El 5° Domingo de Pascua nos invita a sumergirnos más profundamente en el misterio de la resurrección de Cristo. En este tiempo pascual, la Iglesia es llamada a vivir como una comunidad que da testimonio de la victoria sobre la muerte. La lectura del Evangelio de Juan (Jn 14,1-12) nos presenta a Jesús declarando: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí» (Jn 14,6, NVI). Estas palabras no son solo una afirmación teológica, sino una invitación personal a confiar en Jesús como nuestro guía seguro.
En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles (Hch 6,1-7), vemos a la Iglesia primitiva enfrentando desafíos prácticos. La distribución de alimentos a las viudas generó conflictos, y los apóstoles decidieron elegir a siete hombres llenos del Espíritu Santo para encargarse de ese servicio. Esto nos enseña que la vida comunitaria exige organización y amor al prójimo. La resurrección no nos aísla, sino que nos une en el servicio.
El salmo responsorial (Sal 33,1-2.4-5.18-19) resuena con alabanza a Dios que nos libra del miedo: «Aclamen, justos, al Señor; es propio de los rectos alabarlo» (Sal 33,1, NVI). La alegría pascual es una respuesta a la fidelidad de Dios, que nos sostiene en todas las tribulaciones.
Jesús: el Camino que nos Conduce al Padre
En el Evangelio, Tomás expresa la duda que muchos de nosotros sentimos: «Señor, no sabemos adónde vas; ¿cómo podemos saber el camino?» (Jn 14,5, NVI). La respuesta de Jesús es clara: Él mismo es el camino. No se trata de un mapa o de un conjunto de reglas, sino de una Persona viva. Seguir a Jesús significa imitarlo en su obediencia al Padre y en su amor sacrificial.
Como cristianos, a menudo buscamos dirección en filosofías, religiones o en nuestro propio entendimiento. Sin embargo, Jesús nos recuerda que el único acceso al Padre es por medio de Él. Esto no es exclusivismo arrogante, sino una verdad liberadora: en Cristo encontramos el sentido último de la vida. La resurrección garantiza que este camino no termina en la muerte, sino en la vida eterna.
La Iglesia, como cuerpo de Cristo, es llamada a ser ese camino para el mundo. Cada comunidad local debe reflejar el amor de Dios, acogiendo a los que buscan esperanza. En tiempos de incertidumbre, la figura del Papa León XIV, elegido en mayo de 2025, nos recuerda que la Iglesia sigue siendo guiada por el Espíritu Santo, incluso después de la muerte del Papa Francisco en abril de 2025. La sucesión apostólica es una señal de la continuidad de la fe.
La Verdad que nos Liberta
Jesús no es solo el camino, sino también la verdad. En un mundo posmoderno que relativiza la verdad, la Palabra de Dios permanece firme. La verdad de Cristo no es una idea abstracta, sino una realidad que transforma vidas. El apóstol Pedro, en su primera carta (1 P 2,4-9), describe a los cristianos como «piedras vivas» que están siendo edificados como casa espiritual. Esta verdad nos da identidad y propósito.
Cuando nos dejamos moldear por la verdad de Cristo, somos liberados del pecado y la mentira. La Iglesia primitiva, incluso perseguida, dio testimonio de esta verdad con valentía. Hoy, somos desafiados a vivir con integridad, rechazando falsas doctrinas y prácticas que contradicen el Evangelio.
La Vida que Florece de la Muerte
Finalmente, Jesús es la vida. La resurrección no es solo un evento pasado, sino una realidad presente. El poder que resucitó a Jesús está disponible para nosotros, dándonos vida abundante. En el Evangelio, Jesús promete: «El que cree en mí hará también las obras que yo hago; y hará otras aún mayores» (Jn 14,12, NVI). Esto nos capacita para ser agentes de transformación.
La vida cristiana no se limita a ritos y tradiciones; se expresa en amor concreto. La lectura de los Hechos nos muestra que la Iglesia crecía a medida que servía. La elección de los diáconos fue una respuesta práctica a las necesidades de la comunidad. Así, la vida de resurrección se manifiesta en acciones de misericordia, justicia y paz.
Para nosotros hoy, esto significa cuidar de los pobres, los enfermos y los marginados. La fe
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