En estos días, una noticia desde los Países Bajos ha generado conversaciones en distintos círculos. Las autoridades educativas de ese país han sugerido modificar el lenguaje oficial para evitar referencias específicas a "padre" y "madre", promoviendo términos considerados más inclusivos para diversos tipos de familias. Esta iniciativa nos invita a reflexionar sobre algo fundamental: ¿cómo nombramos aquello que nos constituye como seres humanos?
Como comunidad cristiana, sabemos que las palabras tienen un poder especial. No son solo sonidos o letras; transmiten significados, valores y verdades que dan forma a nuestra comprensión del mundo. Cuando hablamos de familia, estamos tocando algo esencial que va más allá de las convenciones sociales o políticas.
La Biblia nos recuerda en Proverbios 18:21 que "La muerte y la vida están en poder de la lengua". Esta sabiduría milenaria nos alerta sobre la importancia de cómo nombramos la realidad que nos rodea, especialmente cuando se trata de relaciones tan fundamentales como las familiares.
La familia en el corazón del plan divino
Desde los primeros capítulos del Génesis, encontramos que la familia ocupa un lugar central en el diseño de Dios para la humanidad. "Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó" (Génesis 1:27, RVR1960). Esta diferenciación y complementariedad entre hombre y mujer no es accidental, sino que forma parte de la sabiduría creadora.
Jesús mismo, al hablar sobre el matrimonio, se remite a estos orígenes: "¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo, y dijo: 'Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne'?" (Mateo 19:4-5, RVR1960). En estas palabras encontramos un reconocimiento de la estructura familiar que incluye claramente las figuras paternas y maternas.
La paternidad y maternidad no son meros roles sociales intercambiables. En la tradición bíblica, representan realidades distintas y complementarias que reflejan aspectos diferentes del carácter de Dios. Como dice el apóstol Pablo: "Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra" (Efesios 3:14-15, RVR1960).
Cuando el lenguaje pierde sus raíces
El intento de eliminar términos como "padre" y "madre" del lenguaje oficial nos plantea preguntas profundas. ¿Qué sucede cuando una sociedad decide dejar de nombrar realidades fundamentales? ¿Cómo afecta esto a nuestra comprensión de quiénes somos y de dónde venimos?
En el Evangelio de Juan, Jesús nos enseña a dirigirnos a Dios como "Padre". Esta relación no es metafórica sino constitutiva de nuestra identidad como hijos de Dios. "Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios" (Juan 1:12, RVR1960). La paternidad divina es modelo y fuente de toda paternidad humana.
La maternidad también encuentra su lugar especial en las Escrituras. Desde la sabiduría práctica que una madre transmite (Proverbios 31) hasta la imagen maternal que Dios mismo utiliza para describir su cuidado (Isaías 66:13), la figura materna tiene un valor único e irremplazable en el plan de Dios.
"Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da."
Éxodo 20:12 (RVR1960)
Acoger la diversidad sin perder la verdad
Como comunidad cristiana, estamos llamados a mostrar compasión y acogida hacia todas las personas, independientemente de su situación familiar. Sabemos que la realidad humana es compleja y que muchas personas viven en contextos familiares diversos. El amor de Cristo nos impulsa a abrazar a cada persona en su circunstancia particular.
Sin embargo, esta acogida no significa que debamos renunciar a las verdades fundamentales sobre la familia. Podemos y debemos acompañar a quienes viven realidades familiares diferentes, al mismo tiempo que testimoniamos la belleza del diseño original de Dios.
El Papa León XIV, en su reciente mensaje a las familias, recordaba que "la familia cristiana, fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, sigue siendo una luz en nuestro mundo, un refugio de amor y una escuela de humanidad". Estas palabras, pronunciadas en mayo de 2025 tras su elección, resuenan con especial fuerza en este contexto.
Nuestra respuesta como discípulos
Frente a estos cambios culturales, ¿cómo debemos responder como seguidores de Cristo? En primer lugar, con una actitud de escucha y diálogo respetuoso. Debemos entender las preocupaciones que llevan a algunas personas a promover estos cambios lingüísticos, especialmente el deseo de no excluir a nadie.
En segundo lugar, necesitamos redescubrir y celebrar la belleza de la familia según el diseño de Dios. En un mundo donde las relaciones a menudo se vuelven transitorias y superficiales, el testimonio de familias que viven el amor fiel, el sacrificio generoso y la transmisión de la fe resulta más necesario que nunca.
Finalmente, estamos llamados a ser creativos en nuestro lenguaje. Podemos encontrar formas de hablar que sean inclusivas sin renunciar a la verdad. Podemos acoger a todos los niños y jóvenes, reconociendo sus situaciones particulares, al mismo tiempo que les ayudamos a entender el plan amoroso de Dios para la familia humana.
Para reflexionar en comunidad
Te invito a considerar estas preguntas en tu propio corazón y en conversación con otros hermanos en la fe: ¿Cómo puedes testimoniar la belleza de la paternidad y maternidad en tu contexto particular? ¿De qué manera tu comunidad cristiana puede acoger a personas de diversas situaciones familiares sin comprometer las verdades fundamentales? ¿Qué palabras utilizas para hablar de familia, y cómo reflejan tanto la verdad como la misericordia?
Recordemos las palabras del apóstol Pablo: "Antes bien, siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo" (Efesios 4:15, RVR1960). Este equilibrio entre verdad y amor debe guiar nuestra reflexión y nuestro testimonio en un mundo que busca respuestas auténticas sobre el significado más profundo de la familia humana.
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