La historia de la Ascensión del Señor es uno de esos relatos que, aunque lo escuchamos año tras año, siempre guarda detalles que nos invitan a reflexionar. En el evangelio de Mateo, el encuentro final de Jesús resucitado con sus discípulos no ocurre en Jerusalén, como muchos esperarían, sino en una montaña de Galilea. ¿Por qué Galilea? ¿Qué mensaje escondido tiene esta elección geográfica para nosotros hoy?
Para entenderlo, primero debemos recordar que Galilea era una región periférica, lejos del centro religioso y político de Jerusalén. Era tierra de pescadores, campesinos y gente sencilla. Allí Jesús comenzó su ministerio, llamó a sus primeros discípulos y realizó la mayoría de sus milagros. Al regresar a Galilea después de la resurrección, Jesús está cerrando un círculo: el mismo lugar donde empezó todo es ahora el escenario de su despedida terrenal.
Este detalle no es casual. Nos dice que la misión de Jesús no se limitó a un templo o una ciudad santa, sino que abarca toda la vida cotidiana. Dios se revela en lo simple, en lo familiar, en los lugares que consideramos comunes. Galilea nos recuerda que la fe no se vive solo en los espacios sagrados, sino en el día a día, en el trabajo, en el hogar.
La autoridad universal de Cristo
En el relato de Mateo, Jesús declara: «Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra» (Mateo 28:18, NVI). Esta afirmación es clave para entender la Ascensión. Jesús ya no está limitado por el espacio o el tiempo; su señorío se extiende sobre toda la creación. Por eso, el lugar del encuentro es una montaña, símbolo bíblico de cercanía con Dios y de revelación.
Al elegir Galilea, Jesús rompe con la idea de que la salvación está atada a un lugar físico. El Templo de Jerusalén, aunque importante, ya no es el único centro de adoración. Ahora, el verdadero templo es el corazón de cada creyente, y la presencia de Jesús se experimenta en cualquier rincón del mundo.
Este mensaje es liberador para nosotros. Significa que no necesitamos viajar a un lugar sagrado para encontrarnos con Dios. Él está presente en nuestra sala de estar, en nuestro lugar de trabajo, en el parque donde paseamos. La Ascensión nos invita a reconocer que Cristo reina desde el cielo, pero su poder se manifiesta en cada rincón de la tierra.
La misión comienza en la periferia
Otro aspecto fascinante es que Jesús envía a sus discípulos desde Galilea a predicar a todas las naciones. No desde Jerusalén, el centro del poder religioso, sino desde la periferia. Esto nos enseña que la iglesia no debe encerrarse en sus estructuras, sino salir al encuentro de los que están lejos. La misión cristiana es inclusiva, universal, y comienza donde menos lo esperamos.
Para los primeros cristianos, Galilea representaba la tierra de los gentiles, un lugar donde convivían judíos y no judíos. Al elegir ese punto de partida, Jesús deja claro que el evangelio es para todos, sin distinción de raza, cultura o condición social. La Ascensión no es un final, sino un nuevo comienzo: el inicio de la misión de la iglesia.
Hoy, nosotros somos herederos de esa misión. Así como los discípulos recibieron el encargo de ir y hacer discípulos, nosotros estamos llamados a compartir el amor de Cristo en nuestros entornos. No hace falta ser un experto en teología; basta con vivir la fe con autenticidad y ofrecer una palabra de esperanza a quien la necesita.
¿Qué significa la Ascensión para nuestra vida diaria?
La Ascensión del Señor nos recuerda que Jesús no nos ha dejado solos. Aunque su presencia visible se haya ido, su Espíritu permanece con nosotros. En Hechos de los Apóstoles, los ángeles preguntan a los discípulos: «¿Por qué se quedan mirando al cielo?» (Hechos 1:11, NVI). Es una invitación a dejar de mirar hacia arriba y comenzar a actuar aquí en la tierra.
Esta fiesta nos impulsa a ser testigos de la resurrección en nuestro mundo. Significa llevar esperanza a los que sufren, consuelo a los tristes, justicia a los oprimidos. La Ascensión no es una excusa para evadir la realidad, sino un llamado a transformarla con el poder del evangelio.
En nuestra vida personal, podemos preguntarnos: ¿Estamos viviendo como ciudadanos del cielo mientras caminamos en la tierra? ¿Nuestras acciones reflejan la autoridad de Cristo? La Ascensión nos desafía a vivir con una perspectiva eterna, pero con los pies firmes en el suelo, sirviendo a los demás.
Reflexión final: Una invitación a la acción
Querido amigo, la Ascensión del Señor es una celebración llena de esperanza. Jesús sube al cielo, pero nos deja una misión clara: ser sus testigos hasta los confines de la tierra. Galilea nos enseña que no importa de dónde venimos ni cuán pequeños nos sintamos; Dios puede usarnos para llevar su amor a todos.
Te invito a que esta semana reflexiones sobre tu propio «Galilea». ¿Cuál es ese lugar o situación donde Dios te está llamando a ser luz? Puede ser tu familia, tu trabajo, tu comunidad. No subestimes el poder de un gesto de bondad o una palabra de aliento. La Ascensión nos recuerda que, aunque Jesús está en el cielo, su obra continúa a través de nosotros.
«Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.» (Mateo 28:19-20, NVI)
Que esta promesa te llene de confianza y te motive a seguir adelante. La Ascensión no es un adiós, sino un «hasta luego» que nos impulsa a vivir con propósito y esperanza.
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