Durante una audiencia general celebrada el 6 de mayo de 2026, el papa León XIV ofreció una profunda reflexión sobre la naturaleza y la misión de la Iglesia, basándose en la constitución dogmática Lumen gentium. Subrayó que la institución eclesial nunca debe ser absolutizada, pues está enteramente ordenada al Reino de Dios. Esta intervención se enmarca en el tiempo pascual, período en el que la Iglesia medita sobre la resurrección de Cristo y la esperanza de la vida eterna. El pontífice invitó a los fieles a superar una visión puramente visible e institucional de la Iglesia para redescubrir su dimensión sacramental y escatológica.
El papa recordó que la Iglesia «camina en esta historia terrenal siempre orientada hacia su meta última, que es la patria celestial». Esta afirmación sitúa a la Iglesia en una tensión constitutiva: está plenamente inserta en la historia, pero no se reduce a sus estructuras históricas. León XIV lamentó que «estamos demasiado concentrados en lo que es inmediatamente visible», lo que conduce a una forma de inmanentización donde la institución eclesial se percibe como una organización humana más. Sin embargo, la verdad de la Iglesia es escatológica: encuentra su cumplimiento en el Reino venidero.
La Iglesia como sacramento de salvación
Al definir a la Iglesia como «sacramento universal de salvación», el papa recordó que es a la vez signo e instrumento de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano. Esta noción implica que la Iglesia no es un fin en sí misma, sino que existe en referencia a una realidad más grande: el Reino de Dios. Como escribe san Pablo, «Cristo es la cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo» (Efesios 1,22-23). Esta imagen orgánica subraya la dependencia de la Iglesia respecto a Cristo y su misión de servir al designio divino.
León XIV insistió en que la Iglesia «no se identifica perfectamente con el Reino de Dios, sino que es su germen y comienzo». Esta incompletitud no es una debilidad, sino la condición misma de su misión. Está llamada a crecer y renovarse constantemente bajo la acción del Espíritu Santo. El papa citó la parábola del grano de mostaza (Mateo 13,31-32), que ilustra cómo el Reino comienza pequeño pero se convierte en un gran árbol. Del mismo modo, la Iglesia es el comienzo del Reino en la tierra, pero espera su cumplimiento final.
La tentación de la absolutización
El pontífice advirtió contra la tentación de absolutizar las estructuras eclesiales. Recordó que la Iglesia es una realidad histórica y contingente, sujeta a imperfecciones humanas. Como dice el apóstol Pedro: «Ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1 Pedro 2,9). Esta dignidad no proviene de las instituciones mismas, sino del llamado divino. León XIV exhortó a los cristianos a no confundir la misión de la Iglesia con sus formas organizativas, que pueden y deben evolucionar con el tiempo.
Esta advertencia hace eco a las palabras de Cristo: «El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Marcos 2,27). Del mismo modo, la Iglesia fue instituida para la salvación de los hombres, y no al revés. Cuando la institución se convierte en un fin en sí misma, corre el riesgo de traicionar su misión. El papa invitó a un examen de conciencia colectivo sobre cómo la Iglesia ejerce su autoridad y utiliza sus recursos, velando porque todo esté ordenado al anuncio del Evangelio y al servicio de los más pobres.
Una Iglesia en marcha hacia el Reino
León XIV desarrolló la imagen de la Iglesia como pueblo de Dios en camino, retomando una expresión querida por el Concilio Vaticano II. Este pueblo peregrino está llamado a vivir en la esperanza, tendido hacia la patria celestial. El apóstol Pablo escribe: «Nuestra
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