En la audiencia general del miércoles 6 de mayo, el Papa León XIV ofreció una profunda reflexión sobre la naturaleza escatológica de la Iglesia, como se describe en el capítulo VII de la constitución conciliar Lumen gentium. El Pontífice recordó que la comunidad cristiana está llamada a vivir en la historia sin perder de vista la meta final: el Reino de Dios. Una perspectiva, observó, que corre el riesgo de ser descuidada cuando uno se enfoca solo en las dinámicas inmediatas de la vida eclesial. Sin embargo, es precisamente de la promesa final de donde la Iglesia obtiene el sentido de su actuar en el tiempo presente.
El Papa subrayó cómo el pueblo de Dios se encuentra suspendido entre el "ya" y el "todavía no" del Reino: ya inaugurado por Jesucristo, pero aún no plenamente realizado. En esta tensión, la Iglesia está llamada a ser signo e instrumento de salvación, anunciando la buena noticia y testimoniando el amor de Dios a través de las obras de misericordia. "No estamos llamados a construir el Reino con nuestras propias fuerzas", dijo el Papa, "sino a cooperar con la gracia de Dios, sembrando esperanza y justicia en un mundo herido".
Una tarea profética: denunciar el mal y defender a los pobres
De esta identidad escatológica surge una misión profética. La Iglesia, afirmó el Papa, "está investida de la misión de pronunciar palabras claras para rechazar todo lo que mortifica la vida" y de "tomar partido a favor de los pobres, los explotados, las víctimas de la violencia y la guerra, y de todos aquellos que sufren, en el cuerpo y en el espíritu". Un llamado fuerte y actual, que interpela a cada creyente a no permanecer indiferente ante las injusticias de nuestro tiempo.
El Pontífice advirtió sobre el riesgo de una Iglesia ensimismada, que se anuncia a sí misma en lugar de anunciar a Cristo. "La Iglesia no se anuncia a sí misma, sino la salvación en Cristo", reiteró, exhortando a la humildad y al servicio. Un mensaje que resuena con las palabras del profeta Isaías: "Yo soy el Señor; ese es mi nombre; no daré mi gloria a otro" (Isaías 42:8).
La dimensión social de la esperanza cristiana
La esperanza cristiana no es una evasión de la realidad, sino una fuerza que impulsa al compromiso concreto para transformar el mundo. El Papa citó el Concilio Vaticano II, que en la Gaudium et spes afirma: "Las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de hoy, sobre todo de los pobres y de todos aquellos que sufren, son también las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo" (GS 1).
León XIV invitó entonces a los fieles a no separar la fe de la vida cotidiana, sino a dejarse guiar por el Espíritu Santo para ser levadura de fraternidad y de paz. "La Iglesia es custodia de una esperanza que ilumina el camino", dijo, "y esta esperanza nos impulsa a construir puentes, a curar heridas, a defender la dignidad de cada persona".
La reforma de las estructuras y la denuncia del pecado social
El Papa no dudó en hablar de "reforma de las estructuras" que perpetúan injusticias y desigualdades. "No basta la caridad individual", explicó, "sino que se necesita también un compromiso para cambiar las instituciones y las leyes que oprimen a los pobres y a los débiles". Un tema querido por la doctrina social de la Iglesia, que recuerda la necesidad de una conversión no solo personal sino también estructural.
"La Iglesia debe ser la voz de los que no tienen voz", continuó el Pontífice, "y denunciar con valentía las lógicas de muerte que generan guerras, explotación e indiferencia". Un llamado que resuena con las palabras del profeta Amós: "Corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo" (Amós 5:24).
El papel de los laicos en la construcción del Reino
En esta misión, los laicos tienen un papel insustituible. El Papa recordó que están llamados a vivir su fe en medio del mundo, siendo testigos del Evangelio en la familia, el trabajo y la sociedad. "Ustedes son la levadura en la masa", dijo, "llamados a transformar la realidad desde adentro, con la fuerza del amor de Dios". Un llamado a no delegar la responsabilidad de anunciar a Cristo solo a los sacerdotes y religiosos, sino a asumir cada uno su parte en la construcción del Reino.
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