Migrantes en el Mediterráneo: la Iglesia nos llama a actuar

Fuente: EncuentraIglesias Editorial

Las noticias que llegan del Mediterráneo central nos muestran una vez más escenas de tensión y peligro. Una lancha patrullera libia abrió fuego contra el barco Sea-Watch 5, que acababa de rescatar a 90 migrantes en aguas internacionales. Quince disparos, amenazas de abordaje y la orden de devolver a esas personas a una tierra que no les ofrece seguridad. Es un hecho que nos interpela como cristianos y como comunidad de fe.

Migrantes en el Mediterráneo: la Iglesia nos llama a actuar

El barco, de bandera alemana, pudo alejarse y poner a salvo a los náufragos. Pero el episodio no es aislado: según la organización Justice Fleet, en los últimos diez años se han registrado 60 agresiones similares. Las ONG han dejado de comunicarse con el Centro de Coordinación Libio, considerado cómplice de estos ataques. Como declaró una portavoz de Sea-Watch: «Cuando comunicamos nuestra posición, el JRCC puede enviar a la milicia a disparar o a realizar devoluciones ilegales».

Esta situación nos plantea una pregunta profunda: ¿cómo podemos, como cristianos, permanecer indiferentes ante quienes huyen de la guerra, la violencia y la pobreza? La Biblia nos recuerda: «No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles» (Hebreos 13:2).

El papel de la guardia costera libia y las responsabilidades europeas

La llamada guardia costera libia, que a menudo actúa de forma autónoma y violenta, está financiada por la Unión Europea e Italia. La misma lancha que disparó contra el Sea-Watch 5 fue donada por el gobierno italiano en 2023. Esto plantea preguntas éticas difíciles: ¿podemos apoyar con nuestros fondos acciones que ponen en riesgo la vida de personas vulnerables?

Libia no es considerada un puerto seguro para los refugiados. Organizaciones internacionales denuncian desde hace años las condiciones inhumanas en los centros de detención libios, donde la violencia y los abusos son moneda corriente. Devolver a los migrantes a Libia significa entregarlos a un destino incierto y a menudo cruel.

Un grito que sube del mar

Cada persona rescatada en el mar tiene una historia, un nombre, un rostro. Son padres y madres que buscan un futuro para sus hijos, jóvenes en busca de libertad, familias destrozadas por la guerra. El salmista clama: «Sálvame, oh Dios, porque las aguas me llegan hasta el cuello» (Salmo 69:2). Ese grito resuena hoy en el Mediterráneo.

La Iglesia, desde siempre, está llamada a ser voz para quienes no tienen voz. El Papa Francisco, antes de su muerte, invitó repetidamente a no cerrar los ojos ante esta tragedia. Y el actual Pontífice, León XIV, ha reiterado el compromiso con la defensa de los migrantes. En un mensaje reciente dijo: «No podemos mirar hacia otro lado. Cada vida humana es sagrada y merece acogida y dignidad».

La respuesta de la fe: acogida y solidaridad

Ante estas noticias, podemos sentirnos impotentes. Pero la fe nos ofrece una perspectiva diferente: estamos llamados a ser instrumentos de paz y justicia. No podemos salvar a todos, pero podemos hacer nuestra parte. Como comunidad cristiana, podemos apoyar a las organizaciones que operan en el Mediterráneo, orar por los migrantes y por quienes los rescatan, y sensibilizar a nuestras comunidades.

Jesús nos enseñó: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me acogisteis» (Mateo 25:35). La acogida del extranjero no es una opción, sino un mandamiento evangélico.

¿Qué podemos hacer concretamente?

  • Informarnos sobre las organizaciones que realizan rescates en el mar y, si es posible, apoyarlas con donaciones o voluntariado.
  • Orar por los migrantes, por los rescatistas y por los gobernantes, para que elijan caminos de humanidad y justicia.
  • Hablar de estos temas en nuestras comunidades, rompiendo el silencio y la indiferencia.
  • Acoger a los migrantes que llegan a nuestras ciudades, ofreciéndoles apoyo y amistad.

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