El pasado 26 de marzo, los obispos de Francia tomaron una decisión importante al votar la implementación del dispositivo "Renacer". Esta nueva estructura reemplaza a la Instancia Nacional Independiente de Reconocimiento y Reparación (Inirr), que había sido establecida para responder a las dolorosas situaciones de abuso dentro de la Iglesia. Como nos recuerda el apóstol Pablo: "Si un miembro sufre, todos los demás sufren con él" (1 Corintios 12:26, DHH). Esta palabra resuena especialmente en el contexto actual donde la Iglesia busca acompañar mejor a quienes han sido heridos.
La creación de este nuevo dispositivo genera diversas reacciones entre las asociaciones que apoyan a las víctimas. Algunas expresan interrogantes legítimas sobre la independencia de esta instancia, su funcionamiento práctico y el lugar que se dará a la voz de las personas afectadas. Estas preguntas merecen una escucha atenta y respuestas claras.
En este clima de desconfianza que a veces persiste, la Iglesia de Francia continúa su camino de transparencia y escucha. Como destacaba el papa Francisco durante su pontificado, la Iglesia debe ser "un hospital de campaña" que acoja todas las heridas. Hoy, el papa León XIV sigue insistiendo en la importancia de esta misión de sanación y reconciliación.
La transición entre la Inirr y el dispositivo Renacer
Monseñor Emmanuel Tois, obispo auxiliar de París encargado de estas delicadas cuestiones, concedió recientemente una entrevista para explicar esta transición. Recuerda que la Inirr fue concebida desde su origen como una instancia temporal, cuyo mandato además fue extendido antes de llegar a su término. "Los obispos no decidieron repentinamente poner fin a la Inirr", precisa, señalando que esta instancia "cumplió perfectamente su misión" según los objetivos que le fueron asignados.
Es interesante notar que la Inirr misma había sido objeto de críticas en sus inicios, especialmente respecto a los plazos de procesamiento de casos o los montos de las reparaciones económicas. Hoy, cuando es ampliamente reconocida por su trabajo, su sucesión natural por el dispositivo Renacer genera a su vez interrogantes. Esta situación ilustra la complejidad del camino de reparación y reconciliación.
El profeta Isaías nos invita: "Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice su Dios" (Isaías 40:1, RVR1960). Esta palabra divina nos recuerda nuestra responsabilidad permanente hacia quienes sufren. La transición entre la Inirr y Renacer se inscribe en esta búsqueda constante de una mejor manera de consolar y acompañar.
Los principios fundacionales del nuevo dispositivo
El dispositivo Renacer pretende ser una evolución más que una ruptura. Monseñor Tois explica que el objetivo es "conservar lo mejor de la Inirr – su independencia, coordinación y competencia nacional – mientras se añade mayor cercanía". Este enfoque responde a una preocupación concreta: el acceso desigual al acompañamiento según las regiones.
"Las personas que viven en París o en la región parisina estaban ciertamente favorecidas", reconoce el obispo, destacando así la necesidad de un dispositivo más accesible en todo el territorio francés. Esta voluntad de descentralización corresponde a una escucha atenta de las necesidades expresadas por las víctimas y sus acompañantes.
El mismo nombre del dispositivo, "Renacer", evoca una promesa de esperanza. Jesús declaraba: "Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia" (Juan 10:10, DHH). Esta abundancia de vida también incluye la posibilidad de renacer después de pruebas profundamente dolorosas.
El lugar central de las víctimas en el proceso
Monseñor Tois muestra una importante lucidez respecto a la desconfianza actual hacia las instituciones eclesiales. "No podemos sorprendernos si las víctimas y sus familias mantienen cierta reserva", afirma. Esta honestidad es fundamental para construir relaciones de confianza renovadas.
El nuevo dispositivo busca colocar a las víctimas en el centro del proceso, no solo como beneficiarias de medidas, sino como participantes activas en la definición de las modalidades de acompañamiento. Esta perspectiva responde a una exigencia ética y evangélica: reconocer la dignidad y la voz de quienes han sido heridos.
Como comunidad cristiana, estamos llamados a ser testigos de la compasión de Cristo, quien "tomó nuestras debilidades y cargó con nuestras enfermedades" (Mateo 8:17, DHH). Este acompañamiento solidario debe traducirse en estructuras concretas que permitan a cada persona encontrar el camino de la sanación.
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