Durante su visita a Guinea Ecuatorial, el papa León XIV pronunció un discurso que captó la atención mucho más allá de los círculos diplomáticos. Ante las autoridades civiles y religiosas reunidas en Malabo, el sucesor de Pedro no se limitó a dar un discurso protocolar. Ofreció una mirada teológica profunda sobre los desafíos de nuestro tiempo, una mirada que interpela a cada cristiano y a toda persona de buena voluntad.
Lo que impacta de inmediato es el vigor profético de sus palabras. Al afirmar que «Dios no quiere esto», el papa no apunta a una situación particular, sino a una actitud que corroe nuestras sociedades: la voluntad de dominación, la arrogancia y la discriminación. Estas palabras resuenan como un eco de los profetas bíblicos, que nunca dejaron de recordar que el nombre de Dios no puede ser instrumentalizado para justificar la opresión.
Lejos de limitarse a un contexto africano, este mensaje tiene un alcance universal. Se dirige a todos aquellos que, en su vida personal o colectiva, son tentados por la lógica del poder y la exclusión.
La distinción agustiniana: una clave de lectura para nuestra época
Para dar toda su profundidad a su planteamiento, el papa recurrió al pensamiento de san Agustín de Hipona. La distinción entre la Ciudad de Dios y la ciudad terrenal no es una mera especulación teológica. Es una clave de lectura que permite discernir las fuerzas que actúan en la historia humana. La Ciudad de Dios se funda en el amor a Dios, mientras que la ciudad terrenal está marcada por el amor propio. Esta tensión atraviesa cada sociedad, cada proyecto político, cada ambición personal.
León XIV nos invita así a examinar nuestras decisiones a la luz de esta alternativa fundamental. ¿Sirven al bien común o alimentan una lógica de dominación? La nueva capital de Guinea Ecuatorial, Ciudad de la Paz, se convierte en un símbolo. Plantea una pregunta a cada conciencia: ¿qué ciudad queremos construir? ¿Qué sociedad legamos a las generaciones futuras?
Esta reflexión se conecta con la enseñanza del apóstol Pablo, quien nos exhorta a no conformarnos a este mundo, sino a ser transformados mediante la renovación de nuestra mente (Romanos 12:2, NVI).
La exclusión: el nuevo rostro de la injusticia social
El papa también destacó un fenómeno preocupante: la exclusión se ha convertido en la forma moderna de la injusticia social. En un mundo donde las tecnologías avanzan a una velocidad vertiginosa, donde la inteligencia artificial y los mercados globalizados transforman nuestras vidas, las brechas sociales se profundizan. Los más vulnerables corren el riesgo de ser relegados a los márgenes, reducidos a simples variables de ajuste en un sistema que privilegia la eficiencia y el beneficio.
Este diagnóstico hace eco a la tradición de la Iglesia, desde la encíclica Rerum Novarum de León XIII hasta las enseñanzas de Francisco. El progreso técnico, si no se ordena al bien común, puede convertirse en un instrumento de opresión. El papa León XIV nos recuerda que la tecnología debe estar al servicio del ser humano, y no al revés.
La Biblia nos advierte contra la acumulación de riquezas que ignora las necesidades de los demás. En el Evangelio según Lucas, Jesús dice: «¡Tengan cuidado! —advirtió a la gente—. Absténganse de toda avaricia; la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes» (Lucas 12:15, NVI).
Un llamado a construir una civilización del amor
Frente a estas realidades, el papa no se limita a denunciar. Propone un camino: el de la civilización del amor. Esta expresión, querida por Pablo VI, designa una sociedad donde las relaciones se basan en la justicia, la solidaridad y la misericordia. León XIV nos invita a ser artesanos de paz, a tender puentes donde hay muros, a promover una cultura del encuentro.
Concretamente, esto implica repensar n
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