En medio de un mundo que a menudo valora el éxito rápido y el reconocimiento inmediato, hay historias que nos recuerdan el verdadero significado del servicio. Recientemente, en Ecuador, se presentó un testimonio conmovedor que nos invita a reflexionar sobre lo que significa responder al llamado de Dios con entrega total. Se trata de las memorias de un pastor que, durante más de tres décadas, caminó junto a comunidades indígenas, escuchando sus dolores y celebrando sus alegrías.
Este relato personal nos llega en un momento especial para la Iglesia universal. Recordamos con cariño el ministerio del Papa Francisco, quien partió a la casa del Padre en abril de 2025, y hoy nos regocijamos con el liderazgo del Papa León XIV, elegido en mayo del mismo año. Ambos pontífices nos han enseñado que la Iglesia debe ser una comunidad que sale al encuentro, especialmente de quienes están en las periferias.
Las memorias, presentadas en la Universidad Politécnica Salesiana de Quito, llevan un título que resume una vida entera: "A evangelizar me envió el Señor". Estas palabras, que también fueron el lema episcopal del autor, resuenan con fuerza en nuestros corazones. ¿No es acaso este el llamado que todos recibimos al ser bautizados? La evangelización no es tarea exclusiva de sacerdotes o religiosos, sino misión de todo el pueblo de Dios.
Evangelización con rostro humano
Lo que hace particularmente significativo este testimonio es cómo entiende la evangelización. No como un discurso teórico o una imposición cultural, sino como un encuentro auténtico entre personas. El rector de la universidad donde se presentó el libro destacó precisamente esto: que la opción por la justicia social es parte constitutiva del anuncio del Evangelio.
Esta perspectiva nos recuerda las palabras del profeta Miqueas: "Ya te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios" (Miqueas 6:8, RVR1960). La justicia no es un añadido opcional al mensaje cristiano, sino su expresión concreta en el mundo.
Durante su ministerio en Riobamba, este pastor comprendió que evangelizar implicaba tanto palabras como gestos. Los gestos de acompañar procesos de diálogo entre el gobierno y comunidades indígenas, de defender la dignidad de los pueblos originarios, de creer que otro mundo es posible cuando nos tratamos como hermanos. Estos gestos hablan más fuerte que muchos sermones.
La memoria como regalo para la comunidad
Las memorias no nacieron de un deseo de protagonismo personal, sino como respuesta a una invitación comunitaria. Un obispo amigo, que conoció al autor cuando era adolescente, le animó durante una conversación informal a dejar por escrito su experiencia pastoral. La motivación era clara: se trataba de un deber con el país y con la Iglesia.
En un momento donde la Iglesia ecuatoriana estaba acompañando diálogos complejos entre el gobierno y comunidades campesinas e indígenas, era importante mostrar que esta presencia no era casual ni improvisada. Respondía a una historia larga de conversión personal y cercanía con los más vulnerables. Como dice el apóstol Pedro: "Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido, administrando fielmente la gracia de Dios en sus diversas formas" (1 Pedro 4:10, NVI).
Este libro es precisamente eso: poner al servicio de la comunidad el don de una vida entregada. Es un testimonio que nos ayuda a entender que la presencia de la Iglesia en espacios de conflicto social no es "un tiro al aire", sino fruto de una opción consciente por estar donde el pueblo sufre y espera.
Lecciones para nuestro caminar hoy
¿Qué podemos aprender de este testimonio en nuestro contexto actual? Primero, que el servicio cristiano tiene un ritmo diferente al del mundo. Mientras nuestra cultura celebra lo joven, lo nuevo y lo inmediato, el Evangelio nos habla de paciencia, perseverancia y compromiso a largo plazo. Tres décadas de ministerio en una misma región hablan de una fidelidad que trasciende modas y circunstancias.
Segundo, que la evangelización auténtica siempre es encarnada. No se anuncia a Cristo desde la comodidad de una oficina o la distancia de un púlpito, sino desde la cercanía con el dolor humano. Jesús mismo nos dio el ejemplo: "Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros" (Juan 1:14, RVR1960). La encarnación continúa hoy en cada cristiano que decide habitar realmente en la realidad de sus hermanos.
Tercero, que nuestra fe nos compromete con la transformación social. La opción por los pobres no es una postura política entre otras, sino una exigencia del Evangelio. Como nos recuerda Santiago: "La religión pura y sin mancha delante de Dios nuestro Padre es esta: atender a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y conservarse limpio de la corrupción del mundo" (Santiago 1:27, NVI).
Un llamado a cada creyente
Quizás pienses: "Yo no soy obispo, ni sacerdote, ni misionero. ¿Qué tiene que ver esta historia conmigo?" ¡Todo! Porque cada bautizado está llamado a ser evangelizador en su propio ambiente. Tu familia, tu trabajo, tu vecindario son el territorio donde Dios te envía a anunciar su amor.
Las memorias de este pastor nos recuerdan que no necesitamos tener un título especial para servir. Necesitamos tener un corazón disponible. Como aquel joven David que, antes de ser rey, cuidaba las ovejas de su padre con dedicación. Dios no mira primero los títulos, sino la disponibilidad: "Pero Jehová dijo a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón" (1 Samuel 16:7, RVR1960).
Tu servicio puede tomar muchas formas: escuchar a un vecino que está solo, acompañar a un compañero de trabajo que pasa por una crisis, defender a quien es tratado injustamente, orar por las necesidades del mundo. Cada gesto de amor, por pequeño que parezca, es semilla del Reino.
Para reflexionar en nuestro corazón
Al concluir este recorrido por un testimonio de vida, te invito a hacer una pausa y preguntarte: ¿Cómo estoy respondiendo al llamado que Dios me hace? ¿En qué rincones de mi vida me está invitando a ser evangelizador? ¿Qué gestos de justicia y misericordia puedo realizar hoy en mi entorno?
Recordemos que el servicio cristiano no se mide por los reconocimientos que recibimos, sino por el amor que damos. Como nos asegura Jesús: "Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa" (Mateo 10:42, RVR1960).
Que el testimonio de pastores fieles nos anime a todos a vivir nuestro bautismo con alegría y entrega. En un mundo sediento de esperanza, cada uno de nosotros está llamado a ser portador de la Buena Noticia. No con grandilocuencia, sino con la sencillez de quien sabe que vale la pena servir al Señor y a sus hermanos.
"No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos" (Gálatas 6:9, NVI).
Esta promesa bíblica es para ti hoy. No importa si llevas mucho o poco tiempo en el camino de la fe. No importa si sientes que tus fuerzas son limitadas. Lo importante es seguir adelante, confiando en que Dios multiplica nuestros pequeños esfuerzos. ¿Qué paso concreto darás esta semana para servir a quienes te rodean?
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