El Papa León XIV nos invita a construir la paz: La oración como camino activo contra la violencia

Fuente: EncuentraIglesias Editorial

En estos tiempos donde los conflictos desgarran a tantas naciones, la voz del Santo Padre resuena con una urgencia especial. El papa León XIV, elegido en mayo de 2025 tras el fallecimiento del papa Francisco, se dirigió recientemente a los fieles durante una vigilia mariana por la paz. Su mensaje, profundamente arraigado en la tradición cristiana, nos invita a reflexionar sobre las raíces espirituales de las divisiones que afligen nuestro mundo.

El Papa León XIV nos invita a construir la paz: La oración como camino activo contra la violencia

La lógica de Dios frente a la lógica del poder

El sumo pontífice distinguió claramente dos caminos irreconciliables: el de la fuerza y el de la esperanza. Mientras nuestra época parece privilegiar con frecuencia la demostración de poder, el papa recuerda que este enfoque conduce inevitablemente a la división. Habla con franqueza de lo que llama «la idolatría de uno mismo», esa tendencia a ponerse en el centro de todo, que genera violencia y desorden.

Este análisis se conecta con la sabiduría de las Escrituras. El apóstol Santiago nos advierte: «¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que luchan dentro de ustedes mismos?» (Santiago 4:1, NVI). El desorden exterior a menudo procede de un desorden interior, de un corazón que ha perdido su orientación fundamental hacia Dios y el prójimo.

La oración: mucho más que un simple consuelo

León XIV redefine profundamente nuestra comprensión de la oración. Lejos de ser una simple evasión o un consuelo superficial, la oración constituye un verdadero compromiso. Educa a quien ora, transforma su mirada y orienta sus decisiones. En un mundo dominado por la inmediatez, esta práctica paciente y perseverante representa un contraste radical.

El Rosario, particularmente querido por el papa Francisco, cuyo legado continúa León XIV, se presenta como una «escuela de paz». Su repetición meditativa de los misterios de la vida de Cristo nos forma en la paciencia, la fidelidad y la perseverancia necesarias para construir una paz duradera. Como recuerda el apóstol Pablo: «No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús» (Filipenses 4:6-7, NVI).

Una responsabilidad que compartimos

El mensaje del papa se dirige ciertamente a los responsables políticos, a quienes exhorta con firmeza a renunciar a las lógicas de confrontación. Pero también amplía esta responsabilidad a cada bautizado. «Cada uno tiene su lugar en el mosaico de la paz», afirma, recordándonos así nuestra parte personal en la construcción de un mundo más fraterno.

Esta visión se une a la del profeta Miqueas: «Ya se te ha declarado lo que es bueno, y qué es lo que pide el Señor de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios» (Miqueas 6:8, RVR1960). La paz comienza con una conversión personal, con un cambio de mirada y de comportamiento en lo cotidiano.

La Iglesia: conciencia moral del mundo

El papa subraya con valentía que la Iglesia a veces debe aceptar la incomprensión y el desprecio cuando rechaza la lógica de la guerra. Su misión no consiste en acompañar las tendencias dominantes, sino en iluminarlas a la luz del Evangelio, aunque esto signifique contradecirlas. En un contexto donde la fuerza tiende a imponerse como norma, esta posición se convierte en un testimonio profético.

Esta fidelidad al Evangelio, incluso cuando es costosa, recuerda la exhortación de Pedro: «Más bien, honren en su corazón a Cristo como Señor. Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes. Pero háganlo con gentileza y respeto» (1 Pedro 3:15-16a, NVI).

Por una cultura del encuentro

El llamado de León XIV se inscribe en el deseo de construir puentes donde hay muros. Nos invita a no resignarnos ante la violencia, sino a convertirnos en artesanos de paz desde la oración y el compromiso cotidiano. En un mundo fragmentado, este mensaje resuena como una invitación urgente a volver al corazón del mensaje cristiano: el amor como única fuerza capaz de transformar la historia.


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