Autismo y fe: cuando la diferencia es un don en la iglesia

Fuente: EncuentraIglesias Editorial

Durante muchos años, sentí que había algo en mí que no terminaba de encajar. Crecí en una comunidad de fe donde todo parecía tener un molde claro: la forma de alabar, de orar, de compartir. Para la mayoría, eso era natural. Para mí, era como intentar respirar bajo el agua. Amaba a Dios, pero los espacios donde se suponía que debía encontrarlo me resultaban abrumadores.

Autismo y fe: cuando la diferencia es un don en la iglesia

Las luces brillantes, los sonidos que se mezclaban, las conversaciones simultáneas, el contacto físico constante. Todo llegaba al mismo tiempo, como una avalancha que no podía detener. Mientras otros se conectaban, yo luchaba por no colapsar. Y aunque participaba, sonreía y respondía, por dentro sostenía un esfuerzo invisible que solo yo conocía.

No fue hasta los 41 años que recibí el diagnóstico de autismo. Ese momento no cambió quién era, pero me dio un mapa para entender mi historia. Comprendí que no se trataba de incapacidad, sino de una forma diferente de percibir el mundo. Y también entendí que la iglesia, muchas veces, no está preparada para recibir esa diferencia.

El desafío de ser autista en la iglesia

La iglesia es un lugar de encuentro, pero también puede ser un entorno sensorialmente complejo. Para una persona autista, los estímulos que para otros pasan desapercibidos pueden ser una fuente constante de estrés. El ruido de los niños, el eco del micrófono, las luces parpadeantes, el olor a incienso o a café, el roce de las personas al sentarse. Todo se acumula.

Además, están las expectativas sociales: saludar con un abrazo, mantener contacto visual, participar en conversaciones grupales, levantar las manos durante la alabanza. Son gestos que para muchos son espontáneos, pero para una persona autista pueden requerir un esfuerzo enorme. Y cuando no se logran, a menudo se malinterpretan como frialdad, desinterés o falta de fe.

La Biblia nos recuerda que Dios mira el corazón, no las apariencias. En 1 Samuel 16:7 leemos: «Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón» (RVR1960). Sin embargo, en la práctica, la iglesia a veces juzga por lo externo. Esa brecha entre la teología y la experiencia real es una herida que muchos creyentes autistas llevan en silencio.

La sobrecarga sensorial en el culto

Uno de los mayores desafíos es la sobrecarga sensorial. Durante un servicio, la información llega por todos los canales: visual, auditivo, táctil, incluso olfativo. Para una persona autista, procesar todo eso simultáneamente puede ser agotador. A veces, la única salida es retirarse, pero eso puede verse como falta de compromiso.

No se trata de no querer estar, sino de no poder soportar la intensidad del ambiente. Jesús mismo se retiraba a lugares tranquilos para orar (Lucas 5:16). Si el Señor necesitaba silencio, ¿por qué la iglesia insiste en llenar cada espacio de ruido y actividad?

Lecciones que el autismo le da a la iglesia

El autismo no es solo un desafío; también es una oportunidad para que la iglesia aprenda a ser más inclusiva, más paciente y más creativa. Las personas autistas tienen dones únicos: honestidad radical, atención al detalle, capacidad de concentración profunda, lealtad inquebrantable. Estos dones pueden enriquecer enormemente la vida comunitaria.

Pablo nos enseña que el cuerpo de Cristo está formado por miembros diversos, y que cada uno es necesario (1 Corintios 12:12-27). La diferencia no es un error, sino un diseño intencional. Cuando la iglesia excluye o ignora a quienes son diferentes, se empobrece a sí misma.

Pequeños cambios, grandes impactos

Hay ajustes sencillos que pueden hacer una gran diferencia: ofrecer espacios de silencio durante el culto, permitir que las personas se sienten donde se sientan más cómodas, no obligar al contacto físico, usar iluminación más tenue, reducir el volumen del sonido, y tener un lugar tranquilo disponible para quienes necesiten un descanso.

También es importante educar a la congregación sobre el autismo, para que los gestos de una persona autista no se malinterpreten. Una predicadora autista que no mira a los ojos no está siendo deshonesta; está procesando la información de otra manera. Un joven que se balancea durante la alabanza no está distraído; está regulando su sistema nervioso para poder concentrarse.

Dios habla en el silencio

Una de las lecciones más valiosas que he aprendido es que el silencio también predica. En una cultura eclesial que valora la elocuencia, la música fuerte y las manifestaciones emotivas, el silencio puede parecer vacío. Pero para muchos autistas, el silencio es el espacio donde Dios habla con más claridad.

El profeta Elías experimentó a Dios no en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en un «silbo apacible y delicado» (1 Reyes 19:12). Ese susurro solo se escucha cuando hay silencio. La iglesia necesita recuperar espacios de quietud donde las personas con procesamiento sensorial diferente puedan encontrar a Dios a su manera.

Una invitación a la empatía

Si eres líder de iglesia, te invito a preguntarte: ¿cómo pueden los servicios ser más accesibles para quienes piensan y sienten distinto? Si eres miembro de una congregación, te animo a acercarte a quienes parecen diferentes, no para corregirlos, sino para conocerlos. A veces, el mayor acto de amor es simplemente creerle a alguien cuando dice que está abrumado.

Y si eres una persona autista que ama a Dios, quiero decirte: no estás sola. Tu forma de experimentar la fe es válida. Dios no te hizo por error. Él te conoce íntimamente y te ama tal como eres. El Salmo 139:14 dice: «Te alabo porque soy una creación admirable; tus obras son maravillosas, y esto lo sé muy bien» (NVI).

Que la iglesia aprenda a celebrar la neurodiversidad como un reflejo de la creatividad de Dios. Que el silencio sea bienvenido. Que la diferencia sea vista como un don. Y que todos, sin excepción, encontremos un lugar donde podamos decir: «Aquí puedo ser yo, y puedo encontrar a Dios».

«Más bien, Dios ha dispuesto los miembros del cuerpo, cada uno de ellos, como a él le agradó. Si todos fueran un solo miembro, ¿qué sería del cuerpo?» (1 Corintios 12:18-19, NVI)

¿Te gustó este artículo?

Comentarios

Preguntas frecuentes

¿Qué dice la Biblia sobre las personas con autismo?
La Biblia no menciona específicamente el autismo, pero enseña que todos somos creados por Dios y que cada persona tiene un lugar en el cuerpo de Cristo (1 Corintios 12). Dios valora a cada individuo y nos llama a amarnos unos a otros, incluyendo a quienes son diferentes.
¿Cómo puede la iglesia ser más inclusiva con personas autistas?
La iglesia puede hacer ajustes como reducir el ruido y las luces, ofrecer espacios tranquilos, no obligar al contacto físico, educar a la congregación sobre el autismo, y permitir formas alternativas de participación. Lo más importante es tener una actitud de escucha y empatía.
¿Puede una persona autista tener una vida de fe plena?
Sí, absolutamente. El autismo no limita la capacidad de amar a Dios o de tener una relación personal con Él. Muchas personas autistas tienen una fe profunda y auténtica, aunque la expresen de manera diferente. La iglesia debe crear espacios donde todos puedan conectarse con Dios a su manera.
← Volver a Fe y Vida Más en Cultura y Sociedad