La Pascua en la Frontera: Iglesias Llevan Esperanza a Refugios de Migrantes

Fuente: EncuentraIglesias Editorial

En los polvorientos territorios fronterizos entre Estados Unidos y México, el amanecer de Pascua no llega con bancas pulidas y altares adornados de flores, sino con el zumbido de generadores y el arrastrar de pies cansados. En un refugio para migrantes en Ciudad Juárez, un pequeño grupo de voluntarios y solicitantes de asilo se reúne bajo un techo de lámina corrugada. Un altar improvisado se forma con una tarima de madera cubierta con un paño blanco. No hay órgano, ni coro, solo las voces de quienes lo han perdido todo excepto su fe. Esta es la iglesia de la que hablaba el Papa Francisco: un hospital de campaña para los heridos. Y en este Domingo de Resurrección, el mensaje de vida nueva resuena con especial fuerza para quienes han cruzado desiertos y ríos buscando una segunda oportunidad.

La Pascua en la Frontera: Iglesias Llevan Esperanza a Refugios de Migrantes

La escena se repite en refugios a lo largo de la frontera, desde Tijuana hasta Matamoros. Voluntarios cristianos de diversas denominaciones —católicos, protestantes, evangélicos— se unen para ofrecer misas y servicios de adoración. No solo traen la Eucaristía, sino también ropa limpia, comidas calientes y asistencia legal. Para muchos migrantes, el viaje hacia el norte es un camino cuaresmal de sacrificio; la Pascua se convierte en una promesa tangible de que el sufrimiento no tiene la última palabra.

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia». — Mateo 5:7 (RVR1960)

Predicando a Cristo Resucitado en Lugares Inestables

Los relatos evangélicos de la resurrección están llenos de movimiento: María Magdalena corriendo del sepulcro, discípulos camino a Emaús, Pedro apresurándose a la tumba vacía. Hoy, ese mismo movimiento se encarna en los migrantes que caminan cientos de kilómetros. Cuando pastores y laicos entran a los refugios, no predican a un Dios distante. Proclaman a un Salvador que fue él mismo un refugiado, que conoció el desplazamiento y la falta de hogar. «Las zorras tienen madrigueras, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza» (Mateo 8:20, RVR1960). Esta escritura adquiere un nuevo significado al compartirla con familias que duermen en pisos de concreto.

Un voluntario, pastor metodista de El Paso, describe cómo la liturgia se adapta al contexto. «Usamos una liturgia sencilla, sin boletines ni pantallas. Leemos de una Biblia gastada y partimos el pan que alguien horneó en la cocina del refugio. La homilía suele ser interactiva; pedimos a la gente que comparta sus propias historias de esperanza. La semana pasada, un hombre de Honduras se levantó y dijo: “Pensé que Dios me había abandonado, pero entonces vi los rostros de estos voluntarios. Ese fue mi momento de resurrección”».

La predicación enfatiza que la resurrección de Cristo no es solo un evento pasado, sino una realidad presente. En medio de la incertidumbre —esperando audiencias de asilo, temiendo la deportación, llorando a los seres queridos dejados atrás— el Cristo resucitado ofrece una paz que sobrepasa todo entendimiento (Filipenses 4:7). Los refugios se convierten en espacios liminales donde el reino de Dios irrumpe, aunque sea por una hora.

Desafíos y Gracias

El ministerio en refugios de migrantes no está exento de dificultades. Las barreras del idioma, el trauma y el agotamiento pueden hacer que la adoración tradicional se sienta extraña. Pero muchos voluntarios han aprendido a encontrarse con la gente donde está. Ofrecen servicios bilingües, usan canciones sencillas e incorporan elementos de la piedad latinoamericana, como la Virgen de Guadalupe o oraciones a San Judas. La meta no es imponer una denominación, sino crear un espacio donde todos puedan encontrarse con Cristo vivo.

También hay desafíos prácticos: preocupaciones de seguridad, suministros limitados y el desgaste emocional de escuchar historias desgarradoras. Sin embargo, los voluntarios hablan de gracias profundas. Una hermana católica de una orden religiosa recuerda una noche en que una madre joven le pidió que bautizara a su bebé. «No teníamos agua bendita, así que usé agua de una botella. La madre lloró. Dijo: “Ahora mi hijo tiene un comienzo en Cristo, pase lo que pase”. Ese momento fue Pascua para mí».

Lo que la Biblia Dice Acerca de Acoger al Extranjero

A lo largo de las Escrituras, el pueblo de Dios recibe el mandato de cuidar al extranjero y al forastero. En el Antiguo Testamento, Dios recuerda a Israel: «Ustedes también fueron extranjeros en Egipto» (Deuteronomio 10:19, RVR1960). En el Nuevo Testamento, Jesús mismo se identifica con el migrante: «Porque tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me recibieron» (Mateo 25:35, RVR1960).

Los voluntarios en la frontera toman en serio estas palabras. Para ellos, servir a los migrantes no es solo un acto de caridad, sino un encuentro con Cristo. «Cuando ayudamos a una familia a cruzar la frontera de manera segura o les proporcionamos un abrigo, estamos sirviendo al Señor», dice una voluntaria laica de una iglesia evangélica en Nogales. «No se trata de política; se trata de seguir a Jesús».

La respuesta cristiana a la migración no siempre ha sido unánime. Algunos creyentes sostienen que la seguridad nacional debe priorizarse, mientras que otros ven la hospitalidad radical como un mandato bíblico innegociable. Sin embargo, en el terreno, la mayoría de los voluntarios evitan el debate político y se centran en el amor práctico. «No estamos aquí para hacer declaraciones políticas», dice un sacerdote católico en un refugio de Reynosa. «Estamos aquí para ser la presencia de Cristo para los que sufren. Eso es todo».

La Pascua en la frontera nos recuerda que la resurrección no es solo un evento histórico, sino una realidad que transforma vidas hoy. En los rostros de los migrantes, vemos el rostro de Cristo crucificado. En la entrega de los voluntarios, vemos el poder de la resurrección. Y en la esperanza compartida, vislumbramos el Reino de Dios que viene.

Que esta Pascua nos inspire a todos a ser portadores de esperanza, dondequiera que haya necesidad. Porque, como nos recuerda San Pablo, «si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe» (1 Corintios 15:14, RVR1960). Pero Cristo ha resucitado, y esa verdad cambia todo.


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