La paz que sana heridas: El llamado de la Pascua en tiempos de conflicto

Fuente: EncuentraIglesias Editorial

En estos días de Pascua, donde celebramos la victoria de la vida sobre la muerte, las palabras del Evangelio de Juan resuenan con especial fuerza. Recordamos aquel momento en que los discípulos, llenos de temor después de la crucifixión, se encerraron por miedo a las autoridades. El texto nos dice: "Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: 'La paz esté con ustedes'" (Juan 20:19, NVI).

La paz que sana heridas: El llamado de la Pascua en tiempos de conflicto

La paz que traspasa barreras

Jesús no esperó a que sus seguidores superaran sus miedos para presentarse. Él llegó precisamente cuando estaban más vulnerables, cuando las puertas estaban cerradas no solo físicamente, sino en sus corazones. Su saludo de paz no fue un simple deseo cortés; fue una declaración poderosa que cambió la atmósfera de aquel lugar.

Hoy, muchos de nosotros también vivimos con puertas cerradas. Puertas de desconfianza, de rencor, de aislamiento. En un mundo donde las noticias suelen hablar de conflictos, divisiones y violencia, podemos sentir la tentación de encerrarnos, de protegernos de un entorno que parece hostil. Pero el mensaje pascual nos recuerda que Cristo resucitado tiene la capacidad de traspasar cualquier barrera que levantemos.

"La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se angustien ni se acobarden" (Juan 14:27, NVI).

La violencia: el camino de los que no creen en el diálogo

En nuestras sociedades latinoamericanas, donde tantas veces hemos visto cómo los conflictos se resuelven con agresión, las palabras de Jesús sobre la paz adquieren una urgencia particular. Cuando optamos por la violencia —ya sea en nuestras palabras, actitudes o acciones— estamos eligiendo el camino más fácil, el que requiere menos creatividad, menos paciencia, menos fe en el poder del diálogo y la comprensión.

La violencia domestica nuestra capacidad de ver al otro como hermano. Nos acostumbramos a descalificar antes de escuchar, a atacar antes de comprender. Y esto sucede no solo en los grandes conflictos internacionales, sino en nuestro día a día: en las familias que se dividen por rencores antiguos, en las comunidades que se fragmentan por diferencias políticas, en las iglesias donde prevalecen los juicios severos sobre la misericordia.

El testimonio de una comunidad que se ama

Los primeros cristianos entendieron algo fundamental: la resurrección de Jesús no era solo un evento del pasado, sino una realidad transformadora que debía evidenciarse en sus vidas. El libro de los Hechos nos describe una comunidad marcada por la unidad: "Todos los creyentes estaban juntos y tenían todo en común" (Hechos 2:44, RVR1960).

Lo más impactante era que su testimonio no se limitaba a palabras. Tertuliano, escritor cristiano del siglo II, registró cómo los paganos observaban a los primeros cristianos y exclamaban: "¡Mirad cómo se aman!" Este amor visible, práctico, que trascendía diferencias sociales y culturales, era el mayor testimonio de la resurrección.

Hoy tenemos el mismo desafío: ser comunidades donde el amor no sea solo un discurso, sino una realidad tangible. Donde las heridas —propias y ajenas— encuentren sanación en lugar de rechazo. Donde los conflictos se aborden con la sabiduría del que perdona setenta veces siete, como nos enseñó Jesús (Mateo 18:22).

El gozo: no opcional, sino esencial

En medio de un mundo que a menudo parece dominado por la tristeza y el pesimismo, los cristianos estamos llamados a ser portadores de un gozo que no depende de las circunstancias. No se trata de una felicidad superficial que ignora el dolor ajeno, sino de una alegría profunda que brota de la certeza de que Cristo ha vencido al mundo.

El apóstol Pablo, escribiendo desde la prisión, nos dejó estas palabras sorprendentes: "Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense!" (Filipenses 4:4, NVI). ¿Cómo podía hablar de alegría desde una cárcel? Porque había descubierto que el gozo cristiano no es un "extra" para los días buenos, sino el aire que respiramos cuando sabemos que estamos en las manos de Dios.

Este gozo tiene un poder testimonial extraordinario. Cuando enfrentamos dificultades con serenidad, cuando perdonamos lo imperdonable, cuando mantenemos la esperanza en medio del caos, estamos mostrando al mundo que hay una fuente de fortaleza que va más allá de nuestras capacidades humanas.

El sanador herido

Uno de los detalles más conmovedores del encuentro de Jesús con sus discípulos después de la resurrección es que mostró sus heridas. No llegó con un cuerpo perfecto, sin marcas del sufrimiento. Llegó con las señales de la cruz aún visibles, pero transformadas: ya no eran signos de derrota, sino de victoria.

Esto nos habla profundamente a nosotros, que llevamos nuestras propias heridas. A veces podemos pensar que para servir a Dios necesitamos estar "completos", sin dolores ni cicatrices. Pero el ejemplo de Jesús nos muestra que nuestras heridas, cuando las ponemos en sus manos, pueden convertirse en lugares de encuentro con otros que sufren, en fuentes de compasión auténtica.

El profeta Isaías ya había anunciado esta verdad siglos antes: "Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas hemos sido sanados" (Isaías 53:5, NVI).

Un llamado práctico para hoy

¿Cómo vivimos esta paz pascual en nuestro contexto actual? Te propongo tres caminos concretos:

  1. Practica el diálogo antes del juicio: Cuando surjan diferencias con alguien —en tu familia, trabajo o comunidad eclesial— haz el esfuerzo de escuchar antes de concluir. Pregunta: "¿Puedes ayudarme a entender tu perspectiva?" Este simple acto puede prevenir muchos conflictos.
  2. Transforma tu lenguaje: Observa cómo hablas de los demás, especialmente de aquellos con quienes no estás de acuerdo. ¿Tus palabras construyen puentes o levantan muros? Recuerda que "de la abundancia del corazón habla la boca" (Lucas 6:45, RVR1960).
  3. Busca espacios de reconciliación: ¿Hay alguna relación dañada en tu vida que necesita sanación? Ora por la valentía para dar el primer paso hacia la reconciliación, aunque no tengas la seguridad de cómo será recibido tu gesto.

La paz que Jesús nos ofrece no es la ausencia de conflictos, sino la presencia transformadora de Dios en medio de ellos. Es una paz que sana heridas, que abre puertas cerradas, que convierte a los mediocres —tentados siempre por el camino fácil de la violencia— en artesanos pacientes de la reconciliación.

En estos días de Pascua, mientras recordamos que Cristo venció a la muerte, renovemos nuestro compromiso de ser portadores de su paz. Una paz que no guardamos para nosotros, sino que compartimos generosamente, sabiendo que en cada gesto de comprensión, en cada palabra de perdón, en cada acto de reconciliación, estamos haciendo visible el poder de la resurrección aquí y ahora.


¿Te gustó este artículo?

Comentarios

← Volver a Fe y Vida Más en Actualidad Cristiana