Confía solo en el Dios lleno de bondad

Fuente: TGC Español Vida

La fe cristiana se apoya sobre dos grandes columnas: El poder y la bondad de Dios: «Bueno es el Señor para los que en Él esperan, / Para el alma que lo busca» (Lm 3:25).

Confía solo en el Dios lleno de bondad

Cuando el corazón humano ostenta fe en Dios, entonces ha de dar un fruto ineludible, es decir, la práctica de lo que cree en su vida cotidiana. La práctica obligada para los creyentes es buscar a Dios y confiar en Él.

Se podría decir que el verso dice lo que el profeta ya dijo antes: «“El Señor es mi porción”, dice mi alma, / “Por tanto en Él espero”» (v. 24). Cuando decimos que confiamos en Dios y en Su Palabra, entonces la veracidad de esa confianza será confirmada por una práctica consecuente, una conducta confiada en Dios.

El versículo se divide en tres asuntos fundamentales.

  1. Encontramos la proposición afirmativa «Bueno es el Señor».
  2. Identificamos a los beneficiarios «para los que en Él esperan» y, finalmente,
  3. Descubrimos la conducta detallada que debe caracterizarlos «para el alma que le busca».

Los dos aspectos importantes que sustentan nuestra confianza en Dios son Su bondad y toda la riqueza que trae consigo confiar en Él. Por eso no debemos olvidar que los dos peligros que atentan contra la confianza en Dios son uno mismo y la inclinación que nos lleva a confiar en las criaturas y no en el Creador.

El punto central de estos peligros es que uno pudiera creer que está confiando en Dios sin que sea cierto. Es muy fácil levantar un edificio de falsa esperanza que se derrumba con mucha facilidad.

Recuerda, los creyentes confiamos en Dios porque es bueno y en eso creemos con todo el corazón. Esa creencia la ponemos en práctica al buscar al Señor todos los días de nuestras vidas. El Dios Omnipotente y Su Palabra prometen Su bondad en abundancia a cuantos esperan en Él.

Pasemos ahora a examinar los peligros de una confianza mal enfocada y luego veremos la confianza que descansa plenamente en Dios.

Una terrible inclinación

Los seres humanos solemos confiar más en las criaturas que en el Creador y esta terrible inclinación es una herencia del pecado de nuestros primeros padres (Gn 3:6).

Ellos pensaron que había una bondad secreta en el árbol prohibido, que podrían ser sabios sin el menor esfuerzo o que podrían vivir gratis para siempre, es decir, que desde Adán pensamos que es preferible confiar en las criaturas antes que en el Creador y con nuestra separación de Dios esta debilidad se agranda y esclaviza.

Es cierto que las cosas de esta vida han sido provistas por Dios y son útiles, facilitan la vida y suplen nuestras necesidades, pero su utilidad hace difícil detectar el peligro. Por ejemplo, es fácil ver bondad en el dinero, la honra y los placeres terrenales, pero es imposible ver su utilidad en el paraíso prometido.

La mente natural no puede percibir la indignidad de las criaturas porque se necesita un alto grado de fe para ver las cosas con mente espiritual y no con una visión que surge simplemente del mundo material y la mera carnalidad.

Confiar en las cosas en lugar de en Dios nos haría más imperfectos. Porque, si bien es cierto, la naturaleza humana progresa —y por eso se aman con tanta facilidad las cosas que se logran alcanzar—, finalmente son solo cosas que terminarían sacándonos de la fuente del verdadero poder y vida, es decir, Dios mismo en quien solo y únicamente debemos confiar.

Las buenas obras y las dádivas del mundo material son buenas, pero no para confiar en ellas. Poner en ellas nuestra confianza nos haría daño. Las dádivas materiales son para llevarnos a Dios, meros peldaños de la escalera de la piedad. Ilustraré lo que acabo de decir con el caso del rey Ezequías:

En aquellos días Ezequías cayó enfermo de muerte; y oró al Señor, y Él le habló y le dio una señal. Pero Ezequías no correspondió el bien que había recibido, porque su corazón era orgulloso; por tanto la ira de Dios vino sobre él, sobre Judá y sobre Jerusalén (2 Cr 32:24-25).

Este rey recibió sabiduría, salud y bienes, pero en lugar de confiar en Dios se enalteció o confió en sí mismo.

Aun los mejores hombres están sujetos a confiar en ellos mismos y no en el Altísimo. Por lo tanto, estamos expuestos a ese constante peligro y no es tan fácil que uno pueda decir en verdad de corazón: «El Señor es mi porción». La carne sujeta a este mundo terrenal trabaja con diligencia para mantener la supremacía y el control de nuestros corazones.

Mientras respiremos, hemos de recordar que aún no ha terminado la lucha por confiar solo en Dios y todavía falta tiempo «para que Dios sea todo en todos» (1 Co 15:28).

Debemos preguntarnos si es que sabemos reconocer cuando estamos confiando más en las criaturas que en el Creador. Siempre podremos reconocerlo si vemos que tenemos una confianza excesiva en todo lo creado y no en el Creador. Debemos ver si poseer esas cosas eleva nuestro espíritu o nos hace sentir superiores a los demás.

Esa es la razón de la exhortación que Pablo le dio a Timoteo: «A los ricos de este mundo, enséñales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios» (1 Tim. 6:17).

