Las imágenes de caminos destruidos y tierras en movimiento en Molise han mostrado recientemente la fragilidad de un territorio y, al mismo tiempo, la resiliencia de las comunidades que lo habitan. La activación de un deslizamiento en Petacciato ha aislado áreas enteras, interrumpido los flujos vitales de la vida cotidiana y generado una emergencia que ha afectado profundamente a familias, trabajadores y estudiantes. En este escenario de dificultad, la Iglesia local, arraigada en esas tierras, no se ha quedado de brazos cruzados. Ha elegido hacerse cercana, transformando la preocupación en acción concreta y la oración en apoyo tangible.
La cercanía que se hace gesto
Monseñor Claudio Palumbo, obispo de Termoli-Larino, ha descrito una Iglesia en salida, que ha modificado su propio ritmo para adecuarse a las necesidades del momento. Los eventos diocesanos fueron suspendidos, no por desinterés, sino por una elección de sobriedad y para no cargar más un sistema ya en dificultades. La atención se concentró en las «pequeñas comunidades parroquiales», que se convirtieron en centros de escucha y de compartir el malestar. Los párrocos, como pastores solícitos, se esforzaron por «aliviar las angustias» de quienes se sentían nuevamente probados, no solo por la calamidad natural, sino también por el peso de carencias estructurales crónicas y por una incertidumbre económica que amplifica cada dificultad.
Las visitas a los desplazados, realizadas dentro de los límites impuestos por la seguridad, fueron el signo más elocuente de esta cercanía. No se trató de una simple formalidad, sino de la voluntad de llevar «consuelo y cercanía», acompañadas de un «pequeño signo concreto» hecho posible por Cáritas diocesana. Es la encarnación de esa caridad que san Pablo describe como paciente y benigna, que «todo lo espera, todo lo soporta» (1 Corintios 13:7 NVI). En estas acciones, se revela el rostro materno de la Iglesia, que no ofrece soluciones milagrosas, sino la certeza de no ser abandonados.
Alimentar la esperanza cuando la tierra tiembla
Frente a eventos que parecen minar las certezas más elementales, como la estabilidad de la tierra bajo los pies o la transitabilidad del camino de casa, la fe cristiana no invita a una resignación pasiva. Al contrario, nos llama a una esperanza activa, arraigada no en las circunstancias cambiantes, sino en la fidelidad de Dios. El salmista, en un grito que resuena con particular fuerza en momentos así, profesa: «Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia. Por eso no temeremos aunque se desmorone la tierra y las montañas se hundan en el fondo del mar» (Salmo 46:1-2 NVI).
Esto no es una negación del miedo o del dolor, sino la profesión de una presencia más grande. La esperanza cristiana no ignora la fatiga del presente; más bien, la atraviesa con la mirada puesta en Aquel que es la roca firme. Como recuerda el profeta Isaías: «Al de carácter firme tú lo guardas en perfecta paz, porque en ti confía. Confíen en el Señor para siempre, porque el Señor es la Roca eterna» (Isaías 26:3-4 NVI). La comunidad cristiana, cuando se une alrededor de los más vulnerables, se convierte ella misma en un signo vivo de esta roca, un lugar donde la esperanza puede ser alimentada y custodiada.
Más allá de la emergencia: una fe que interroga
Las palabras del obispo Palumbo nos invitan también a una mirada más amplia, que va más allá de la contingencia del evento. Él alude a problemáticas estructurales – «descuido, ineficiencias, retrasos crónicos» – y a una «crisis económica» que hace que cada impacto sea más difícil de absorber. La fe, mientras cuida de las heridas inmediatas, no puede eludir estas preguntas de justicia y de custodia de la creación. El Magisterio de la Iglesia, especialmente bajo el pontificado del Papa Francisco, nos ha recordado con fuerza que «todo está conectado» y que el cuidado de nuestra casa común es un imperativo moral.
También en esto, la comunidad de creyentes es llamada a ser una voz profética que pregunta sobre las causas profundas de la vulnerabilidad y promueve una ecología integral. La solidaridad cristiana no se agota en la respuesta inmediata; se prolonga en un compromiso por construir sociedades más justas y sostenibles, donde la dignidad de cada persona y el respeto por la creación sean pilares fundamentales. En tiempos de prueba, la Iglesia no solo ofrece consuelo, sino que también ilumina el camino hacia un futuro más humano y reconciliado.
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