Líbano: La esperanza florece entre las ruinas - El testimonio de Marianne Najm

Fuente: EncuentraIglesias Editorial

En un momento de frágil tregua, algunos desplazados se atrevieron a regresar a sus pueblos, impulsados por el deseo de ver con sus propios ojos lo que quedaba de sus hogares. Lo que encontraron, sin embargo, fue un paisaje de desolación: comunidades enteras reducidas a polvo, calles irreconocibles, recuerdos enterrados bajo montones de escombros. Para muchos, la idea misma de "hogar" se ha convertido en un espejismo lejano, un sueño desvanecido en el humo de los conflictos. Tomaron fotografías, imágenes que ahora llevan consigo como heridas abiertas, mostrándolas a quienes, con generosidad, los acogen en esta temporada de incertidumbre.

Líbano: La esperanza florece entre las ruinas - El testimonio de Marianne Najm

"Ayer me encontré con ellos, y tenían estos escenarios de destrucción grabados en sus ojos y en las pantallas de sus teléfonos", cuenta Marianne Najm, miembro de la comunidad de los Focolares en el Líbano, desde su Beirut. "Vi una tristeza profunda, acompañada del miedo a un futuro incierto y de un sentimiento generalizado de inseguridad. Pero, quiero decirlo, no vi una desesperación total, ni un llanto incesante. De alguna manera, esto ya es una señal de esperanza, quizás de un abandono confiado en la Providencia, en esa fe que impide que el alma se derrumbe por completo".

Un refugio en el corazón de la tormenta: el seminario de Santa Ana

Junto a familias, jóvenes y niños del Movimiento, Marianne apoya a quienes gestionan un centro de acogida al norte de la capital. Gracias a la Iglesia greco-católica, en el Seminario de Santa Ana en Rabweh, encuentran refugio alrededor de 125 personas, unas treinta familias, todas provenientes de la ciudad de Tiro. En este espacio, la vida intenta reorganizarse con dificultad.

Voluntarios de varias asociaciones acuden allí casi a diario para asistir al sacerdote responsable y apoyar a las familias en sus necesidades cotidianas. Los jóvenes organizan momentos de juego con los niños, creando un espacio valioso no solo para la diversión, sino para el encuentro, el diálogo y la construcción de relaciones humanas auténticas. En medio de la precariedad, nacen vínculos que se convierten en apoyo mutuo.

"Dichosos los que lloran, porque serán consolados."
Mateo 5:4 (NVI)

"Hay un cansancio enorme", confiesa Marianne. "Lo sienten ellos, y lo sentimos también nosotros. Esta no es una situación que haya concluido, ni parece destinada a hacerlo pronto. Lo que estamos viviendo es muy intenso; absorbe todas nuestras energías. Todos estamos extremadamente agotados". Este cansancio no es solo físico, sino sobre todo del alma, un peso que recae sobre los hombros de quienes intentan mantener encendida una pequeña llama de normalidad.

Beirut: la normalidad aparente y las heridas ocultas

¿Cómo se vive, mientras tanto, en Beirut? En la zona donde reside Marianne, la situación parece casi normal. La gente va a la escuela, va al trabajo. Claro, no es posible hacer todo lo que se desearía, los desplazamientos son limitados, pero la vida parece transcurrir de manera bastante ordinaria. En la superficie, la rutina intenta enmascarar la crisis.

En realidad, sin embargo, persisten muchas dificultades. La incertidumbre es una compañera constante, y una tregua siempre en equilibrio no permite planificar con serenidad. El miedo al mañana se insinúa en los pensamientos, en las conversaciones suspendidas, en las miradas preocupadas. La pregunta que surge espontáneamente es: ¿cómo se enfrenta todo esto? ¿Cómo se resiste sin perder la esperanza?

La respuesta, para muchos, reside precisamente en esa fe de la que hablaba Marianne. No una huida de la realidad, sino una fuerza interior que permite mirar los escombros sin ser aplastados por ellos. Es la conciencia de no estar solos, sostenidos por la comunidad y por la certeza de que, como recuerda el Salmista, Dios es "nuestro amparo y fortaleza" (Salmo 46:1 NVI).

La fuerza de la comunidad cristiana

En este contexto, la respuesta ecuménica de las Iglesias en el Líbano es un faro importante. La iniciativa de colaboración entre diferentes tradiciones cristianas muestra que, más allá de las diferencias, hay un compromiso común con la compasión y la ayuda al prójimo. En un país marcado por divisiones, este testimonio de unidad en la caridad es un rayo de luz en la oscuridad.

Marianne y sus compañeros son parte de este esfuerzo colectivo. Su trabajo no se limita a proporcionar alimento y refugio, sino que busca restaurar la dignidad humana, ofrecer consuelo espiritual y recordar a cada persona que su vida tiene valor ante Dios. En las actividades con los niños, en las conversaciones con los adultos, en los momentos de oración compartida, se teje una red de apoyo que sostiene el espíritu.

La esperanza, entonces, no es una ilusión ingenua. Es una virtud teologal que se nutre de la fe y se expresa en el amor concreto. En el Líbano, esta esperanza tiene el rostro de quienes, como Marianne, eligen quedarse, acompañar y servir, creyendo que incluso en el valle de sombra de muerte, la luz de Cristo brilla a través de la solidaridad de sus seguidores.


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