el Evangelio en un mundo en constante transformación.
La Dimensión Escatológica
La Ascensión nos recuerda también que la historia tiene una dirección y un destino. Los ángeles que aparecen a los discípulos les dicen: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? Ese mismo Jesús que os ha sido llevado, volverá como le habéis visto marcharse al cielo» (Hch 1, 11). Estas palabras orientan nuestra mirada hacia el futuro, hacia la segunda venida de Cristo al final de los tiempos.
Esta dimensión escatológica no nos invita a la pasividad, sino todo lo contrario. Mientras esperamos el retorno glorioso del Señor, estamos llamados a trabajar activamente en la construcción del Reino de Dios en la tierra. La misión es, precisamente, la forma concreta en que los cristianos colaboramos con el plan salvífico de Dios.
Aplicación Práctica para Nuestro Tiempo
¿Cómo vivir hoy el espíritu de la Ascensión? En primer lugar, redescubriendo nuestra vocación misionera. Cada cristiano, allí donde se encuentre, está llamado a ser testigo de Cristo. Esto puede realizarse a través del testimonio coherente de vida, del anuncio explícito del Evangelio cuando sea oportuno, del servicio a los más necesitados y de la construcción de una sociedad más justa y fraterna.
En segundo lugar, invocando constantemente la acción del Espíritu Santo. Nuestra oración debe incluir siempre la súplica por una renovada efusión del Espíritu, tanto en nuestra vida personal como en la vida de la Iglesia universal.
Finalmente, manteniendo viva la esperanza escatológica. En un mundo a menudo dominado por el pesimismo y la desesperanza, los cristianos estamos llamados a ser signos de la esperanza que no defrauda, fundada en la certeza de que Cristo ha vencido al mundo y de que su Reino se realizará plenamente al final de los tiempos.
La Ascensión, por tanto, lejos de ser simplemente una fecha del calendario litúrgico, constituye un programa de vida para todo cristiano. Nos invita a mirar al cielo, pero con los pies bien plantados en la tierra, trabajando incansablemente por la extensión del Reino de Dios hasta que Cristo vuelva en gloria.
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