En un mundo cada vez más interconectado, la noticia de un cristiano convertido del islam, acusado de terrorismo y torturado, nos interpela profundamente. Mientras en algunos países occidentales se multiplican los gestos de apertura hacia el islam –como obispos que desean un buen Ramadán o parroquias que ofrecen espacios para la oración musulmana–, en otras partes del mundo la fe cristiana se paga con la cárcel y la violencia. Este contraste no puede dejarnos indiferentes.
Como comunidad cristiana, estamos llamados a vivir el diálogo interreligioso con respeto y caridad, pero también a no olvidar a nuestros hermanos y hermanas que sufren a causa de su fe. La Iglesia, desde los primeros siglos, ha conocido el martirio. Hoy, según organizaciones como Open Doors, más de 360 millones de cristianos en el mundo viven en situaciones de persecución.
El diálogo auténtico no calla la verdad
El diálogo interreligioso es un compromiso valioso querido por el Concilio Vaticano II y llevado adelante por muchos pastores. Sin embargo, un diálogo que no reconoce las diferencias y las dificultades corre el riesgo de volverse superficial. Jesús mismo nos enseñó a amar al prójimo, pero también a no ocultar la verdad:
«Si el mundo los odia, sepan que antes que a ustedes me ha odiado a mí» (Juan 15:18, NVI).
No se trata de cerrarse al encuentro con el otro, sino de hacerlo con sabiduría, sin ingenuidad. El Señor nos llama a ser «astutos como serpientes y sencillos como palomas» (Mateo 10:16). En muchos países de mayoría islámica, la conversión al cristianismo se considera un crimen castigado con la muerte. Esto no es un detalle que deba pasarse por alto en el diálogo.
La situación en Egipto y el mundo islámico
A menudo se considera a Egipto un país laico y moderado, pero la realidad para los cristianos coptos es compleja. Son frecuentes los episodios de violencia sectaria, discriminación y limitaciones a la libertad religiosa. Said, el cristiano convertido mencionado en el artículo original, es solo uno de tantos. Su historia nos recuerda que la fe puede tener un costo muy alto.
Según el informe 2025 de la Comisión de Estados Unidos para la Libertad Religiosa Internacional, muchos países islámicos no garantizan la libertad de cambiar de religión. En algunos, la apostasía se castiga con la pena de muerte. Esto no justifica generalizaciones sobre el islam, pero impone una evaluación honesta de las situaciones locales.
La responsabilidad de la Iglesia y de los cristianos occidentales
Como cristianos en Occidente, tenemos el deber de alzar la voz por quienes no tienen voz. El silencio puede ser cómplice. San Pablo nos exhorta: «Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran» (Romanos 12:15). La solidaridad no es solo espiritual, sino también práctica: podemos orar, sensibilizar a nuestras comunidades, apoyar a organizaciones que ayudan a los cristianos perseguidos.
Al mismo tiempo, no debemos caer en actitudes de hostilidad hacia los musulmanes que viven entre nosotros. Muchos de ellos son inmigrantes en busca de una vida mejor y a menudo comparten valores de familia y fe. El diálogo sincero requiere distinguir entre el islam como religión y las interpretaciones extremistas que se hacen de él.
Iniciativas de diálogo que respetan la verdad
Existen ejemplos positivos de diálogo interreligioso que no ocultan las dificultades. En algunas diócesis, cristianos y musulmanes se reúnen para conocerse mejor, orar por la paz y colaborar en obras de caridad. Pero estas iniciativas nunca deben llevar a negar la propia identidad ni a minimizar las persecuciones.
El papa Francisco, en su pontificado, subrayó repetidamente la importancia del diálogo, pero también denunció las persecuciones. Tras su fallecimiento, el papa León XIV ha continuado en esta línea, reiterando que la libertad religiosa es un derecho fundamental. En su encíclica
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