El apóstol insinúa que el dinero nos pondría en peligro de ser altivos y eso se debe a que el dinero u otra bendición son dados para disfrutarlos como un bien del Creador, pero no para confiar en ellos desplazando a Dios de Su lugar en el centro de nuestras vidas.

Si crees que el dinero te hace, por ejemplo, mejor persona, entonces estarías poniendo tu confianza en la obra que el dinero podría hacer en ti, pero solo el Creador y nadie más puede hacer mejores personas. Más aún, si alguno piensa que teniendo más bienes terrenales puede servir mejor a Dios, entonces su confianza no está en el Señor, sino en esos bienes anhelados. Dios pesa los corazones, no nuestras posesiones (Pr 21:2).

El alma estaría en peligro mortal si piensa que es mejor cristiano solo por ser rico y olvida las palabras del salmista: «Si las riquezas aumentan, no pongan el corazón en ellas» (Sal 62:10).

Otra señal de peligro se presenta cuando se manifiesta un exceso de tristeza al perder algún tipo de beneficio. Sería un engaño del corazón contra nuestra fe sentir dolor por la pérdida de un beneficio o vivir enamorados de ese beneficio porque lo disfrutamos.

Confía solo en el Dios lleno de bondad

Una señal de que Job era un hombre de piedad singular, dispuesto a mortificar el pecado fue su reacción ante la pérdida total de todos sus beneficios: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá. El Señor dio y el Señor quitó; bendito sea el nombre del Señor» (Job 1:21).

Si la fortaleza de un alma se sostiene por la cantidad de sus bienes materiales y no en Dios, ya tenemos una profunda señal de peligro. Por el contrario, si alguno pierde amigos, familiares, honores, placeres o riquezas, y aun así se siente sostenido por Dios, entonces sería una señal de confianza en el Señor y de falta de confianza en las criaturas.

Tenemos, por ejemplo, el caso de Ahitofel: «Viendo Ahitofel que no habían seguido su consejo, aparejó su asno, se levantó y se fue a su casa, a su ciudad, puso en orden su casa y se ahorcó» (2 S 17:23). Es evidente que este hombre no confiaba en Dios, no estaba preparado para perder su lugar de prominencia y por eso la amargura lo ahogó y se suicidó.

El poder de la pólvora no se conoce hasta que se junte con fuego y así también la corrupción del corazón humano que ama a las criaturas más que al Creador no se conoce hasta que alguna cruz se oponga a sus deseos.

La gran mayoría de nosotros ignora el poder de la maldad y la corrupción que tenemos dentro y por eso el salmista dice: «Bienaventurado el hombre a quien reprendes, Señor, y lo instruyes en Tu ley» (Sal 94:12).

Otra señal de peligro se manifiesta cuando confiamos mucho en nuestro propio juicio. Es normal que los hombres tengan un gran apego a su propia bondad. Hasta el gran apóstol Pablo experimentó ese peligro en su alma, se creyó un excelente santo y fue necesario que el Señor le mandase un aguijón.

Estamos inclinados a festejar en la imaginación nuestras buenas obras, pero nunca las ajenas. Estamos esperando con frecuencia el aplauso ajeno. Nos molestamos sin una razón justa si los demás no nos saludan como suponemos que deberían hacerlo.

Es un exceso de amor al yo cuando somos tardos para pagarle las deudas al prójimo y rápidos para cobrarles a nuestros deudores.

Si pasamos varias semanas sin venir al servicio dominical nos quejamos de que nadie nos llamó para saber de nosotros, pero no pensamos que como cristianos tenemos una deuda de amor al hermano (Ro 1:14). Cobramos rápido y pagamos con lentitud. A un corazón así le será difícil confiar en Dios y en Sus promesas.

Duro con el otro y suave consigo mismo es la señal de peligro. El egoísmo es un juez ciego y parcializado. En cambio, el amor a Dios es diferente porque manifiesta compasión con las faltas ajenas.

Una ilustración clásica de un exceso de autoconfianza la observamos en Pedro: «Aunque tenga que morir junto a Ti, jamás te negaré» (Mat. 26:35). Este es un hombre lleno de sí mismo porque ni las palabras de advertencia de Cristo lo hicieron cambiar de mente y se sintió capaz por sí mismo sin darse cuenta de que se necesitaba un suministro continuo de la gracia de Dios.

Lo cierto es que mientras más nos conocemos y conocemos de Dios, menos confiaremos en nosotros mismos y más en el Señor, porque como dice el salmista: «En ti pondrán toda su confianza los que conocen Tu nombre, / Porque Tú, oh Señor no abandonas a los que te buscan (Sal 9:10).

Todo en Dios es excelente en su orden y clase, pero tenemos un corazón corrupto que corrompe lo bueno aunque venga directamente del Creador. Esa indisposición está en todos los seres humanos y aun hemos visto que los mejores creyentes como Pablo o Ezequías tienen una fuerte disposición a confiar más en las criaturas que en el Creador.

Estamos inclinados siempre a la idolatría, a ofender a Dios y a robarle Su gloria. Nuestra naturaleza caída es ladrona, mentirosa y no nos conduce a la bendición, sino a estar bajo maldición. Por lo tanto, debemos cuidarnos de no confiar en las cosas, sino solo en Dios.

En nuestros corazones hay un constante peligro porque tienden a oponerse a la confianza en Dios. El Señor nos ayude a confesar como el salmista: «Algunos confían en carros y otros en caballos, / Pero nosotros en el nombre del Señor nuestro Dios confiaremos (Sal 20:7).

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