En nuestra sociedad italiana, cada vez más multicultural, surge un desafío pastoral de especial delicadeza: acompañar a los adultos mayores migrantes que enfrentan el camino de la demencia. Estos hermanos y hermanas, que a menudo llegaron a nuestro país en busca de esperanza, ahora se enfrentan a una fragilidad que los hace doblemente vulnerables. No solo por la enfermedad que nubla los recuerdos, sino también por las barreras lingüísticas y culturales que pueden aislarlos aún más.
Las estadísticas nos hablan de decenas de miles de personas en esta condición, con servicios que luchan por responder adecuadamente. Solo un pequeño porcentaje de centros especializados cuenta con material informativo en varios idiomas o con mediadores culturales. Este escenario nos interpela profundamente como comunidad cristiana, llamada a ver en cada rostro la imagen de Dios.
La mirada de Jesús sobre los más frágiles
En el Evangelio, Jesús nos muestra repetidamente una predilección especial por quienes están al margen, por quienes sufren, por quienes son olvidados. La parábola del Buen Samaritano (Lucas 10,25-37) nos ofrece un modelo claro de cómo debemos abordar estas situaciones: no con indiferencia, sino deteniéndonos, inclinándonos, cuidando.
«¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los ladrones?». Él respondió: «El que tuvo misericordia de él». Entonces Jesús le dijo: «Ve y haz tú lo mismo» (Lucas 10,36-37).
Estas palabras no son una simple invitación a la generosidad, sino un imperativo que toca el corazón de nuestra identidad como discípulos. Ser "prójimo" significa reconocer en el otro, especialmente en el más frágil, a un hermano o una hermana a quien amar como a nosotros mismos.
Las barreras por superar
Las dificultades que enfrentan los adultos mayores migrantes con trastornos cognitivos son múltiples:
- La barrera lingüística, que impide una comunicación efectiva con médicos y cuidadores
- La distancia cultural, que dificulta comprender necesidades y expectativas
- La fragilidad de las redes familiares, a menudo ya afectadas por las migraciones
- La falta de servicios específicamente diseñados para esta realidad
Frente a estos desafíos, la comunidad cristiana está llamada a ser creativa para encontrar respuestas. No se trata simplemente de proporcionar servicios, sino de construir relaciones auténticas, capaces de acompañar a estas personas en su camino de enfermedad.
Hacia un enfoque integral
Como señalan los expertos, se necesita un enfoque multidisciplinario que involucre diferentes competencias y sensibilidades. La comunidad eclesial también puede contribuir significativamente:
- Formando voluntarios capaces de acompañar con competencia y sensibilidad
- Creando redes de apoyo entre familias en la misma situación
- Colaborando con las instituciones para desarrollar caminos más inclusivos
- Promoviendo una cultura de acogida en nuestras parroquias y comunidades
El Papa Francisco, en su encíclica Fratelli tutti, nos recuerda que «nadie se salva solo» (FT, 32). Esta verdad resuena con especial fuerza cuando pensamos en quienes, debido a la demencia, pierden progresivamente la capacidad de cuidar de sí mismos.
La memoria que no se pierde
En la demencia, los recuerdos terrenales pueden desvanecerse, pero hay una memoria más profunda que permanece: la del amor de Dios. El Salmo 139 nos recuerda que somos conocidos por Dios desde el vientre materno, y este conocimiento amoroso no disminuye ni siquiera cuando nuestra mente se nubla.
«Tú creaste mis entrañas; me formaste en el vientre de mi madre. ¡Te alabo porque soy una creación admirable! ¡Tus obras son maravillosas, y esto lo sé muy bien!» (Salmo 139,13-14).
Esta verdad nos da una perspectiva diferente sobre la demencia: no como una simple pérdida, sino como una oportunidad para redescubrir la dignidad fundamental de cada persona, creada a imagen de Dios. Acompañar a estos hermanos y hermanas es, en última instancia, un acto de fe: creer que, incluso cuando las palabras faltan, el amor permanece.
Como comunidad cristiana, estamos llamados a ser testigos de esta verdad, ofreciendo no solo cuidados, sino también compañía, respeto y, sobre todo, amor. En cada gesto de atención, en cada palabra de consuelo, en cada momento de paciencia, estamos respondiendo al llamado de Jesús: «Lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mateo 25,40).
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