Cuando hablamos de prisión, a menudo en nuestra sociedad surge un coro unánime: “Se equivocaron, deben pagar”. Esta frase, aparentemente simple, esconde una concepción profunda de la justicia como mera retribución. El reciente caso de la prohibición de neveras en las celdas de algunos centros penitenciarios italianos ha reavivado el debate: ¿es justo privar a los presos de un bien considerado superfluo? ¿O acaso corremos el riesgo de reducir la pena a un mero instrumento de aflicción, olvidando el fin reeducativo que la misma Constitución establece?
La Biblia nos ofrece una perspectiva diferente. En el libro del profeta Ezequiel, Dios declara: “¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado? ¿No prefiero que se convierta de su conducta y viva?” (Ez 18,23, NVI). Esta pregunta provocadora nos interpela como cristianos: ¿nuestra idea de justicia está alineada con el corazón de Dios, que desea la conversión y la vida, o se queda en el simple castigo?
Las raíces antiguas del castigo y la novedad cristiana
La lógica de “pagar con sufrimiento” es tan antigua como la humanidad. Ya en las instituciones educativas de la antigua Grecia se aplicaba el principio del premio y el castigo para formar a los ciudadanos. Sin embargo, el mensaje de Cristo introdujo una revolución: el perdón y la misericordia no son debilidad, sino el camino más alto para la transformación del corazón humano.
Jesús mismo, en el Evangelio de Mateo, nos invita a no juzgar: “No juzguéis, para que no seáis juzgados; porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que medís se os medirá” (Mt 7,1-2, NVI). Esto no significa abolir la justicia, sino elevarla a un nivel superior, donde la pena no es un fin en sí misma, sino un instrumento de reparación y crecimiento.
El sufrimiento que educa y el que humilla
No todo sufrimiento tiene valor educativo. La privación de la nevera, la reducción de las llamadas telefónicas, el aislamiento prolongado: ¿son estos dolores los que nos hacen mejores? La reflexión cristiana distingue entre un sufrimiento que, vivido con conciencia, puede llevar a un examen de conciencia y a un cambio, y un sufrimiento que es mera humillación y corre el riesgo de endurecer el corazón.
San Pablo, en la carta a los Romanos, escribe: “Porque no sabemos pedir como conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Rm 8,26, NVI). También el preso, en su aislamiento, puede ser visitado por el Espíritu que gime e intercede. Pero para que esto ocurra, es necesario que la pena no aplaste a la persona, sino que deje espacio a la esperanza.
El papel de la Iglesia y de los capellanes penitenciarios
Los capellanes de las prisiones suelen estar en primera línea para testimoniar que toda persona, incluso la que ha cometido el delito más grave, conserva una dignidad inviolable. En febrero de 2024, los capellanes de Lombardía escribieron una carta contra las circulares que limitaban la libertad de movimiento dentro de los centros. Más recientemente, en 2025, se opusieron a la circular que restringía aún más las actividades y las entradas desde el exterior.
Su grito no es contra la justicia, sino contra una justicia que olvida la misericordia. Como dice el Salmo: “La misericordia y la verdad se encontrarán; la justicia y la paz se besarán” (Sal 85,10, NVI). La verdadera justicia no puede prescindir de la misericordia, de lo contrario se convierte en una máscara de venganza.
Hacia una justicia que redime
El desafío para la sociedad y para la Iglesia es imaginar un sistema penitenciario que no se limite a custodiar los cuerpos, sino que abra posibilidades de redención. Esto significa garantizar espacios para la educación, el trabajo, la formación espiritual y el mantenimiento de los vínculos afectivos. La nevera puede parecer un detalle, pero simboliza la diferencia entre una detención que humilla y una que respeta la dignidad humana.
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