En un mundo que corre a toda prisa, donde la inmediatez se ha convertido en un ídolo silencioso, el obispo Erik Varden, monje trapense y pastor de la diócesis de Trondheim en Noruega, ha lanzado una reflexión que invita a detenerse. Durante una visita al seminario de St. Mary's en Baltimore, el obispo compartió con OSV News una mirada profunda sobre la vida cristiana en la era digital. Su mensaje central es claro: las cosas grandes llevan tiempo, y la inteligencia artificial no puede reemplazar el trabajo del Espíritu Santo en el corazón humano.
Mons. Varden, quien recientemente dirigió los Ejercicios Espirituales de Cuaresma en el Vaticano para el papa León XIV y la Curia Romana, no tiene reparos en afirmar que no alberga "absolutamente ninguna esperanza" en la inteligencia artificial como instrumento de renovación espiritual. "Cualquier renovación espiritual digna de ese nombre es aquella que traspasa el corazón humano, y eso es algo que un algoritmo no puede hacer", declaró. Su postura no es un rechazo a la tecnología, sino una llamada a poner las cosas en su lugar: la fe no se optimiza, se vive.
La herida como condición humana compartida
Uno de los temas más conmovedores que abordó el obispo fue la herida como experiencia universal. En una cultura que oscila entre la sobreexposición del dolor y su ocultamiento, Mons. Varden ofrece una perspectiva equilibrada. "Absolutizamos nuestra propia experiencia", dijo. "Estamos inclinados a pensar: ‘Llevo encima esta carga, y esta es mi gran tragedia’. Pero la verdad es que todos llevamos heridas".
El obispo noruego recordó que la herida no es una excepción, sino la norma en la condición humana. Desde el Génesis, la humanidad ha cargado con el peso del pecado y la fragilidad. Sin embargo, en Cristo, la herida se convierte en un lugar de encuentro. Como está escrito en 2 Corintios 12:9: "Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad". Esta verdad, lejos de ser un consuelo fácil, es una invitación a dejar de esconder nuestras cicatrices y permitir que Dios las transforme.
El peligro de la autoabsorción
Mons. Varden advirtió contra dos extremos: aferrarse a las propias heridas como una identidad, o negarlas por completo. Ambas posturas nacen de la misma raíz: el orgullo de creer que nuestra experiencia es única e incomparable. "Cuando absolutizamos nuestro dolor, nos encerramos en nosotros mismos", explicó. "Pero cuando lo ocultamos, negamos la oportunidad de que Dios obre a través de él".
La solución, según el obispo, no está en un término medio tibio, sino en la entrega confiada a Dios. El Salmo 34:18 nos recuerda: "Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu". La herida, vivida en comunidad y en oración, puede convertirse en un canal de gracia.
La paciencia como virtud olvidada
En un mundo obsesionado con la eficiencia y los resultados inmediatos, Mons. Varden reivindica la paciencia como una virtud esencial para la vida cristiana. "Las cosas grandes llevan tiempo", afirmó. "La fe no se construye con atajos, sino con la perseverancia diaria". Esta enseñanza resuena con la parábola del sembrador (Mateo 13), donde la semilla necesita tiempo para echar raíces y dar fruto.
El obispo señaló que la paciencia no es pasividad, sino una forma activa de esperar en Dios. Es la confianza de que Él obra en sus tiempos, no en los nuestros. Como dice Isaías 40:31: "Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán". En una era de gratificación instantánea, la paciencia es un testimonio contracultural.
La comunidad parroquial como espacio de lentitud
Mons. Varden también reflexionó sobre lo que hace auténtica a una comunidad parroquial. Para él, una parroquia no es una empresa de servicios religiosos, sino una familia donde se comparten las cargas y las alegrías. "La autenticidad nace cuando dejamos de lado las máscaras y nos presentamos ante Dios y ante los demás tal como somos", dijo.
En la era digital, donde las relaciones virtuales a menudo reemplazan a las reales, la parroquia debe ser un lugar de encuentro cara a cara. Allí, la paciencia se practica en la convivencia con hermanos que piensan distinto, que tienen ritmos diferentes, que a veces fallan. Esa lentitud, lejos de ser un defecto, es el terreno donde el amor de Dios se hace tangible.
La inteligencia artificial y los límites de la técnica
La postura de Mons. Varden sobre la inteligencia artificial no es un simple rechazo tecnofóbico. El obispo reconoce que la IA puede ser útil para ciertas tareas, pero insiste en que no puede tocar el corazón humano. "La renovación espiritual no es un problema de algoritmo, sino de encuentro personal con Cristo", afirmó.
Esta advertencia es especialmente relevante en un momento en que muchas iglesias exploran el uso de la IA para la evangelización. Sin embargo, como bien señala el obispo, la fe se transmite de persona a persona, no de máquina a persona. El apóstol Pablo lo expresó claramente en Romanos 10:14: "¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?". La predicación requiere una voz humana, un rostro, una historia.
La tentación de instrumentalizar la fe
Otro peligro que Mons. Varden identificó es la instrumentalización de la fe con fines políticos, sociales o incluso eclesiásticos. "La fe no es una herramienta para conseguir algo más; es un fin en sí misma", dijo. Cuando la fe se usa para justificar ideologías o proyectos humanos, se desvirtúa su esencia.
El obispo llamó a los cristianos a recordar que el Evangelio no está al servicio de ninguna agenda terrenal. Como Jesús dijo en Juan 18:36: "Mi reino no es de este mundo". La tarea de la Iglesia es proclamar a Cristo crucificado y resucitado, no adaptarse a las modas del momento.
Una invitación a la esperanza activa
Para concluir, Mons. Varden ofreció una palabra de esperanza que no es ingenua, sino arraigada en la cruz. "La esperanza cristiana no es optimismo barato; es la certeza de que Dios tiene la última palabra, incluso en medio del sufrimiento", afirmó. Esta esperanza se sostiene en la resurrección de Jesús, que da sentido a nuestras heridas y paciencia.
El obispo invitó a los creyentes a no desanimarse ante la lentitud del crecimiento espiritual. "Dios no tiene prisa, pero siempre llega a tiempo", recordó. En un mundo que exige resultados inmediatos, la fe nos enseña a confiar en el proceso, a valorar el camino tanto como la meta.
Preguntas para la reflexión personal
Querido lector, te invito a hacer una pausa y preguntarte: ¿Estoy dispuesto a aceptar mis heridas como parte de mi historia de fe? ¿Confío en que Dios obra en sus tiempos, aunque no coincidan con los míos? ¿Mi comunidad parroquial es un lugar donde puedo ser auténtico, sin máscaras? Que estas preguntas te acompañen en tu caminar diario, recordando que las cosas grandes llevan tiempo, pero Dios nunca abandona la obra de sus manos.
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