En el sur del Líbano, a solo dos kilómetros de la frontera con Israel, existía un pequeño pueblo llamado Yarun. Allí, trece familias cristianas vivían en paz, compartiendo la vida con sus vecinos musulmanes. Pero hoy, Yarun ya no existe. Las imágenes satelitales muestran solo escombros: donde antes había casas, una iglesia, un monasterio y una escuela católica, ahora solo hay un mar de ruinas. El ejército israelí arrasó por completo la aldea, y sus habitantes fueron expulsados sin poder llevarse ni un recuerdo.
María De León Menéndez, originaria de Guatemala, llegó a Yarun en 2009 huyendo de la violencia de las pandillas. Allí encontró refugio y formó una familia. Pero tras los ataques de Hamás en octubre de 2023, la aldea quedó atrapada en el fuego cruzado entre Hezbolá y el ejército israelí. Cincuenta familias cristianas y cincuenta musulmanas huyeron en medio del terror. María recuerda: «Fue un año y medio de vagar. Algunos se refugiaron en Beirut, otros se quedaron cerca y otros llegaron hasta el norte del Líbano».
En marzo de 2025, María y otras doce familias cristianas reunieron valor para regresar. Pero no duró mucho. Exactamente un año después, otro conflicto estalló, y una orden de evacuación inmediata los obligó a huir de nuevo. Al amanecer del 3 de marzo, las bombas cayeron sobre su edificio vecino. María tuvo apenas minutos para escapar. «No encendí la luz. Y me arrepiento cada día», dice. «Tenía miedo de que si encendía la luz, llamaría la atención del ejército israelí. Solo agarré mis papeles, porque no había tiempo para nada más, y me fui, echando un último vistazo a la casa donde había vivido con mi familia durante más de quince años. Y aun así, sentí que, a diferencia de la última vez, no volveríamos…»
El éxodo de los cristianos en Oriente Medio
La historia de Yarun no es un caso aislado. Los cristianos en Oriente Medio han sido desplazados y perseguidos durante décadas. Desde la guerra civil en Siria hasta el avance del Estado Islámico en Irak, comunidades enteras han tenido que abandonar sus hogares. El Líbano, que alguna vez tuvo una población cristiana significativa, ha visto cómo muchos de sus fieles emigran en busca de seguridad. Según organizaciones humanitarias, más de la mitad de los cristianos libaneses han abandonado el país en los últimos treinta años.
La situación actual agrava esta tendencia. Las familias desplazadas de Yarun ahora viven en Rmeish, un pueblo a cinco kilómetros al norte, donde también hay operaciones israelíes, pero la situación es tolerable. Sin embargo, la incertidumbre es constante. «La gente no quiere huir; dicen que esta es su tierra ancestral», explica María. Pero el miedo y la violencia los obligan a moverse una y otra vez.
¿Qué dice la Biblia sobre el desplazamiento?
La Biblia está llena de historias de personas que tuvieron que dejar sus hogares por la guerra o la persecución. Abraham fue llamado a salir de su tierra (Génesis 12:1). El pueblo de Israel vivió el éxodo de Egipto. Y Jesús mismo fue un refugiado cuando sus padres huyeron a Egipto para escapar de Herodes (Mateo 2:13-15). Estas historias nos recuerdan que Dios camina con los desplazados y los refugiados, y que como comunidad cristiana, estamos llamados a acogerlos y consolarlos.
«No oprimirás al extranjero, porque vosotros conocéis el corazón del extranjero, ya que fuisteis extranjeros en la tierra de Egipto.» (Éxodo 23:9, RVR1960)
Este versículo nos desafía a recordar nuestra propia historia de desplazamiento y a tratar a los que huyen con compasión y justicia. En un mundo donde las fronteras se cierran y los refugiados son vistos con sospecha, los cristianos debemos ser los primeros en abrir las puertas.
Una reflexión para hoy
La historia de María y de Yarun nos confronta con la fragilidad de la vida y la paz. Nos invita a orar por los que sufren y a actuar en solidaridad. ¿Qué podemos hacer desde donde estamos? Podemos informarnos, apoyar a organizaciones que ayudan a desplazados, y sobre todo, no olvidar. El apóstol Pablo nos anima: «Lloren con los que lloran» (Romanos 12:15, NVI). Que nuestro corazón se quebrante por el dolor de nuestros hermanos y hermanas en el Líbano, y que busquemos ser instrumentos de paz en un mundo roto.
Te invitamos a reflexionar: ¿Cómo puedes ser una voz para los que no tienen voz? ¿Cómo puedes contribuir a que comunidades como Yarun no sean olvidadas? La fe sin obras está muerta (Santiago 2:17). Hoy, más que nunca, es tiempo de actuar.
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