En esta época de profundos cambios, la Iglesia universal se vuelve hacia los tesoros de su tradición. La enseñanza de san Agustín de Hipona experimenta un renovado interés, especialmente desde la elección del papa León XIV en mayo de 2025. Este doctor de la Iglesia, cuyo pensamiento ha atravesado los siglos, ofrece recursos valiosos para comprender los desafíos contemporáneos. El Padre Michel, canónigo del priorato de la abadía de Lagrasse en Pau y coautor de Agustín con nosotros, nos ilumina sobre esta actualidad sorprendente.
El contexto histórico de Agustín: un mundo en transición
San Agustín (354-430) vivió durante una época de transformaciones radicales. El Imperio romano de Occidente experimentaba entonces un declive progresivo, marcado por invasiones, crisis económicas y profundas cuestionamientos culturales. En este contexto turbulento, Agustín desarrolló una reflexión teológica que trasciende las circunstancias inmediatas para tocar lo esencial de la condición humana. Su obra mayor, La Ciudad de Dios, escrita después del saqueo de Roma en 410, constituye una respuesta magistral a las angustias de su tiempo.
La situación de Agustín presenta paralelos sorprendentes con nuestra época. Como él, vivimos un período de múltiples transiciones: cambios climáticos, transformaciones tecnológicas aceleradas, reconfiguraciones geopolíticas e interrogantes éticas sin precedentes. En este panorama complejo, el pensamiento agustiniano nos invita a discernir lo que es permanente de lo que es pasajero, lo que pertenece a la «ciudad terrenal» y lo que corresponde a la «ciudad celestial».
La distinción entre las dos ciudades
Para Agustín, la historia humana está atravesada por la coexistencia de dos amores fundamentales: el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, que funda la Ciudad de Dios, y el amor propio hasta el desprecio de Dios, que caracteriza la ciudad terrenal. Esta distinción no es geográfica sino espiritual; atraviesa cada corazón humano y cada comunidad. Como recuerda el apóstol Juan:
«No amen al mundo ni nada de lo que hay en él. Si alguien ama al mundo, no tiene el amor del Padre» (1 Juan 2:15, NVI).
La actualidad del pensamiento agustiniano hoy
¿Por qué este pensamiento de dieciséis siglos resuena especialmente en nuestro tiempo? Varios aspectos de la enseñanza de Agustín merecen nuestra atención. Primero, su comprensión de la persona humana, desgarrada entre sus aspiraciones más nobles y sus debilidades, encuentra eco en nuestras sociedades donde la búsqueda de autenticidad coexiste con nuevas formas de alienación. Luego, su reflexión sobre el tiempo y la eternidad nos ayuda a relativizar la urgencia permanente que caracteriza nuestra época.
El Padre Michel destaca especialmente la pertinencia de la noción agustiniana del «deseo». Para Agustín, el ser humano es fundamentalmente un ser de deseo, orientado hacia la búsqueda de la felicidad. Este deseo, cuando es purificado y ordenado, se convierte en una fuerza espiritual poderosa que nos conduce hacia Dios. El salmista expresa esta dinámica:
«Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía» (Salmo 42:2, RVR1960).
La gracia y la libertad
Otro aspecto crucial del pensamiento agustiniano concierne la relación entre la gracia divina y la libertad humana. En el contexto de las controversias pelagianas, Agustín defendió con fuerza la prioridad de la gracia manteniendo la realidad de la libertad humana. Esta tensión fecunda ilumina nuestros debates contemporáneos sobre la responsabilidad, el determinismo y la posibilidad del cambio personal y social.
Aplicaciones prácticas para la vida cristiana
¿Cómo integrar estas enseñanzas en nuestra vida diaria? El Padre Michel sugiere comenzar con la oración personal, donde podemos examinar nuestros deseos más profundos a la luz del Evangelio. También recomienda la lectura meditada de los escritos de Agustín, especialmente sus Confesiones, que muestran un camino de conversión auténtica. En comunidad, podemos apoyarnos mutuamente para vivir según los valores del Reino, discerniendo juntos lo que edifica la ciudad de Dios en medio del mundo.
Finalmente, san Agustín nos recuerda que, aunque vivamos tiempos difíciles, nuestra esperanza está anclada en Aquel que trasciende todas las circunstancias. Como él mismo escribió: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Esta verdad perenne sigue guiando a los cristianos de hoy, invitándonos a construir puentes entre la fe y la cultura, entre la tradición y la innovación, siempre con la mirada puesta en la eternidad.
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