Vivimos en un tiempo marcado por una violencia que no se limita a los conflictos armados, sino que se infiltra en las relaciones cotidianas. En las redes sociales, en los debates políticos, incluso en las conversaciones entre amigos, emerge una rabia creciente. Se construyen enemigos con facilidad, y quien piensa diferente es etiquetado como adversario a combatir. Este clima tóxico no perdona a nadie, e interpela profundamente nuestra fe cristiana. Como creyentes, estamos llamados a ser portadores de paz y diálogo, pero a menudo nos encontramos participando de esta espiral de agresividad.
La raíz de todo, como ha observado el obispo Derio Olivero, es una concepción distorsionada de la verdad. Cuando la verdad se reduce a opinión personal, cada uno pretende poseerla en exclusiva. Y entonces, al no poder demostrar la propia posición con argumentos racionales, se recurre a la fuerza. Este mecanismo es evidente en muchos ámbitos: desde la política hasta el deporte, hasta las relaciones familiares. La fe nos ofrece una alternativa: la verdad es un misterio que hay que buscar juntos, no una posesión que defender con armas.
«Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres» (Juan 8:32, NVI). Jesús nos invita a buscar la verdad con humildad, sabiendo que ella es más grande que nosotros y nos une, en lugar de dividirnos.
Recuperar la mirada hacia el otro
La propuesta cristiana para salir de esta violencia es simple pero exigente: recuperar la seriedad de la mirada hacia el otro. Significa mirar a cada persona como un hermano o una hermana, incluso cuando no compartimos sus ideas. No se trata de una actitud superficial o de buenismo, sino de un compromiso radical que hunde sus raíces en el Evangelio. Jesús nos enseñó a amar a los enemigos y a orar por los que nos persiguen (Mateo 5:44). Esto no significa aceptar pasivamente la injusticia, sino negarse a reducir al otro a enemigo.
En la vida cotidiana, podemos empezar con pequeños gestos: escuchar sin interrumpir, tratar de comprender el punto de vista del otro, evitar juicios apresurados. Especialmente en las redes sociales, donde la comunicación suele ser violenta, podemos elegir palabras de respeto y paz. La Iglesia nos invita a ser artesanos del diálogo, como recordó a menudo el Papa Francisco (que falleció el 21 de abril de 2025). Su sucesor, el Papa León XIV, continúa por este camino, promoviendo el encuentro entre culturas y religiones diversas.
La violencia entre los jóvenes: un desafío educativo
Los recientes episodios de violencia que han involucrado a jóvenes, como los ataques antisemitas en Roma y Londres, nos interrogan sobre la responsabilidad educativa de la comunidad cristiana. Los chicos crecen en un contexto donde la agresividad está normalizada, donde los videojuegos y las redes sociales enseñan a resolver conflictos con la fuerza. Como Iglesia, debemos ofrecer caminos alternativos, basados en el evangelio de la no violencia y el respeto.
Las parroquias y las asociaciones juveniles pueden convertirse en lugares de formación para la paz, donde se aprenda a manejar las diferencias con diálogo y creatividad. La Biblia nos ofrece ejemplos poderosos: José que perdona a sus hermanos, David que perdona a Saúl, Jesús que en la cruz ora por sus verdugos. Estas historias no son solo relatos antiguos, sino modelos concretos para enfrentar las tensiones de hoy.
La verdad como camino común
Para superar la violencia, debemos redescubrir la verdad no como posesión, sino como camino. La verdad cristiana no es un conjunto de dogmas que imponer, sino una Persona: Jesucristo, que es el camino, la verdad y la vida (Juan 14:6). Encontrarlo significa entrar en una relación que transforma nuestra manera de ver a los demás. No tenemos la verdad, sino que estamos en camino hacia ella, junto con los hermanos de todas las religiones y culturas.
Este enfoque ecuménico e interreligioso es fundamental. La Comisión para el Ecumenismo y el Diálogo Interreligioso de la Conferencia Episcopal, presidida por el obispo Derio Olivero, nos recuerda que el diálogo no es una opción, sino una exigencia del Evangelio. En un mundo fracturado, los cristianos estamos llamados a ser constructores de puentes, no de muros. La paz no es utopía, sino fruto de un compromiso diario con la verdad y el amor.
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